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Las Marías
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Luis E. Mejía Godoy
«La cantina está alegre.
No si para qué... mas sin embargo, en estos tiempos, ni se sabe...», dijo la
Leoncia secándose las manos en el delantal blanco con vuelos y adornos de bordes
de trencilla azul, metiendo la mano en la bolsa repleta de dinero. Desenredó
tres billetes de a peso y le dio el vuelto a Jerónimo por el trago doble que le
había servido. Luego sacó dos cervezas de la hielera, les escurrió el agua
helada con la mano, las abrió en el clavo que tenía en la esquina del mostrador,
y las puso en la mesa de latón en donde Eberto Pinell y el Renco Guillén tenían
acumuladas cuatro tandas de las cervezas bebidas en media hora.
Juancito Urrutia tocaba la mandolina como nadie. No había pieza
que le pusiera bozal ni espuela. Lo mismo interpretaba una mazurca silvestre
levanta polvo que un complicado vals del maestro Mena, o simplemente inventaba
en cuestión de segundos una melodía que aunque nadie la hubiera oído nunca,
provocaba dulces mareos en las muchachas y era capaz de hacer llorar como un
niño hasta al más hombre. La Leoncia le pidió que tocara Las Marías.
No se hizo rogar y arrancó con la antigua melodía que había aprendido de niño,
de los rústicos dedos de Leandro Torres, el Capataz de la finca de Los
Gutiérrez, en los descansos, a la hora del almuerzo, en las temporadas de los
cortes de café en la montaña.
Juancito andaba ya jineteando el segundo estribillo, jamaqueando
la mazurca, con la oreja pegadita al diapasón, la mano izquierda jugueteando
cerca del borde adornado con incrustaciones de concha nácar en la boca de la
mandolina, y la mano derecha pulsando las cuerdas de metal marca La Jarochita,
traídas de contrabando desde México por Don Arturo Rosa Garmendia. Con la uñeta
verde hecha de una jabonera de plástico, le sacaba colochos de música al pequeño
instrumento de cuerpo ovalado que él mismo había hecho a mano en el taller de
carpintería de Don Casimiro Ponce donde hacía rumbos como asistente, copiado a
puro ojo, del dibujo de la Chalupa. En eso entró a la cantina Cresencio Cuevas y
se sintió inmediatamente un ambiente tenso entre los clientes de la cantina
humilde, instalada casi en el guindo, a la orilla del río. Una casita hecha de
ripios de madera, adobe y tejas, con cuatro mesas de latón y diez silletas
plegadizas en un espacio no mayor de seis metros cuadrados con un piso de tierra
bien apelmazado recién barrido y pringado con agua y aserrín. La Leoncia achicó
los ojos como tratando de hurgar el futuro. A pesar de que disfrutaba oyendo la
polkita que Juancito paseaba alegremente por todo el caserío, tuvo el
presentimiento de una fatalidad...
Todos en el pueblo sabían que a Cresencio Cuevas el guaro le
dormía los sentidos, le arrinconaba la cordura y le oscurecía aún más su
carácter agrio y pendenciero. Caminó hacia el mostrador con el machete reposando
en su vaina de cuero con adornos de flecos de plásticos de colores. La Leoncia
acomodaba las botellas de cerveza en el cancel y se hacía la desentendida de su
presencia para no provocarlo. Lo conocía de sobra y sobre todo en los días
malos. Había sido su mujer durante dos años, en los tiempos que recién se había
graduado de maestra y él era Jefe de Cuadrilla en la construcción de la
Carretera Panamericana en el tramo de Somoto a la frontera de El Espino, en esos
años ganaba mucha plata y agarraba parranda desde el sábado al mediodía, después
del pago de la planilla. «¡Poneme un trago de a dospesos...!», dijo casi
gritando con su vocerrón de anunciador de gallera. «Viendo la plata baila el
perro...», le contestó la Leoncia con tranquilidad pero firme. Y sonriéndole,
casi coqueteándole, agregó: «¿Así que aquí venís pasado de guaro a tomarte lo
que no te permiten en otra parte, verdad...?». Cresencio encendió un Valencia
que andaba prensado en la oreja izquierda, expulsó el humo por la nariz, y
pasándose la lengua por el labio superior adornado con un bigotito recortado a
lo Benny Moré, le dijo: «Jesús amorcito, vos sabés que soy el que más te ha
querido en este pueblo, aunque te me pongas reparona...». Juancito terminó la
última vuelta del último compás de Las Marías, puso la uñeta y la
mandolina sobre la mesa y dispuso tomarse el resto de cerveza que aún tenía en
el vaso. Cresencio sacó un billete de a cinco y hecho un puño lo tiró sobre el
mostrador. La Leoncia lo agarró, lo estiró y lo metió en medio del fajo que
tenía en la bolsa del delantal y puso sobre el mostrador un vaso de vidrio
esmerilado que llenó de guaro lija hasta el borde. «Vos sabés que me arrecha que
vengás pasado de tragos... y peor cuando andás armado».
