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Tradiciones
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Yunieski Betancourt
Son las tres de la madrugada. El
Padre Claudio estira la mano y entorna la persiana. En el silencio se sorprende
echando de menos el canto de los gallos. En los tres meses que lleva en el
pueblo ha aprendido a disfrutar esa algarabía desconocida en su natal Port-au-Prince.
El batir de alas, y golpear de espuelas se le han tornado sonidos agradables.
Inclina el cuerpo a un lado de la cama, saca las chancletas, de goma suave, y se
las pone, para luego tensar el cuerpo, los ojos cerrados, sintiendo como la
modorra persiste, hasta que por fin se levanta y enciende la luz.
En la cocina, el viejo Juan
trastea, fiel a su manía de arrastrar las sillas, ajeno al estruendo que
provoca. Claudio sonríe, seguro de que pronto el olor del café recién hecho
inundará el cuarto. Frota sus párpados, mientras imagina el líquido goteando
dentro de la jarra de metal. Ahí, según el viejo, está el secreto del sabor
incomparable de su café. Disfruta por anticipado el calor en los labios, en la
garganta, el estómago, la súbita alerta que le sacude la modorra. Se contempla
en el espejo, que le devuelve duplicadas las ojeras, semejando verdugones en la
piel negra. Se viste a oscuras.
—El desayuno está listo, Padre
—grita Juan, pendiente a los ruidos en su cuarto.
El sobresalto le hace olvidar
las maletas junto a la cama, y choca. Sin poder contenerse, rezonga contra la
mala costumbre del viejo de gritar para decirle las cosas. Sale del cuarto, las
manos rozando las paredes, y cruza el pasillo hasta llegar a la cocina, donde la
figura encorvada, de hombros anchos, se afana con el colador.
—Buenas, Padre —saluda el
viejo, escrutándolo con sus ojos pequeños.
—Buenas, Juan.
—Siéntese, por favor —invita,
y acerca una silla.
Claudio le palmea el brazo, y
se sienta, acomodándose frente al vaso de café con leche, y las tostadas de pan
untadas con mantequilla.
—¿Y el chofer? —pregunta.
—Le espera en la sala.
Claudio asiente, y toma una
tostada. Juan camina hasta el lavadero, y comienza a secar los platos, víctimas
de las correrías nocturnas de las cucarachas. Deje eso para luego, siéntese
conmigo, piensa decirle, pero calla, mejor que esté ocupado, o me aturdirá con
sus cosas. No se equivoca, porque apenas toma un vaso, para servirse el agua con
cuya ingestión pone fin a sus desayunos, Juan se coloca ante él.
—Uno, Padre, esta noche
dejaron uno —susurra, mientras saca del bolsillo de la camisa un papel que pone
sobre la mesa.
Claudio entorna los ojos.
El ruido de un carretón cruzando la calle se hace audible, e imagina que quizás
el perpetrador camine por el parque frente a la iglesia.
—Dígale a Efrén que abra las
puertas —pide, y se estremece cuando el viejo agrega:
—Isabel llamó
anoche para saber a qué hora partiría. Le dije que saldría a las diez de la
mañana —precisa, con una premura que se le antoja malévola.
Claudio señala
al pasillo.
—De paso,
dígale al chofer que lleve mis maletas al carro.
Lo observa hasta que
desaparece por el pasillo. Sólo entonces, abre el papel:
Que tenga un buen viaje.
Siempre suya,
Isabel.
Deja caer la cara contra las
manos. El nombre de Isabel repica una y otra vez en su mente.
La imagen de la
mujer se agiganta, opacando todos los sonidos.
La conoció al
día siguiente de su llegada. El Padre Blas, un asturiano sesentón, a quien debía
reemplazar al frente de la parroquia del pueblo, había reservado la tarde para
mostrarle las
obras de restauración de la iglesia, hermosa aún, pese a sus muros cruzados de
rajaduras, y los vitrales descoloridos.
