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El unicornio en el jardín
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Elena Ortiz Muñiz
Aquella mañana, despertó
sintiéndose más infeliz y solo que nunca. El silencio poblaba la habitación,
estaba cansado aún cuando apenas comenzaba el día, pero su fatiga iba mucho más
allá de un agotamiento físico, el desgaste era interno. Podía no comprender
muchas cosas, pero de algo estaba seguro: su vida era inútil.
Observó su recámara espaciosa
y grande. Tenía todo lo que pudiera requerir. Ahí estaba su computadora, el
piano que tanto le gustaba tocar aunque no supiera hilar una melodía
correctamente, sus libros con grabados, la televisión, películas y juguetes al
por mayor. Y sin embargo, de poco le servía todo aquello.
Tenía síndrome de Down, pero
eso no significaba que no se diera cuenta de lo que sucedía a su alrededor o que
no poseyera sentimientos. Se sentía solo, desprotegido, sin saber lo que era un
abrazo, una palabra de aliento, una mirada amorosa. Sabía que todo eso existía
porque lo veía en sus películas, en los programas de la televisión, en los
libros, pero nunca había logrado experimentar en carne propia esa sensación.
Siempre había vivido recluido
en esa habitación, podía salir al jardín sólo cuando sus padres estaban fuera y
bajo la estricta vigilancia de Juana que se encargaba de supervisar cada
movimiento y acción, pero más que eso, de cuidar que nadie entrara en casa
intempestivamente y lo descubriera ahí. Vivía con comodidades porque eran
adinerados, pero éstas sólo servían para ayudarlo a sobrevivir cada día, a ver
transcurrir los minutos y las horas como algo mecánico, sin significado alguno.
A su padre ni siquiera lo conocía bien. Escuchaba su voz detrás de la puerta
pero nunca lo había tenido cerca de él, ese hombre era quien menos lo quería.
Lo llamaba «el loco» sin que
pudiera entender el motivo. Si loco era el que ansiaba ser amado y comprendido
entonces tenía razón, si loco era el que pedía a Dios que se lo llevara de este
mundo para no seguir incomodando a esas personas que lo habían traído a la vida
sólo para condenarlo a la soledad más cruel, entonces era cierto. Era un loco
porque no nació como ellos soñaron, porque nunca podría ser tan galante como su
padre ni tan delicado como su madre. Pero, a pesar de todo los amaba.
Juana entró a la habitación
con la charola del desayuno entre las manos. Lo ayudó a levantarse de la cama
con paciencia y cuidado, le alcanzó la ropa que debía vestir ese día y vigiló
que se la colocara correctamente. Le ordenó que se dirigiera al baño a lavarse
para que pudiera, entonces, desayunar.
Detuvo su mirada frente al
espejo después de mojarse la cara para asearse los dientes y peinarse. Miró sus
ojos inclinados hacia abajo, las orejas pequeñas con la parte superior apenas
doblada, la boca diminuta en contraste con la lengua que parecía estar tan
grande. Esa nariz con el tabique nasal aplanado.
Se sentó a desayunar. Juana
empezó a arreglar la habitación. Callada como siempre, dedicada a sus
obligaciones, eficaz pero fría como un témpano de hielo. Abrió las cortinas para
que entrara la luz. Él se dispuso a ver hacia el jardín mientras masticaba su
almuerzo tratando de no verter, como siempre, jugo sobre la mesa. De cuando en
cuando, Juana se acercaba a limpiarle con un pañuelo la boca eliminando los
restos de comida que quedaban visibles fuera de ella.
En esa época del año, todo
estaba verde, las lluvias arreciaban por la tarde pero las mañanas eran
deliciosas. Todo se impregnaba de ese olor a tierra mojada, los árboles se
erguían majestuosos, las flores coloreaban el lugar otorgando además frescura al
ambiente. La fuente estaba encendida y varios pajarillos se ocupaban en bañarse
bajo su chorro refrescante. Entonces, lo vio: estaba parado junto al manzano
¡era sencillamente fantástico!
Se levantó de la mesa y corrió
hasta la ventana tirando por fin el jugo, no en la mesa, pero sí en el piso.
