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Una conversación
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Sergio Borao
Kafka pareció sorprenderse un poco
al verme.
—Creí que seguías vivo —dijo sin preámbulos. El
tuteo le salió natural, como si ya nos conociéramos de antes, como si, en
cualquier otro lugar o tiempo, tal vez posibles pero inequívocamente teñidos por
un aura de irrealidad, hubiésemos sido amigos.
—Anoche, al acostarme, lo estaba —respondí sin
mucha convicción—. Así lo creo, al menos. Como sabes, no es tan fácil fijar con
precisión los límites entre un estado y otro.
Se quedó pensativo unos instantes. Luego sonrió
levemente antes de volver a hablar:
—Probablemente estás durmiendo y esto no es más
que un sueño.
—Esa me parece la explicación más lógica —concedí.
Él sabía o sospechaba que no era eso: sólo trataba de ser amable, permitiéndome
a la vez tener algo más de tiempo para adaptarme a mi nueva circunstancia. Pensé
que ese gesto exigía de mí una respuesta un poco más extensa—. Sin embargo,
tampoco me atrevería a asegurar que sea yo el que sueña. Como ambos sabemos, en
este mundo gelatinoso el cálculo de probabilidades no existe y nada es más
cierto que su opuesto. Acaso en realidad (si es que hay realidad) se trate de tu
sueño y no del mío.
—Podría ser... Aunque no recuerdo muy bien dónde
leí, o escuché, que los muertos no soñamos, luego si es sueño ha de ser por
fuerza tuyo, salvo que haya un tercero en todo esto y ambos no seamos más que
meras formas que su delirio ha creado por motivos que jamás nos serán revelados.
Imágenes, sonidos, sombras que danzan en la imaginación de un desconocido, sin
esencia propia. Simples figurantes en un teatro que nos es ajeno.
—Esa descripción se asemeja bastante a lo que
llamamos vida.
—Cierto. Y no obstante...
Ambos callamos durante unos segundos. Me miró sin
sonreír, esperando mis palabras. Como si todo estuviese ya escrito desde mucho
tiempo antes. Dije:
—De cualquier modo, sea sueño o no lo sea, y en el
primer caso, sea uno u otro el soñador, hay dos cosas que siempre quise decirte
y éste me parece el mejor momento para hacerlo. No sé si habrá otro. Quizá,
después de todo, el que está soñando sea un dios sin suerte, un dios anónimo que
ve llegar su hora postrera y que, como un último acto generoso, a modo de
despedida, ha querido concederme este instante y estas palabras.
—Habla pues. Te escucho.
—Lo primero que he de decir es que yo, que te he
leído, sé cuál fue realmente el motivo por el que ordenaste quemar tus textos.
Mucho se ha escrito sobre ello, pero creo que nadie hasta ahora ha mencionado lo
esencial. Puesto que ambos sabemos de qué estoy hablando y no hay aquí nadie más
a quien pudiera interesar éste, nuestro pequeño secreto, me parece innecesario
dedicarle una palabra más —hice una breve pausa, quizá algo teatral, para
observar la reacción de mi interlocutor. Kafka enrojeció levemente. Después se
encogió de hombros y, adoptando una pose un tanto patriarcal, dijo:
—No hay escritor que no crea saberlo. Incluso la
mayoría de los lectores silenciosos. Cada uno tiene su opinión, todas igualmente
respetables. Alguna de ellas, sin duda, se acercará más o menos a la verdad, lo
cual tampoco importa; si lo miramos bien, verdad y mentira pueden ser sinónimas,
sólo la perspectiva del que contempla o escucha o lee cambia. Pero siento
curiosidad: ¿Qué es lo otro que deseas decirme?
—Lo segundo es que, gracias a tus obras no
quemadas, pude finalmente hacer caso al impulso que desde niño me había estado
empujando a escribir. No es probable que alguna vez sepamos si esto fue algo
positivo para mí o, por el contrario, una más de las causas de mi desgracia,
pero en uno u otro caso, así sucedió, y por ello, ahora que tengo la oportunidad
de hacerlo, te doy las gracias.
—Agradécele a Max. Como ya sabes, yo había
condenado a la hoguera hasta la última línea. Pero no comprendo del todo bien el
motivo de tu agradecimiento. Por un lado, me parece que escribir no es algo que
te haga demasiado feliz; por otro, tú mismo acabas de decir que acaso el hecho
de haberte decidido a emprender ese camino pueda estar ligado a tu propia
desdicha.
—Tienes razón. Escribir no es algo que me cause
una especial satisfacción. Si bien tampoco puede decirse que me resulte
detestable, en ocasiones llega a molestarme un poco tener que hacerlo. Tú sabes
a qué me refiero. Me alegra poder hablar de todo esto contigo, porque a casi
todo el mundo le resulta extraña, incluso incoherente, la idea de que un
escritor pueda no disfrutar con lo que hace. Para la mayoría, esto debería ser
una especie de juego o distracción.
