Isadora bellamorte,
hay un
dejo de angustia en las partidas,
como
un ojo de agua en mi boca por donde se vierten los
adioses,
ojo de
miedo atávico abierto en la cara como un bostezo.
miedo
connatural,
parco,
mimetizado.
Tango
bohemio de arrabal.
Isadora bellamorte,
las
frutas bajo la tierra enmudecen,
sus
hilos,
sus
decúbitos,
sus
úlceras,
sus
azucenas,
sus
trances casuales,
sus
gestos al filo del ángelus.
Isadora bellamorte,
tu
vientre templo sepulcro de los dioses.
Isadora bellamorte,
el
recuerdo es el vicio de los solos,
la
hora suprema del estertor no es suficiente
también están los recuerdos
sus
magras presencias sobre los objetos,
sus
músicas revoloteando en los cajones.
polvillo impalpable,
mano
inasible,
aguja
errante en el quicio del cuerpo.
Isadora bambolabella,
las
pequeñas manitas de Isadora improvisaban juegos
el
índice, príncipes dantescos
el
pulgar, poeta bufón.
En
cada mano de Isadora existía un mundo transpuesto
un
nudo,
una
fantasía,
un
gorjeo de sangre,
una
escisión,
un
ventrílocuo de agua
¿Isadora
existía en un mundo transpuesto?
Isadora muñeca de personalidades múltiples,
las
pequeñas manitas de Isadora
fábula
escénica delicada y breve,
sidra
fría,
carne
de manzana impúdica sobre la loseta.
Isadora
mio cuore,
Isadora los trozos de la muerte,
Isadora secreteaba cada noche con los
sobrevivientes de la locura
con la degradación del amor,
con los suicidios y otras aves
se masturbaba en su presencia,
atesoraba
una sonrisa
bajo el puñal del olvido.
Esa noche Isadora se acurrucó junto a los
dioses
tal si la noche fuera una rata ciega,
tal si se reconociera en los vestigios
que deja el silencio,
en algún sitio de su cabeza dejó de sonar alguna palabra
y la contrarréplica se hizo de su propia
sangre.
Isadora bajó las escaleras con su
inocencia de niña
trayendo entre sus brazos algunas
criaturas del desvelo.
Nuestros hijos nonatos.
Isadora vuelve al círculo,
la muerte no es una sola, hay muchas
muertes:
las grandes,
las
inmensas,
las azulinas,
pero todas son insignificancias ante el
dolor de vivir.
Isadora la sangre en el filo del lienzo,
el agua al borde de la asfixia.
Isadora voz de niña solitaria,
sus desmadejados miembros sobre la
camilla
como si ya no fueran suyos.
Su voz se ha roto por dentro
preludio de pequeños espejos,
cubierta de su propia desnudez
Diosa de locos.
Mi corazón es un fardo de huesos rotos,
de flores rotas,
de mariposas esquiladas
Isadora réquiem de Mozart,
Isadora se pasea por mi cuerpo,
se ha
quitado los ojos con la espátula de los óleos,
no
quiere verme más ha dicho.
Isadora vuelve a nacer como vuelve a morir cuando la
sueño,
me
quitaré los ojos con la espátula de los óleos.
Isadora danza macabra de Saint-Saëns
su voz
de violín profundo y taciturno ha venido por sus cosas,
su voz
de violín breve y atribulado desfila por los huecos del
apartamento.
Isadora
lo
confieso con angustia pero sin culpa,
el día
de su sepelio la busqué en otro cuerpo,
sucede
como con los fantasma vivientes de las cosas perdidas
en el
fondo de los cajones del recuerdo
—por
qué no habría de llorarla de ese modo,
con el
alma,
con el
cuerpo,
con el
libídine sangrante,
tantearla con mi ciego sexo cual si la invocara—
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ROCÍO SORIA es
una joven autora de Quito (Ecuador). El poema que aquí
publicamos recibió el Primer Premio del Concurso de
Poesía Joven Ileana Espinel.
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