Juana lo tomó del brazo y amable pero firmemente lo llevó a sentarse nuevamente
para que terminara sus alimentos. Limpió el líquido derramado y continuó con lo
suyo.
Sin quitar la vista de su
objetivo, que parecía esperar pacientemente por él, engulló con avidez todos los
alimentos hasta el grado de casi atragantarse, ella lo miró con desaprobación.
Corrió hasta el librero y sacó un libro de estampas, recorrió las hojas
lentamente mientras con el dedo índice golpeaba en cada ilustración. Por fin lo
encontró. Lo llevó ante la mujer y con insistencia toqueteó la imagen. Con
fastidio, su cuidadora observó la viñeta y luego articuló lenta y claramente
haciendo hincapié en cada sílaba pronunciada: U-ni-cor-nio. Eso es un u-ni-cor-nio.
No existen. Son leyendas...cuentos.
No le agradó esa respuesta y
jalándola por el delantal la obligó a caminar hacia el ventanal señalándole con
obstinación el jardín para que mirara cómo estaba de pie rasgando el césped con
la pata izquierda, como invitándolo a salir con él. Tenía el pelo más blanco que
hubiera visto jamás, su crin mostraba mechones rosados, violetas, azules y
verdes lo mismo que la gran cola. Pero lo más hermoso era su cuerno dorado que
brillaba con el sol. A pesar de todo, Juana parecía no verlo.
―Si te portas bien, al rato te
llevo al jardín, ahora no ―respondió secamente.
Luego limpió la mesa y puso
sobre ella los cubos de colores para que el chico se entretuviera apilándolos
mientras llevaba los trastos sucios a la cocina.
No se mostró interesado,
seguía parado frente al ventanal señalando hacia afuera y pegando en el cristal.
Hasta que Juana, con decisión, cerró las cortinas y lo alejó de ahí sin hacer
caso a los gritos desaforados del muchacho que luchaba por regresar para seguir
mirando. Cuando pudo lograrlo y asomarse al exterior, el u-ni-cor-nio se había
ido.
El día transcurrió de la misma
manera aburrida en la que se desarrollaba siempre. Con una sola diferencia: se
sentía más deprimido que de costumbre. Pasó la mitad de la tarde llorando en
silencio sin que nadie hiciera nada para consolarlo.
La noche hizo su aparición y
Juana supervisó que se pusiera el pijama y se acostara a dormir. En cuanto le
acomodó las cobijas salió de la estancia. El pequeño se cubrió el rostro con las
mantas para poder seguir llorando sin ser molestado, hasta que por fin, se
durmió. Despertó a la media noche sintiendo que le faltaba la respiración. Se
sentó en la cama aterrorizado mientras gemía sin que nadie acudiera en su
auxilio. Poco a poco se fue recuperando. Se puso de pie y caminó hasta el
ventanal. ¡Ahí estaba otra vez!, el u-ni-cor-nio lo esperaba abajo.
Cerró la cortina y corrió a
ocultarse entre las cobijas mientras gritaba una y otra vez. Juana entró
corriendo y tras encender la luz le riñó por escandalizar.
―Sus padres están en casa.
Guarde silencio que no les gusta escucharlo gritar.
A él tampoco le gustaba
escuchar la voz de su padre. Siempre renegando de su presencia, de que hubiera
nacido con vida. Era una vergüenza. Lo escuchaba detrás de la puerta y eso le
dolía más que cuando le faltaba la respiración. Juana se sentó en el sillón
cerca de la cama prometiendo quedarse hasta que se durmiera otra vez. No supo
cuando fue eso, lo cierto es que al abrir los ojos, el día clareaba y su
u-ni-cor-nio se había marchado.
Sin embargo, volvía a cada
momento. Juana se desesperaba tratando de alejarlo de la vidriera mientras él
golpeaba el cristal llamando a aquella criatura tan hermosa que, no obstante, le
daba tanto miedo.
Escuchó a Juana conversando
con su madre en el pasillo, aconsejándole que mandara poner barrotes fuera de la
ventana pues le preocupaba que su insistencia por estar tras ella ocasionara un
accidente fatal algún día.
