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Aquel día de lluvia
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Blanca del Cerro
Tal vez, a partir de ese instante,
la vida sería así, oscura, sombría, cenicienta, empapada de arpegios inaudibles
y ahogada en sombras grises, tan grises que explotaban densas a mi alrededor y
me las tenía que quitar de encima a manotazos. Lo cierto es que empecé a
ahogarme en ellas, como si se tratara de un inmenso maremoto avanzando inquieto
hasta mi soledad, esa soledad construida de distancias que él había dejado ahora
entre nuestras almas y nuestros cuerpos.
El día en que me avisaron de su muerte empezó a llover.
Me quedé con el auricular del teléfono helado entre las manos, escuchando la
siniestra noticia, mientras por mis labios se escapaba la palabra Padre,
una palabra que taladraba el aire y se hacía añicos en mi cerebro petrificado.
Las gotas de lluvia iniciaron una sinfonía de lunas tibias al compás de la
mañana y se aposentaron entre los hombres como si estuvieran a punto de
poseerlos, como si fueran a adueñarse para siempre de sus vidas, como si ya no
quisieran abandonarlos jamás.
La voz al otro lado de la línea, casi un susurro, me informó de que aquel hombre
de hierro y fuego que fue mi padre había sufrido un repentino ataque al corazón,
había sido inmediatamente trasladado al hospital y ya no pudo hacerse nada por
salvarlo. Murió enroscado en el silencio y abrazado a su soledad, dejándome a mí
con la mía propia, la de su presencia, la de su recuerdo, la de su ausencia. Una
vez despojado de su carga, el susurro me dio el pésame y colgó.
No lloré. No pude llorar porque mis ojos, sin saber las razones, se negaron.
La lluvia se había apoderado de los cristales y trazaba misteriosos caminos por
los que bailaba minuetos y boleros tristes.
Los recuerdos de toda una vida aparecieron en forma de aluviones inmensos, como
hordas a caballo del tiempo, e inundaron mi cerebro, abarcándolo hasta tal punto
que no quedó en él ni un mínimo resquicio que no fuera el ayer. Surgieron los
días de mi infancia en Huesca, nuestra ciudad, juntos los dos en aquel fastuoso
jardín que rodeaba nuestra casa, consolándonos por la desaparición de mi madre,
víctima de una embolia. Y vi cómo mi padre, de profesión jardinero vocacional,
recogía cientos de flores y cubría por completo la tumba en la que había sido
enterrada su mujer, convirtiendo aquel pedazo de tierra en un paraíso de pétalos
multicolores.
La danza de la lluvia se iba transformando lentamente en una acalorada mazurca
compuesta de suspiros y sombras.
Y surgió el pasado de nuestra vida conjunta y solitaria. Nos habíamos quedado
solos los dos y teníamos que salir adelante, él con su trabajo a cuestas, yo con
mis estudios a la espalda, y ambos con la vista al frente, rodeados de
ramilletes de olvido y manojos de futuro.
Mientras tanto, mientras mi mente se trasladaba al mundo inamovible del pasado,
las gotas de lluvia bebían el aire.
Él me enseñó todo lo que sabía sobre botánica y jardines, me enseñó a
diferenciar las plantas, a distinguirlas, a clasificarlas, a ordenarlas, me
enseñó los misterios del cuidado y el abono, me enseñó el infinito universo de
las flores, sus aromas y colores, los árboles, los arbustos, las hojas, los
esquejes, los pecíolos, las vainas, los pétalos, los sépalos, los tallos, los
troncos, las cortezas, un mundo fabuloso en el que se movía a sus anchas y que
le salvó del espectro oscuro de la desesperación.
El sonido de las gotas se filtraba por mis venas.