—Llevamos dos meses de
trabajo. Ya empiezan a verse los resultados —explicó, señalando el campanario
apuntalado, que se cernía sobre el parque, proyectando una sombra que los niños
rehuían mientras jugaban, casi frente a la puerta, junto a una glorieta de dos
pisos, el de abajo enrejado.
Blas, llevado por el
entusiasmo, se había arriesgado al
precario
equilibrio de un andamio apoyado contra uno de los lados de la estructura, para
explicarle cómo las rajaduras en la pared, que delineaba con una vara, llevarían
a su ineludible desplome. Tan ensimismado seguía sus acrobacias, que no se
percató de la sombra que emergió a su lado.
—Este es mi
apoyo más
importante —dijo
Blas, y se arrojó al suelo—.
Le presento a Isabel. Es la presidente de la comisión de feligreses, y de la
asociación de descendientes de chinos en el pueblo.
La mujer tendió
su mano, sonriéndole desde sus ojos rasgados, entrevistos a través de los
mechones de pelo negro y grueso, que escapaban del moño en lo alto de su cabeza.
—Mucho gusto.
Lo esperábamos con impaciencia, pues el Padre Blas en cualquier momento tiene un
accidente.
Él no pudo
evitar una sonrisa, impresionado por las maneras desenvueltas de la mujer. Había
pasado media hora con ellos, divirtiéndole con sus riñas al Padre Blas,
empecinado en mostrar la restauración tan a fondo, que obviaba toda precaución.
—Eso
está en la raíz de mi sustitución, Padre
—indicó
el viejo—.
No piense que no le agradezco al Obispo su preocupación por mí. Lo que ocurre es
que de haberme sucedido algo, las obras hubieran continuado sin problemas
—señaló
a la mujer, que sonrió—.
Ella administra los materiales, lleva la contabilidad, en fin, lo hace todo.
Isabel había
detenido las alabanzas, invocando sus responsabilidades domésticas, y ya que las
mencionaba:
—Padre Claudio,
le invito a
almorzar mañana, a las doce. Vivo con Clara, mi hija. Tiene nueve años. Lo
espero a usted también —agregó, y volteó hacia Blas, quien aceptó sonriente,
aunque llegado el momento adujo lo cercano de su partida del pueblo, apenas dos
días, e indicó a Efrén que le guiase.
Siete cuadras separaban la
iglesia de la casa de Isabel, cuyo diseño revelaba que no eran muchos los años
que la distanciaban de la fundación del pueblo, en 1848. Isabel había abierto la
puerta, y despidiendo a Efrén, le invitó a pasar a la sala, pequeña en
apariencia, por la aglomeración que cuatro butacones, dos sofás, una mesa grande
para el televisor Panda, y otra pequeña, con un florero encima, producía.
Clara salió de pronto,
dejándole sin palabras por la semejanza extraordinaria con su madre, realzada
por los vestidos de seda, sin mangas y cuello alto. Un aire asiático emanaba de
toda la casa: jarrones, cuadros, retratos colgados en las paredes, y sobre todo
en la loza, visible a través de los cristales de la vitrina. Expresar su
admiración impulsó a Isabel a abrirla y enfrascarse en un largo comentario de
cómo cada plato, vaso, olla, y demás, había llegado a su familia.
La comida, un arroz frito
típico, vino realzada por un caldero ornado con garzas ocres y blancas, que
graznaban, las alas extendidas, sobre un pantano, en el que estallaban burbujas
de agua, como si fueran líquidas barbas. Entre bocado y bocado, Isabel,
magnífica en su papel de anfitriona, lo llevó a revelarle que era su primera
asignación, luego de terminar el seminario, en Port-au-Prince, donde su familia
descollaba entre los nuevos ricos que apoyaron a Baby Doc, muchos años atrás,
cuando se hizo con el poder.
—Éramos una familia de
comerciantes, sin acceso a otras esferas.
