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EN LA 1ª
ENTREVISTA:
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Laura Cuello
- Luis Ramiro
- Vega
Pérez-Chirinos
- Pablo Ager
- David
Testal
- Lara Moreno
- Emite
Poqito
- María José
Moreno
- María
Riveiro
- Carmen
Simón
- Inés
Thiebaut
- Víctor
Alfaro |
Vega Pérez-Chirinos
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por Guillermo Ortiz López
Esta es la historia de una chica que
quería ser especial.
«A los 6 años, escribía cuentos para
niños, basados en Las mil y una noches. Me encantaban Las
mil y una noches. El libro me lo leí entero con cinco años. Eran
historias de niños con animales, al estilo Enid Blyton. También me
gustaba mucho Enid Blyton».
Vega sonríe mucho cuando habla de su
vida en el colegio como una niña rara. Como si fuera una pesadilla
que ya se hubiera acabado y no fuera a volver más. Como si se lo
hubieran prometido y ella quisiera creerlo con todas sus fuerzas. Lo
ideal, lo lógico sería que estuviésemos en el Viejo Café Colonial,
pero aún es pronto para encontrarlo abierto. En cualquier caso,
estamos en Malasaña y supongo que eso es lo que cuenta. Un bar
asturiano justo al lado del Pizza y Pita. Muy cerca de su casa.
«Escribía y leía mucho. Eso no me
hacía sentir especial, me hacía sentir rara.
Rara
de pequeña y rara de adolescente. Me sentía muy aislada. De repente,
con 13 años, mis amigas me dijeron que no es que fuera rara, sino
que era especial. Fue una sorpresa. Sin embargo, yo seguía
escribiendo. Nunca he escrito tanto. Escribía lo que quería que
fuera mi vida y no lo que era. Mi vida era un rollo mortal y
soporífero…
Mantuve un diario de los 7 a los 18
años. Cuando llegué a la Universidad, lo dejé porque mi vida ya no
era tan desastrosa. Yo lo que quería era ser el joven Flanagan,
el detective de Jaume Ribera y Andreu Martín. Con 11 años
escribí mi primera novela, A mal tiempo, buena cara y con
17, la segunda, Lluvia en el asfalto. Honestamente, sentía
que no tenía nada que contar a mis amigos, que mi mundo era otro,
completamente privado y diferente».
Dos novelas y una colección de cuentos
con 17 años, no está mal, ¿eso no debería ser suficiente para
sentirse especial, para saber que uno es especial? «No, al
contrario. Escribía novelas pero no me atrevía a publicarlas. Sentía
cierto rechazo personal, así que no quería exponerme al rechazo
profesional. Con 16 años, me di cuenta de que iba a ser una
mediocre. Mis cuentos no ganaban concursos. Nunca iba a llegar a ser
lo que quería. Entonces decidí tatuarme esto».
Vega se levanta ligeramente la
camiseta, y a un lado del ombligo aparecen unos caracteres en
japonés. «¿Qué quiere decir?», pregunto. «Pues eso, “especial”»,
contesta ella. «”Especial” es lo más bonito que le puedes
decir a alguien».
Mediocrity
De la literatura pasó al cine. Con 18
años, estudiaba Comunicación Audiovisual, actuaba en cortometrajes
—«actuar consiste en sentir cosas que realmente no te pasan, y como
yo siempre he deseado ser otra persona, no necesito un método, me
basta con tirar de empatía»— y escribía guiones. «La ventaja de lo
fílmico sobre la literatura es que lo fílmico se hace realidad. Lo
que más me gusta es la gente, así que escribo cosas fáciles de
rodar».
Por ejemplo, un corto sobre una chica
de 16 años harta del mundo que le rodea.
Lo tituló Mediocrity.

El corto lo escribió en 2003, ya con
19 años, «pero a ratos me sentía igual que entonces, así que tuve
que rodarlo». Lo rodó. En Madrid —Vega pasó toda su infancia y
adolescencia en Tomares, un pueblo de Sevilla—, con sus amigas de la
facultad y colocándose a sí misma de protagonista.
«Ser mediocre, básicamente, es
renunciar. Dejar que la voluntad de “pertenecer” triunfe
sobre la de diferenciarte. Querer ser “popular”, de alguna
manera, que te guste todo lo que le gusta a los demás: ir a centros
comerciales, emborracharte, hablar de chorradas por teléfono…». Ser
adolescente, en una palabra.