Mi padre adoraba su trabajo, amaba los jardines, todos los jardines, y me
narraba historias, cientos de historias que yo escuchaba con la boca abierta a
la luz del atardecer. Mi padre me explicaba que los árboles eran los
pensamientos de los ángeles, que tomaban forma en la tierra para repartir bondad
por el mundo. Mi padre me contaba que la luna se tragaba todas las noches el
azul del mar, un azul que durante el día chocaba con el amarillo del sol, y
posteriormente lo repartía por el mundo vistiendo a las plantas de matices
verdes. Mi padre me decía que las flores nunca morían sino que, cuando se
marchitaban, los pétalos se elevaban hasta el espacio donde se iban acumulando y
acumulando, y a lo largo de los siglos habían formado lo que nosotros llamamos
arco iris el cual, en realidad, estaba compuesto por miles de millones de flores
que, de tanto en tanto, al recibir la caricia de la lluvia y el sol, mostraban
todo su esplendor para recordarnos que allí estaban y allí estarían hasta el fin
de la eternidad. Y me aseguraba que algún día, por algún motivo especial,
estallarían y el mundo quedaría inundado de flores y pétalos. A mí me gustaban
sus historias y las escuchaba embelesada.
Tenía que ponerme en movimiento, tenía que salir y trasladarme hasta Huesca
donde había vivido mi padre, tan alejado de mí, tenía que hacer frente a todos
los trámites relacionados con su defunción, tenía que moverme, tenía que
reaccionar, bajo aquella lluvia que machacaba incesantemente y no dejaba de
machacar las almas.
El tiempo, revestido de nostalgias y sueños, nos llevó con sus alas
transparentes por los senderos de la vida. Mi padre y yo continuamos con
nuestras mutuas obligaciones, siempre juntos, siempre unidos por un hilo fino de
sentimientos, siempre apoyándonos el uno en el otro. Una vez finalizados mis
estudios, quise trasladarme a Barcelona para entrar en la universidad. Había
decidido estudiar Botánica. Y él quedó allí, en su casa ahora casi totalmente
solitaria, con sus plantas, sus flores y sus cordilleras de nostalgias y
recuerdos, cada vez más altas y más pobladas.
Preparé una pequeña maleta con lo suficiente para pasar dos días fuera y bajé al
garaje a recoger el coche. En la calle me recibió un indisciplinado ejército de
gotas que quiso avasallarme, pero no pudo. Bajo una manada inagotable de agua, y
agua, y más agua, emprendí el camino hacia la ciudad que me había visto nacer.
Mi padre y yo, en aquel entonces, nos dijimos adiós hundidos en un pozo de
tristezas y pesares. Sería la primera vez en muchos años que viviríamos
separados, lejos el uno del otro, puesto que, bajo ningún concepto, él
abandonaría su querido hogar, pese a la propuesta que le presenté de trasladarse
a vivir conmigo a la ciudad que había elegido para cursar mis estudios. Su
negativa fue rotunda.
La voz de la lluvia y los limpiaparabrisas barriendo el cristal me hicieron
compañía durante el recorrido.
Poco a poco el tiempo nos cubrió de sombras y lejanías. Siempre que encontraba
un hueco —algunos fines de semana, algunos puentes, algunas vacaciones—, me
acercaba a Huesca. Mi padre continuaba con su vida de silencios ahogados, cada
vez más callado, cada vez más ausente, como si hubiera creado a su alrededor un
universo de colores únicamente compuesto de flores y plantas: su mundo
particular donde ya no tenía cabida más que él mismo y sus sueños.
Huesca se debatía entre torrentes de agua y dolores dispersos. El cielo
crepitaba. Una parte de los habitantes del barrio, no muchos en realidad, se
encontraban en la casa en la que yo había nacido y vivido hasta mi traslado a la
gran ciudad. Los fantasmas de los objetos por allí diseminados me arañaron la
piel del alma y me acosaron con sus sábanas blancas de recuerdos y olvidos.
Hicimos los correspondientes preparativos para el entierro y el funeral, que se
celebrarían ese mismo día, ya que yo no tenía más remedio que volver a Barcelona
lo antes posible. El cuerpo de mi padre descansaba en el ataúd. Parecía como si
estuviera rodeado de un halo de colores, como si las flores que tanto había
amado quisieran acompañarle en su adiós eterno. Lo miré con una tristeza
sobrecogedora, lo amé como siempre y como nunca, pero no pude llorar.
