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El coleccionista
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Marié Rojas Tamayo
Había sido un día perfecto...
Un nuevo ejemplar, el alfiler fijo en el centro, aleteando cada vez con menos
fuerza, era el resultado. Recordaba su lejana infancia, jamo en mano, la espera,
la voz de su madre: «Es un acto cruel, clavarlas aún vivas a su base, mira esos
estertores, hijo, son como ánimas que se debaten»... Y él: «No, mamá, son sólo
espasmos de criaturas sin alma».
Éste era un espécimen
largo tiempo codiciado. Sus enormes alas doradas, ribeteadas en negro, eran un
regalo. Se creía capaz de no dormir por contemplarla... Lo llamaban raro por la
ausencia de esposa, novia o amiga. No tenían idea de lo que era la belleza
impecable, la posesión de lo efímero.
Una mariposilla
nocturna pasó frente a sus ojos. Se le colaban por la ventana para ir a quemar
sus alas grises, indignas, en la bombilla de su mesa de estudio. La espantó con
hastío.
La pequeña intrusa
repitió su recorrido. Apagó la lámpara, quedando apenas con la luz de la luna,
pero ella volvió. Fue a buscar el matamoscas, no quería manchar sus redes
cazando a tan insignificante hija de la noche. Encendió la bombilla para
atraerla. En contra de sus expectativas, voló a la cabecera de su cama.
Se volvió con furia,
para ver espantado como su sombra crecía, se alargaba, se coloreaba de extraños
resplandores, recortada contra la pared, parpadeando al ritmo de la luz, hasta
transformarse en la de una bellísima mujer desnuda que lo invitaba a acercarse
con el movimiento de sus finos dedos…
Lo encontró el
ama de llaves al día siguiente. Siempre le había repugnado el efluvio que
emanaban los frascos que él dejaba destapados, impregnando las sábanas, pijamas
y cortinas que ella se empecinaba en sacar al sol.
«Crimen pasional»,
dijo la policía cuando encontró la ventana abierta y no logró detectar signos de
violencia. ¿Qué amante perversa habría sido capaz de clavarlo por el centro,
desnudo, aún vivo, con los brazos abiertos y la cara vuelta hacia abajo, como
crucificado en satánico rito?
Tal vez el
coleccionista pertenecía a alguna de esas sectas de moda. Eso explicaría el
curioso polvillo dorado esparcido sobre la sábana.
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Marié
Rojas Tamayo, (Ciudad Habana, 23
de mayo de 1963).
Miembro de la UNEAC, Sección de Literatura Infantil. Licenciada en Economía del
Comercio Exterior, Universidad de la Habana, 1985. Graduada de los idiomas
inglés y francés.
Libros publicados: Tonos de Verde, relatos, 2004 y 2005; Adoptando a
Mini, novela, 2005, Ed. Fundación Drac, Mallorca; De príncipes y
princesas, relatos, 2006, Editorial El Far, Colección El Viajante, Mallorca;
En busca de una historia, novela, Colección Mundo Imaginario, Editorial
Andrómeda, España, 2010; Cinco minutos a solas con las musas, relatos,
Inventiva Social, Argentina, 2010 y Viaje a los astros, cuaderno de
poesía, Inventiva Social, Argentina, 2010.
Su obra ha merecido varios reconocimientos internacionales, los más recientes:
Mención Especial en el Premio Lazarillo de Tormes, OEPLI, España, 2009; Premio
Ana María Matute 2008 de Ediciones Torremozas y Segundo Premio de Novela
Andrómeda de Ficción Especulativa 2008. Sus cuentos y poemas aparecen en más de
50 antologías internacionales. Varias de sus obras están siendo llevadas a la
televisión, la radio y el teatro. Colabora con revistas, periódicos, proyectos
culturales y páginas web del mundo. Dirigió la revista Dos islas, dos mares.
Coautora de los libros-arte: Choco, El libro del taller de gráfica
y Mujer, Soledad y Violencia. Asesora literaria del libro de arte
Andersen. Autora de las antologías internacionales: Criaturas mágicas;
Travesía en el mar de los sueños y Homenaje a Hans Christian Andersen
en su bicentenario. Fue promotora cultural y condujo talleres literarios
infantiles. Nominada por el American Biographical Institute, en el 2004, entre
las mujeres destacadas por su relevante aporte a la sociedad.

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