Vega dejó de sentirse mediocre cuando
dejó de ser adolescente. Tiene todo el sentido del mundo. Le dejó de
asustar la mediocridad cuando supo que ella, también, a su manera,
podía ser «popular»: «Hay que estar en todas las fiestas para
saber que no necesitas estar en la lista». Así que, durante tres
años, Vega se dedicó a eso: a estar en todas las fiestas. Y a
contarlo. Como si necesitara que estuviera escrito para poder
creérselo.
Minyacairiel
Empezó un blog. El blog de Vega se
extendió por Internet a toda velocidad. Una post-adolescente que
contaba sus miedos, sus risas, sus amores, su sexo, sus borracheras,
sus contrastes. Madriz. «El blog empezó en noviembre de 2003, como
una declaración de amor parcialmente publicada. Luego se convirtió
en una especie de brainstorming, ideas inconexas pero siempre
brillantes. Me sentía en la obligación de que todos mis pensamientos
fueran interesantes. Y mi vida, también, claro».
De observador a personaje. Ese fue el
cambio. De contar la vida que le gustaría vivir a vivir una vida que
no se podía contar más que mediante subterfugios. Una vida de noches
madrileñas sucesivas e inverosímiles. «Minyacairiel y Lluvia, la
protagonista de mi segunda novela, se parecen mucho: en la
insatisfacción, en esa falta de realización personal que tiene que
ver con no saber dónde quieren llegar exactamente». Están perdidas.
Como la Miss Carrusel, de Nacho Vegas.
Las cosas dejaron de tener sentido,
por decirlo de alguna manera. Especialmente a partir de septiembre
de 2005: «El blog recibía muchísimos lectores, y yo no hacía más que
conocer a gente y lo que escribía no tenía ningún sentido y además
nadie lo entendía, pero aun así era adictivo: escribirlo y leerlo.
Era un juego de escondites. Decías cosas sueltas, pero no sabías
quién las iba a leer. Dejabas pistas. Llegó un momento en el que
dejé de escribir y leer. Sólo escribía en mi blog, sólo leía lo que
había escrito en mi blog. Fue así hasta julio de 2006».
¿Es su blog lo más importante que ha
escrito nunca?
«No. Hay otra cosa. Un largometraje:
Por lo menos tres. Necesitaba recordarme a mí misma lo que me
había pasado. Escribí una película sobre las barreras que nos
ponemos para no reconocer que alguien te atrae, que alguien te
aburre, que te puede gustar gente de tu mismo sexo… Es lo mejor que
he escrito hasta el momento y de lo que más orgullosa estoy».
La normalidad
Así que en julio de 2006, Vega dejó de
ser Minyacairiel, dejó de ser Hache, dejó de protagonizar novelas y
películas y se propuso ser Vega, otra vez. Sin más. Ser feliz.
«Desde que soy feliz he dejado de tener la necesidad imperiosa de
escribir, pero no te
preocupes, volveré a ser infeliz y conseguiré
triunfar para que tu entrevista sirva de algo», dice, coqueta. No
conozco a nadie que coquetee mejor que Vega, con tantos registros.
«Escribí un relato largo sobre un
compañero de piso y empecé una novela —la tercera—, pero está todo
aparcado». Aparcado por su vida de chica independiente en Malasaña,
con novio, con un par de conejos a los que alimentar, con el pelo
naranja revuelto sobre la cabeza, muy cortito. ¿Qué nos cabe esperar
de Vega ahora, todavía con 23 años? «Bueno, el fracaso ha dejado de
parecer un agujero negro enorme. He vuelto a presentarme a
concursos… Pierdes miedo a que te digan que no. Mira, por primera
vez, estoy disfrutando del fabuloso mundo del average, y eso
me ayuda: siento que aunque no tuviera talento para escribir, para
crear, para actuar… al menos sirvo para otra cosa».
Esta es la historia de una chica que
quiso ser especial hasta que se dio cuenta de que ya era especial,
se lo propusiera o no, que hasta lo tenía grabado a tinta en su
ombligo, y entonces deseó ser normal con todas sus fuerzas. Olvidar
la mística y marcarse pequeños objetivos. Olvidarse de Nacho Vegas,
de Frederic Beigbeder, de las listas en puerta y el JB-Cola y vivir.
Volver de su trabajo de administrativa, encontrarse a Javi en casa,
quererlo, cuidar de Vespa y Cactus y dormir por las noches.
Lo nunca visto hasta ahora: dormir por
las noches.

© Guillermo Ortiz López (http://www.guilleortiz.com/)
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