Los barrotes no llegaron
jamás. Pero el u-ni-cor-nio sí, constantemente lo visitaba, a todas horas, cada
vez por más tiempo, tanto así, que terminó por perderle el miedo.
Una noche despertó a
consecuencia de los gritos de sus padres que se culpaban mutuamente porque él
había llegado a la vida para ultrajarlos con su incapacidad. Caminó hasta el
ventanal buscando a su amigo. Estaba acostado con la mirada fija en él, se puso
de pie enseguida, los ojillos negros le brillaban como las estrellas. Sintió
deseos de bajar para tocar su pelo blanco, seguramente sería suave como el
algodón. Caminó hasta la puerta para salir pero estaba cerrada por fuera.
Además, ellos seguían discutiendo del otro lado. Sin pensarlo dos veces
retrocedió hasta el otro extremo del cuarto para después correr con todas sus
fuerzas directo al cristal. El estallido de los vidrios con el impacto detonó
como un trueno infernal.
El u-ni-cor-nio corrió hasta
él interceptando su caída mientras el chico se aferraba a su cuello con firmeza
para no resbalar mientras el animal galopaba hacia la verja, que junto con la
enorme y altísima barda delimitaban la propiedad como si se tratara de una
fortaleza. Pudo el niño ver las tres siluetas mirando hacia abajo impactados con
la escena brutal que aparecía a través de la ventana rota. Su padre, con el
mismo gesto impasible de siempre, su madre con el rostro bañado en llanto, Juana
con la reprobación reflejada en sus facciones.
Todavía pudo levantar la mano
con dificultad para decirles adiós antes de saltar la puerta para cabalgar en su
u-ni-cor-nio hacia la libertad. Irían a un valle lleno de flores de colores y
gente feliz. Donde no había padres a los que les causara vergüenza su presencia,
ni paredes, ni puertas cerradas por fuera para evitar que al salir molestara con
su infame apariencia.
Se acercaban a su destino. El
u-ni-cor-nio era suave como la seda, de su crin de colores se desprendían luces
brillantes, los cascos al golpear en el suelo hacían el mismo sonido de los
tambores. Podía verlo, el valle estaba frente a él. Había una cascada cuya caída
resonaba mezclándose con las carcajadas sonoras de tantos niños que jugaban
alegremente. ¡Sí! ¡Los veía…! Dios mío, ¡eran idénticos a él! los ojos rasgados,
la misma nariz, la comisura de la boca... ¡Cuánta felicidad!
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ELENA ORTIZ MUÑIZ. Mexicana-Española.
Licenciada en Ciencias de la Comunicación egresada de la Universidad Franco
Mexicana S.C. en el Estado de México. Subdirectora de la Revista Literaria
www.molinodeletras.net
Ha publicado 40 textos en el Portal Literario «Rincón de los Escritores» de los
cuales 15 fueron distinguidos con la medalla «Mejores Textos del mes» y uno fue
votado por los lectores del portal como «Mejor monólogo del año 2009».
Sus trabajos literarios han sido publicados en diversas revistas virtuales y en
papel en México, Canadá, Uruguay, Argentina, España y Colombia.
Colaboradora de Arena y Cal (España), Revista Gibralfaro (Universidad de Málaga.
Departamento de Lengua, Didáctica y Humanidades) y El canto del Ahuehuete
(Guanajuato).
Miembro de El rincón de los escritores, El rincón del poeta.net, Registro
Mundial de Escritores en español (REMES), Unión Hispanoamericana de Escritores,
Red de Escritores Latinoamericanos y Comunidad de Escritores.
Ganadora de accésit y mención de honor en el I Certamen de Relatos convocado por
la revista Katharsis.
Autora seleccionada en el Certamen Literario Iwith.org 2009
Finalista en el II Concurso de microrrelatos para abogados correspondiente a
septiembre y diciembre del 2009 convocado por la página www.abogados.es.
Finalista del primer certamen cartas de amor «En amor a dos» convocado por la
Biblioteca Municipal de Arucas
Autora seleccionada en el Premio Algazara de Microrrelatos convocado por la
editorial Hipálage.

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