—Es comprensible. Sin duda, ellos no han padecido
las pesadillas, la obsesión por transformar lo indefinible en términos
concretos, el irrefrenable impulso de completar aquello que, aunque no lo
sepamos, es, en esencia, incompleto…
Durante un larguísimo instante escuché. Ni el más
leve sonido perturbaba nuestra charla. Luego respondí:
—Y sin embargo, aunque intuyamos que hay vacíos
que no se pueden llenar, no queda otra opción que seguir en el empeño.
—El camino en sí será suficiente... Creo que tú
mismo dijiste eso o algo parecido alguna vez, en un poema.
—Es posible. Ya no me acuerdo —hice un gesto vago
con la mano abierta—. Palabras escritas, reflejo de palabras leídas u oídas,
reflejo al cabo. No tiene importancia... Pero me alegra que lo hayas leído.
—En realidad ya no recuerdo si lo leí yo mismo o
alguien me habló de él. Como puedes imaginar, aquí todo resulta un poco confuso.
En especial, los nombres. De hecho, no conozco el tuyo —hizo un leve gesto de
impaciencia—. Pero no hace falta que te molestes en pronunciarlo; lo olvidaría
en pocos segundos. Importan las obras, los nombres son tan sólo una más de las
muchas máscaras que solemos usar en nuestro deambular por el mundo. Aquí carecen
de importancia.
—El tuyo, no obstante, ha perdurado. Incluso ha
dado para acuñar un término, kafkiano, que mucha gente utiliza sin el menor
reparo, y en muchos casos de forma arbitraria, aun desconociendo por completo tu
obra.
—Mero accidente. Reflejo de la superficialidad que
gobierna las cosas del mundo de los vivos. Más acentuada en tu época que en la
mía, según he podido escuchar por ahí.
—Creo que así es. El culto a la apariencia nos ha
llevado a valorar la forma y olvidarnos casi por completo de lo importante.
Somos, en esencia, lo que aparentamos ser. Lo demás es abstracción, algo que no
goza de la simpatía general.
Después de un corto silencio, Kafka preguntó:
—¿Cuál sería entonces la razón que te impulsa a
escribir contra viento y arena, según tu propio testimonio?
Uno nunca está preparado para una pregunta como
ésta, pero por alguna razón, no me incomodó. La respuesta surgió de forma
natural, sin siquiera pensar lo que estaba diciendo.
—No es fácil saberlo con certeza. Yo mismo me lo
he preguntado muchas veces y no me atrevo a afirmar que conozca la respuesta.
Podría inventar algunas explicaciones más o menos verosímiles, pero ninguna de
ellas sería del todo cierta; como mucho servirían, quizá, para mitigar la
incomodidad de algunos lectores y disimular vagamente la impenetrable verdad.
Sólo puedo decir que, mientras escribo, hay momentos en que estoy fuera del
tiempo. Mientras eso dura, presiento que soy inmortal, invulnerable. Aunque
entonces se viniese todo abajo, el verso que acabo de terminar es único y es
mío, y yo suyo. Sólo por un instante, algo trasciende, va más allá del mero
devenir inconsistente de esta parodia que habito o que me habita; por un
instante, o una mera fracción del mismo, hay un resplandor. El mundo, durante
esa millonésima de segundo, parece tener un sentido. Ahora mismo...
—¿Ahora? ¿Estás, pues, escribiendo en este
momento?
—En este sueño, si sueño es, escribo que tiene
lugar esta conversación. Tal vez en otro seas tú quien dialoga con el fantasma
de un oscuro autor no nacido. Si hay alguien más, tal vez sea ese alguien quien
finalmente cuente que tú y yo, en un tiempo inconcebible, brindamos en algún
lóbrego bar de una ciudad que ninguno de los dos conoció en vida.
—Sea como dices, pero ahora ¡despierta! Está
amaneciendo.
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SERGIO BORAO LLOP nació en Mallén (Zaragoza, España) en 1960 y
reside en la capital zaragozana. Es encuadernador, periodista, poeta y
cuentista.
Ha publicado los siguientes cuentos: Las carreteras (Revista Nitecuento, nº
23, también en Margen Cero); Antología Relatos - Zaragoza, 1990; Feria (Revista Nitecuento, nº 13);
Paisaje sin batalla (Revista Nitecuento nº 16); Espíritu de la Plaza
(Antología Callejón de palabras - Mizar) y en cuanto a poesía publicada: La
estrecha senda inexcusable (poemas) (Poemas Zaragoza, 1990) y Poemas
(Antología Poemas quietos - Mizar).
Web
del autor
De este autor puedes leer, también: el poema
Nómadas;
Cansancio,
texto en prosa publicado con motivo del IV aniversario de la Revista Almiar y
los
relatos
Las carreteras,
La marca doble,
La extraña
y
Composición.
- Ilustración: Fotografía de Ricardo L. Cieri (ver
exposición de este autor)

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