Y los años sembraron nuestros cuerpos de lejanías. Nos veíamos, pero menos, nos
hablábamos, pero menos, nos recordábamos, pero menos. Mis estudios, mi trabajo,
mis amigos, mi vida social, me introdujeron en un mundo totalmente distinto en
el que el olvido iba aposentándose despacio a mi lado. Y no fue realmente
olvido, pero sí alejamiento, él en Huesca, yo en Barcelona, la distancia, el
silencio, el desapego. Siempre me decía que me echaba de menos, y yo siempre
respondía que me ocurría lo mismo, pero la vida se interpuso entre nosotros y ya
nada fue igual.
Las lápidas del cementerio brillaban destilando minúsculos arroyos bajo aquella
lluvia incesante que me perseguía y me acosaba desde la mañana. Nos reunimos en
torno a la tumba destinada a mi padre, todos muy serios bajo los paraguas. El
sacerdote pronunció unas palabras que no escuché, pues lo único que pude hacer
fue hablar con mi padre en voz baja, sin lágrimas, porque no podía llorar.
«Papá, lo siento, de verdad que lo siento. Te olvidé. Olvidé tu vida, olvidé tu
existencia, olvidé tu amor, te dejé de lado. Lo siento, papá, lo siento ahora
que no tiene solución. Dime que me perdonas. Dime que me quieres. Dime que
sigues a mi lado. Dímelo de alguna manera. Aunque ahora sé que ya no puedes
hacerlo. Lo siento. Perdona, papá, perdóname».
Mis palabras sonaban por dentro como olas plagadas de añoranza.
Una vez finalizado el entierro y la ceremonia, con las paletadas de tierra
resonando en mi cerebro empapado de lluvia y pesadumbre, nos dirigimos hacia la
iglesia a celebrar el funeral.
Entré en casa de mi padre al atardecer.
Llevaba agarrada al corazón la zozobra violeta del dolor oculto, junto con un
sentimiento rojo de culpabilidad reptando por mis venas por no haber podido o
sabido ser mejor hija. La palabra Padre se derretía sin quererlo en mi
boca, ahora que él ya no estaba.
Las nubes en el cielo continuaban destilando su macabra danza de incertidumbres.
Todo en el interior de la casa me hablaba de él. Pasé directamente al baño y
permanecí bajo el chorro de la ducha durante mucho tiempo, como si quisiera
quitarme la tristeza con otras gotas distintas a las que me habían acompañado
durante aquel día de lluvia. Aquel día de lluvia en que mi corazón había quedado
eternamente abierto y eternamente cerrado.
Me acosté sin cenar. No sentía hambre, sólo dolor, y pena, mucha pena, y culpa,
mucha culpa. No sé si dormí. Abría y cerraba los ojos pero siempre encontraba
oscuridad, en el exterior y en el interior. Un tumulto de sombras me acarició la
piel tiñéndola de ceniza negra. La figura de mi padre me acosó en sueños, y el
barrio, sus habitantes, el sacerdote, el ataúd, los pésames, muchos pañuelos
blancos hastiados de lágrimas, el cementerio, la iglesia, el funeral, la casa
que ahora me pertenecía, el jardín, el ayer, el pasado, los dos juntos, sus
cuentos impregnados de dulzura. Mi padre. Las imágenes se apiñaban en un desfile
interminable. No sé cuánto tiempo permanecí en ese estado de duermevela, pero
fue un extraño sonido el que me hizo abrir los ojos por completo. Me incorporé y
escuché. El reloj marcaba las tres de la madrugada. En un principio pensé que
sería la lluvia, pero aquello se asemejaba más a un siseo, un zumbido suave,
alas de libélulas o de mariposas.
Me levanté, me puse una bata y unas zapatillas, subí la persiana y me asomé a la
ventana del que había sido mi dormitorio a lo largo de muchos años.
Mi cuerpo quedó sacudido por un relámpago de terror y sorpresa, mientras un
tropel de temblores en forma de burbujas se adueñaba de todos los rincones de mi
piel y subía sin cesar hasta llegar a mi garganta. Mis pupilas reventaron de
angustia.