Apoyar al gobernante, lo había
cambiado todo.
—Mis hermanos mayores entraron
en la academia militar, y yo en el seminario, un viejo anhelo de mi padre.
—¿Usted deseaba ser cura?
—inquirió Isabel, quien al verlo asentir le reveló que ese no había sido el
deseo del Padre Blas, natural de Cangas de Narcea, quien provenía de una familia
bien tradicional, de esas donde un hijo se hace soldado, el otro abogado, y el
tercero cura—. Una tradición que aquí —señaló con el índice al suelo— fue
desechada, al menos en público, pese a que allá, en la madre patria —y el
rasgado de sus ojos le hizo percibir a Claudio la ironía de esa frase—, y en
Latinoamérica, se mantiene.
—Cosas del pasado —dijo él, e
Isabel negó con la cabeza.
—Tradiciones, Padre,
tradiciones. Algo muy importante, que se torna muy peligroso si se enfrenta.
La conversación había fluido
hacia ella, otro caso de vocación satisfecha. Develó sus años en La Habana,
primero como estudiante de Filología, luego como investigadora en el Instituto
de Literatura y Lingüística. El inevitable recorrido por la casa, tuvo como hito
el cuarto de trabajo, con las paredes abarrotadas de libros. La propuesta de
varios préstamos fue lo que rompió el encanto de la velada. Los libros estaban
en la casita de desahogo, y ella le pidió la acompañase. El patio era
medianamente grande, lo suficiente para albergar un corral para puercos y un
gallinero. En un extremo, estaba la casita de desahogo, en la que divisó, por la
puerta entreabierta, varios sacos de cemento, latas de pintura y cajas de losas.
De regreso a la parroquia,
enfrentó a Blas.
—Llámelo ayuda —propuso el
asturiano, en un ensayo de jovialidad, mientras permanecía atento a las idas y
venidas de Juan y Efrén por el pasillo—. Es un caso aislado, te lo aseguro
—afirmó, y salió de la habitación.
Dos días después de la partida
de Blas, Efrén le entregó un papel que había hallado debajo de la puerta, al
salir a su diaria inspección de los alrededores de la iglesia. «Si le sorprendió
la casita de Isabel, debería ver las de los otros miembros del consejo». Seguía
una lista de los materiales extraídos. «Aproximada, Padre».
—Un robo —así lo calificó
exasperado luego de pasearse por el pueblo.
—Un robo —así se lo repitió al
Padre Blas, quien sorprendido, calló del otro lado del teléfono—. Delegó
demasiado, Padre —agregó, y entonces su interlocutor reaccionó.
—Eso pasa en cada parroquia de
este país.
—Los materiales son para
arreglar la iglesia. Es inadmisible.
—Como quieras —interrumpió
Blas—. Tú eres el responsable, así que haz lo que desees.
La llamada que recibió en la
tarde no lo sorprendió.
—¿Como está, Padre?
—Bien, gracias. ¿Y usted,
señor Obispo?
—Preocupado.
No acertó qué responder.
—¿Me escucha, Padre?
—Sí.
—Blas me ha puesto al tanto.
Le ruego sea cauteloso. No queremos dificultades. ¿Entiende?
—Sí —murmuró a regañadientes,
sabiéndose advertido.
No dudaba que Juan, o quizás
el silencioso Efrén, le estarían informando. Pues tendrían para contar, decidió,
quizás con su poquitín de soberbia, a la que, por cierto, tuvo que recurrir para
soportar el desastre que fue la reunión con el consejo de feligreses, donde
ninguno de los miembros admitió que lo sucedido pudiese llamarse robo.
—Quien lo haga —dijo Roana,
una jovencita delgada y pequeña, que atendía la sección infantil— hace muy bien,
porque resuelve problemas.