Le puso los tres pesos del vuelto bien estirados sobre el
mostrador y le dijo: «Menos mal que hoy por lo menos no veniste con el Sargento
Reyes que siempre le da por sacar la pistola...». Le puso el tapón de corcho a
la botella y la acomodó de nuevo en el estante verde. Y dirigiéndose a Juancito
le dijo desde el mostrador «¡Ydeay Juancitó por qué no te tocás una de esas
arranca polvo para que vean que en este estanco somos pobres pero alegres....!».
Y con la aprobación de los cuatro clientes que había en la Cantina de la Leoncia
Idiáquez, Juancito Urrutia tomó nuevamente la uñeta y se puso la mandolina cerca
del corazón, afinó como siempre las dos primeras cuerdas, mojando con saliva y
apretando las clavijas de madera, y después de un grito imitando a un borracho,
arrancó con la introducción de la polkita segoviana El grito del bolo.
Cástulo, con la mirada turbia por la neblina del éter y los cuarenta y cinco
grados del alcohol del guarón que vendían por galones en la Administración de
Renta, pegó un cinchazo con el lomo del machete que se oyó como un rayo en seco
sobre una de las mesas de latón y gritó: «¡Un momento jueputa! ¡Aquí nadie se
anda burlando de Cresencio Cuevas, jodido...!». Juancito sólo bajó un poco el
volumen de su interpretación, y sin dejar de tocar quedó viendo con el rabo del
ojo el machete que el borracho agitaba. «Ydeay Cresencio, se te subió el guaro o
ahora te picás con sopa’e chancho...?», le dijo Alberto Carazo, el escribiente y
leguleyo que a todo el mundo daba bromas, sentado desde una de las mesas del
rincón, donde se sacaba la goma con su amigo Mario Diablo. Pero Cresencio, sin
dejar de dibujar líneas en el aire con el machete, escupiendo en el piso le
dijo: «Callate Chancho peinado. O tal vez vos me podés decir quién autorizó a
este chichero de mierda a tocar esa chochada... Mejor tocame La Perra renca
pendejo, y si lo hacés mejor que Los Sandovales te doy diez pesos...», le dijo
acercándose hasta la mesa donde estaba Juancito subiendo y bajando comarcas y
caseríos campesinos tañendo su instrumento preñado de grillos y todavía con la
cerveza entera sobre la mesa. Dejó de tocar, se quitó el sombrero, se pasó la
mano sobre la cabeza, se quitó el sudor de la frente con la manga de la camisa
de manta, se volvió a poner el sombrero y le dijo: «Ni que me pague cien
pesos... Yo toco lo que quiero...». Cresencio arrimó una silla y se sentó en la
mesa de Juancito, apagó el Valencia sobre la mesa y se le tomó lo que le quedaba
en la botella de cerveza.
Escupió grueso entre sus piernas, le sacó de la bolsa de la
camisa un cigarrillo, se lo puso en la boca sin encenderlo y con los ojos más
vidriosos y riéndose le dijo: «¡Así que el muy hijueputa no quiere complacer a
Cresencio Cuevas...! ¿Vos sabés que te puedo dejar tullido de por vida y sin
poder tocar ese chunche que es lo que te da de hartar...?», lo amenazó Cresencio
poniéndole el machete sobre el brazo. «Entonces peor para usted...», le dijo
Juancito quitando su brazo de la mesa y sin perder la serenidad... La Leoncia,
al ver que la conversación iba por camino retorcido buscando los guindos de la
provocación y que no había razón para manchar de sangre un domingo que pintaba
tan bonito, se le ocurrió llevarle una cerveza a Juancito y un doble de lija a
Cresencio, y les dijo a ambos dándoles una palmadita en la espalda: «Vamos
muchachos, déjense de chochadas, aquí estamos como en familia...». Pero el guaro
ya había enchichado el cerebro de Cresencio que en un desorden de palabras se
iba poniendo cada vez más agresivo. «A mí ni la Guardia me anda con vergas,
cabrón...».