Aquello no era posible. Lo que tenía delante no era posible. Lo estaba
imaginando, lo estaba soñando, todavía no había despertado, mi imaginación,
seguro que era mi imaginación, no podía ser cierto. Lo que veían mis ojos no era
posible, no, no lo era.
Seguía lloviendo.
El cielo continuaba derramando sus aullidos sobre la tierra, pero ya no caían
gotas, que seguramente se habrían agotado. Lo que el cielo estaba enviando, lo
que las nubes lanzaban, lo que zumbaba suavemente con sonido de mariposas, lo
que pululaba por el aire, no eran gotas, eran… pétalos, cientos, miles, millones
de pétalos, de todos los colores, de todas las formas, de todos los tamaños
imaginables. La totalidad del espacio circundante estaba cuajada de pétalos.
Y los pétalos descendían suavemente, revoloteaban entre el viento, emitían un
murmullo cálido, subían y bajaban al compás de un vals que nadie salvo ellos
escuchaban, y se posaban sobre la tierra del jardín, sobre el asfalto, sobre las
aceras, un tapiz infinito compuesto de millones de colores.
Permanecí quieta y muda, transformada en estatua de carne.
Miríadas de pétalos inundaban el césped del jardín, los balcones, los árboles,
el alféizar de mi ventana, mientras el aire se encogía repleto de aromas.
Extendí la mano y los pétalos de colores rozaron mis dedos. Eran suaves, muy
suaves, y los sentí en la piel como un milagro.
Miré al cielo, tan negro como el espectro de un ahogo infinito.
Los pétalos continuaban bailando alrededor del viento mientras aquel arco iris
iluminaba la noche.
Permanecí así mucho, muchísimo tiempo, contemplando aquella extraña lluvia de
flores que no cesaba de caer y caer, plagándome de su esencia, respirando su
aroma, desgranando mi vida, atiborrándome de recuerdos, y de ayeres, y de
sueños.
—Papá… —dije.
Su nombre llenó mi boca.
El cielo, el aire, la tierra, todo lleno, todo cuajado de pétalos, millones de
pétalos cayendo.
—Papá… —repetí—. Gracias. Gracias por responderme.
Ejércitos de pétalos.
Entonces supe que él me había perdonado y que estaríamos siempre juntos.
Lluvia de pétalos.
—Gracias por escucharme, gracias por no haberme olvidado, gracias por mandarme
una respuesta. Gracias por estar conmigo, papá.
Pétalos y pétalos y pétalos…
Aquel día de lluvia se convirtió en el más triste y el más feliz de mi vida.
Fue en ese preciso instante cuando empecé a llorar.
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BLANCA DEL
CERRO
(Madrid, 1951). Es Licenciada en traducción,
interpretación y filología francesa por la Escuela San José de Cluny, de Madrid,
dependiente de la Sorbona de París. Ha dedicado gran parte de su vida a la traducción, especialmente
técnica, por lo que ha traducido multitud de artículos, folletos y
especificaciones, además de 35 libros. Ha obtenido el Primer Premio de Relatos
de la revista Genial y tanto el Primer y Tercer Premios de Relatos Cortos como
el Primer Premio de Poesía de la Revista de Finanzauto. Ha publicado las
novelas Luna Blanca
(Editorial Nuevos Escritores) y Soy la tierra (Grup Lobher Editorial -
Alicia Rosell Ediciones), y textos suyos han sido publicados en la Revista
de
Transportes, de Barcelona, en las revistas digitales Ariadna, Letralia,
Narrativas y Almiar, y en el
Taller de Escritura Pluma y Tintero. Su libro, aún inédito, Mi nombre es
Aurora, fue uno de los diez finalistas del I Certamen de Novela Zayas (2008). Colabora en
Radio Latina —para cuya página web escribe— y Radio Merlín (Madrid). Es miembro
integrante del Grupo Literario El Parnaso.
Web de la autora:
http://blancadelcerro.blogspot.com/
El relato que aquí publicamos fue distinguido con
el 2º Premio de Relato Corto «Ciudad de Huesca».
- Lee otros relatos de esta autora:
El futuro presidente;
Las águilas
y Miel

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