Su decisión de que ningún
material podía ser extraído, excepto bajo su supervisión, provocó murmullos
airados, y miradas insistentes a Isabel, que se limitó a fruncir el ceño. La
esperada explosión vino ante su propuesta de sustituir en su puesto a una de los
miembros del consejo, porque en su quinto mes de embarazo apenas podía moverse,
y estando de licencia de su trabajo desde su tercer mes, ¿cómo podía continuar
involucrada en las faenas de la parroquia?
—Usted no entiende —dijo
Isabel—. ¿De qué va a vivir la pobre?
«Nada personal, Padre», aclaró
ella, luego de vetar sus planes. Su réplica derivó en discusión, en la que
Roana, lanza en ristre, dijo que él perjudicaba al pueblo, afirmándolo con una
insolencia que mantuvo en su despacho, en la conversación privada a la que la
citó.
—Desde que me invistieron, el
tratamiento que se me debe es Padre Claudio —debió aclararle con tono firme.
—Eso mismo, Padre Claudio
—recalcó la muchacha— usted es un problema, y el caso es que va sobrando —y
salió tirando la puerta, dejándolo con la réplica «a esa fresca, sin respeto a
jerarquías y cargos», que se atrevió a calificarlo de «reprimido conservador»
cuando prohibió licras y chores en la misa, una costumbre que apareció de
pronto, luego de su primera escaramuza con el consejo.
—Lo siento, Padre —ripostó
Isabel a su queja—. Es una muchacha impulsiva, pero no estoy dispuesta a
prescindir de ella.
Al otro día, ninguno de los
niños asistió a la sesión de catecismo. Esa misma tarde, Clara jugaba en el
parque, y ni siquiera dejó de sonreír al verlo acercársele.
—Mamá quiso que
me quedara en casa —replicó, esquivando el rostro, antes de echarse a correr.
Claudio no esperó una segunda ausencia, y caminó las siete cuadras que le
separaban de San Mateo, número 207, entre Cortina y General González.
Le abrió la
niña, los oscuros ojos fijos en los suyos.
—¿Tú mamá está?
—y la mano se le quedó en el aire, en mitad de su viaje a la cabeza de Clara,
detenida por la expresión de su carita fruncida.
—Sí.
—¿Puede
recibirme?
—Espere aquí
—respondió, y sin dejar de mirarlo, pegó la puerta.
Cinco segundos más tarde, la
propia Isabel le invitó a entrar con un: «Pase, Padre», despojado de buenas
tardes y sonrisas. «Siéntese», añadió, e indicó un butacón.
—Usted dirá —dijo, apenas lo
vio acomodarse.
—Me preocupó la ausencia de la
niña —explicó, y la cara de Isabel no mostró emoción alguna.
—Necesito que me acompañe en
ese horario.
—Entiendo. ¿Y qué me dice de
usted? Desde la última reunión no ha ido más a la parroquia.
—He estado ocupada.
—¿Es esa la razón? —se atrevió
a preguntar, y recibió por respuesta una sonrisa, acompañada de la certeza
final.
—¿Algo más, Padre?
Antes de abandonar la casa,
intentó obtener una esperanza de que las cosas podrían mejorar. Isabel cerró la
puerta sin esperar a que terminase.
Luego, vinieron las críticas
veladas a través de la emisora local, sutiles andanadas, que abonaron el camino
a la artillería pesada.
—Padre, he encontrado estos
papeles afuera —le dijo Efrén, a los tres días, al regreso de su inspección
matutina.
«Tenía que ser negro».
Escrito en cinco papeles
pequeños. Idénticos. Ese fue el primer día, en los siguientes, convertidos en
semanas, llegaron en formas diversas, ampliándose hasta contener un nada
halagüeño pronóstico del futuro de: «el único cura negro que ha tenido mi
pueblo».