Fue un instante para ver representar la danza de la muerte a su
machete desnudo, relampagueando en el aire y hundirse sobre la muñeca de
Juancito sin ni siquiera rozar la mandolina, y de un tajo dejarlo sin su mano
derecha tan diestra para tocar con su uñeta las melodías más complicadas. Un río
de sangre corrió sobre la mesa confundiéndose con las letras de Cerveza
Victoria, después del grito del músico. La mano pálida pero aún con vida, como
un náufrago, buscaba desesperadamente la mandolina en el suelo. Entonces la
Leoncia agarró la botella más grande, la quebró en la cabeza de Cástulo que cayó
como un animal sobre las mesas y silletas y le dijo con gritos de desesperación
y arrechura pateándole las costillas: «¡Jayán, por tu pésimo guaro te cagaste en
el mejor domingo del año y en el mejor mazurquero de las Segovias hijueputa...!».
Alberto Carazo y Mario Diablo atendieron inmediatamente a Juancito que se
retorcía como un ataquiento, buscando con su mano izquierda su mano derecha
debajo de la mesa. Le amarraron un mecate como torniquete para que no se le
desangrara el brazo, mientras el Renco Guillén que en compañía de Chico
Chihuahua entraba en el momento del bochinche, se fue saltando con su pierna de
trapo a llamar al doctor Lara a su casa, y Chico, al Comando a avisarle a la
Guardia para que se llevaran preso a Cresencio antes de que despertara del
botellazo.
Al día siguiente el Sargento Reyes preparó la fuga de su íntimo
amigo y le pidió a un Juez de Mesta le ayudara a cruzar la frontera por veredas.
Dos semanas después, la Leoncia le puso a su negocio «Las Marías», en honor a la
última mazurka que Juancito Mendoza tocó completa en su estanco. Y colocó un
rótulo a la entrada: «Se prohíbe venir pasado de tragos. No se sirve licor a
uniformados ni a los que cargan machetes... Por favor deje la rabia amarrada al
palenque de la entrada». Juancito Mendoza terminó yéndose de Somoto con el Circo
de Firuliche, contratado como el único músico de Centroamérica que era capaz de
tocar la mandolina con una uñeta hecha del mango de un cepillo de dientes
amarrado a su brazo manco. Fue una novedad.
Varios años anduvo Cresencio Cuevas errante y sobreviviendo a
pleitos de cuchillo en estancos y galleras de Honduras, y ya con varios muertos
en su cuenta personal. Amaneció un día de tantos en el cuarto de un putero de La
Ceiba, ahorcado con una cuerda de mandolina y una nota escrita con letras
inclinadas hacia la derecha, casi ilegibles que decía: «La justicia es ciega y
hasta sorda pero tiene buena memoria, tarda pero no olvida ni perdona... Y con
la zurda...».
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LUIS ENRIQUE MEJÍA GODOY nació en 1945, en Somoto, un pequeño pueblo al Norte de
Nicaragua. Cantautor y escritor, fundó con otros artistas, en 1975, el
Movimiento de la nueva Canción Costarricense. En Costa Rica grabó sus primeros
discos. En 1979 regresó a Nicaragua definitivamente. Mejía Godoy es autor de 18
discos y más de 200 canciones.
Es fundador, junto a sus hermanos y personalidades de Nicaragua, de la Fundación
Mejía Godoy, organización sin ánimo de lucro para ayudar desde la sociedad civil
a resolver problemas sociales y apoyar el desarrollo cultural y humano en su
país.

Lee otros relatos de este autor:
El tío Ramiro;
Retrato de poeta con guitarra
y Café Concert

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