Un pronóstico que recreaba una
pesadilla que empezó a acosarlo cada noche. Cientos de personas materializándose
frente a la parroquia, hasta convertirse en una muchedumbre que vociferaba
insultos, presionando contra el cordón policial. Las manos alzándose a un ritmo
discontinuo, incitando. «Que se vaya, que se vaya». Los gritos, los denuestos,
cada vez más altos, más exasperados. Una efervescencia que, sabe, estremeció en
el pasado los cimientos de la iglesia. Una efervescencia que empezó a adivinar
en las miradas de los pocos feligreses en cada misa.
—Imagínese, Padre. ¿Cómo
evitar eso? Pero no se preocupe, claro que vigilaremos —aseguraron los miembros
del consejo, encogiéndose de hombros ante la ausencia de Isabel.
—Imagínese, Padre. Es un
asunto delicado, no le prometemos nada. Es que es un conflicto más bien
religioso, ¿sabe? —justificó su inacción el Jefe de policía de la estación
local, afable, en su oficina.
Una semana después viajó a la
sede provincial.
—Guiar
una congregación es una misión difícil, Padre
—indicó
el Obispo al aceptar, con inequívoco alivio, su solicitud—.
A veces, sólo queda probar suerte
—había
usado esa palabra—
en otro lugar.
Ni siquiera replicó, estaba
más allá de la pena o de la vergüenza. Más allá de la rabia.
Esa noche, a menos de una hora
de haber regresado, Isabel lo visitó. La recibió en el despacho, y sus palabras
lo desconcertaron.
—Me han dicho que se va.
—Es apresurado afirmarlo
—dijo, sin lograr disimular su sorpresa.
Ella sonrió.
—Si llegara a aceptar, ¿a
dónde iría?
—Aún no lo sé, aunque lo más
probable es que sea en la zona oriental.
—Pues va a sentirse como en
casa —dijo Isabel, y la alusión le hizo torcer el gesto—. Padre, —agregó
risueña—, es una broma, usted sabe que no soy racista.
Él la miró, incrédulo, hasta
que ella salió del despacho.
—El chofer está listo para
partir, Padre —escucha, y la imagen de la mujer se disipa.
Juan lo observa desde la
puerta.
—Gracias —responde, y se
incorpora.
Demora en el baño
refrescándose el rostro, hasta que la piel resiente la humedad. Al salir se topa
con el viejo.
—Recuerde que mi sustituto
llegará alrededor de las once de la mañana —dice, y continúa adelante. El «Sí,
Padre» le llega amortiguado.
Sale afuera. En el horizonte
percibe una claridad tenue, que achaca a su imaginación. La calle está desierta,
en la acera, Juan y Efrén esperan su partida. Les dedica un último saludo, y
entra en el carro. El estrépito del motor se multiplica en el silencio que los
rodea. El chofer acelera, y toma la carretera central. Claudio se reclina en el
asiento, y mientras contempla las casas, que empiezan a sucederse cada vez más
rápido, Isabel irrumpe en su mente:
—Tradiciones, Padre,
tradiciones —y lo anonadan remolinos de tiempo.
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Yunieski Betancourt Dipotet
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Nació en Yaguajay, Sancti Spíritus, Cuba, en 1976. Reside en
Ciudad de La Habana, Cuba. Sociólogo, profesor universitario y narrador. Master
en Sociología por la Universidad de La Habana. Ha participado como ponente en
eventos nacionales e internacionales de su especialidad. En estos momentos
trabaja en su proyecto de doctorado, que versa sobre procesos de socialización y
transmisión de la enajenación. Imparte las asignaturas Historia y Crítica de las
Teorías Sociológicas I, II y III; Sociología y Política Social Urbana, y
Sociología de la Cultura. Cursó el taller de narrativa del Centro Onelio Jorge
Cardoso, Ciudad de La Habana, Cuba. Ha publicado en La Isla en Peso, La
Jiribilla, Axxón, miNatura. Tiene inéditos los libros de cuentos: Los rostros
que habita (al que pertenece Tradiciones) y Crónicas de Mundo Dun.
Contacto con el autor

Ilustración: Café con leche; pintura de Albert Anker (detalle)

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