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EL TAPÍN (I)

Alberto Susacasa
 

          Ahí estaba, eran sus últimos días, tal vez sus últimas horas. 87 años hicieron en su cuerpo el trabajo necesario para postrarla, hoy ya no puedo recurrir a su memoria.
          Los últimos días de mi madre los recordaré siempre. Lamento no haber estado permanentemente a su lado. Fueron siete días de incertidumbre. Su nieto José María la tomó en brazos, como a una criatura.
          —Papá..., la abuela, ¿no la ves?, no puede respirar.
          —¿Qué te pasa abuela?
         —Ay, no sé Josito. Y la respiración entrecortada le imposibilitaba la voz.
          —¿Llamamos una ambulancia?
          —No, papá trae el auto, dijo Sandra, indicándole a José. 
          —Maneja vos, no lo dejes al viejo.
          Fui hasta el garaje, en silencio, saque el auto marcha atrás, le dije a Ana, mamá no puede más, vamos a la clínica con José.
          —Diego encárgate del asado.
          El terreno en el que tenemos nuestra vivienda, tiene frente a dos calles, por una se ingresa al consultorio de Sandra. Ahí vive Maruja, por el otro frente se ingresa a nuestra casa, de donde retiré el auto. Di la vuelta, unos ochenta metros, llegué al consultorio de Sandra, arrimé el auto a la vereda, bajé. 
          José María emergió de la puerta con la abuela en brazos, tenía puesto su camisón celeste con flores, el rostro arrugado por los años, la respiración agitada, impedida de pronunciar palabra, el paso del aire producía un sonido ronco, áspero.
          Su corazón debilitado claudicaba. Durante los últimos ocho años tomó seis pastillas diarias. Una para la presión, otra para el corazón, otra para la fluidez sanguínea. En noviembre harían dos años que se fracturó el fémur izquierdo al bajar del auto, esa fractura la postró un año, estuvo en silla de ruedas, a la que se resistió tenazmente, ayúdame a levantarme me decía. Ponme unas agarraderas por aquí, le compré un andador, al que le dio poco uso, poco a poco se fue incorporando. Como vivía sola mi temor era llegar un día a su casa y encontrarla en el suelo. Utilizando un bastón comenzó nuevamente a desplazarse. 
          Maruja vivía sola, todas las mañanas, durante años, fui a ver como estaba, a la tarde su amiga Celia se trasladaba cincuenta metros para charlar de lo que sea. Siempre tuvo la gracia y voluntad de hacerle panqueques a sus biznietos.
          —Ma ¿como anda la política?, solía preguntarle durante mis visitas mañaneras. ¿Qué dicen los informativos? Maruja escuchaba diariamente la radio, fue su compañía por años, conocía las noticias, no se le escapaba nada, el valor del dólar, las absurdas declaraciones políticas que siempre comentó con ironía. Cuando se refería a Aznar o cualquier otro franquista su raciocinio quedaba anulado por el odio.
          —Son todos unos bribones, Estados Unidos que se quede en su casa. Qué tiene que hacer por ahí.
          —Videla ese atorrante antes que se muera, prefiero verlo sufrir, ¿no le dará vergüenza al cura? Los que mató ese atorrante para darle ahora todos los días la comunión. 
 

          Llegamos al sanatorio, ubicado en la ciudad de La Plata. Desde City Bell hay que recorrer unos doce kilómetros. Durante todo el viaje, Maruja ahogándose, temí que en un momento no pudiera respirar. El día anterior sus piernas hinchadas a la altura de los tobillos denotaron la acumulación de líquido. 
          —Recuéstate en la cama mama, pon una almohada debajo de las piernas para que se te baje esa hinchazón. (le dije). Así lo hizo, la consecuencia fue que el líquido encharcó sus pulmones impidiéndole la respiración. Durante el viaje que fue de unos veinte minutos observé angustiado el esfuerzo que hizo. Con el brazo levantado, se aferró a la abrazadera ubicada sobre la puerta del auto. De tanto en tanto el cansancio le obligaba a dejar su cabeza colgando a uno y otro lado. 
          —Ya llegamos abuela, le dijo José María, no contestó. 

          Entramos por la guardia. En esa clínica Maruja estuvo tres días la semana pasada. 
          —¿Qué pasó María?
          —La llevamos a Coronarias. Que tal José cómo te va por España, (preguntó Uriarte médico cardiólogo que atendió a mamá).
          Al día siguiente Maruja era otra persona, alegre, dicharachera, estaba rebién, un poco de oxigeno, y su corazón fatigado reaccionó nuevamente.
          —¿Como estás ma...? 
         —Bien hijo, bien, quédate tranquilo. Mira como se me deshincharon las piernas. Estoy muy acompañada todos me quieren. No te preocupes, no me voy a morir. Si del otro lado hay algo, ¿los que fuimos buenos no tenemos problemas, no? 
          —No vieja, no... —le contesté.
          —¿Cómo anda? —pregunté a la enfermera.
         —Bien, lo pasó bárbaro, es una mujer excepcional, me contó que se quedó viuda a los 22 años en la Guerra civil de España, no deja de hablar de usted, dice que es un hijo maravilloso.
          —¿Qué dice el doctor Uriarte? 
          —¿Está Uriarte? 
         —No, el doctor está mañana de turno, hoy vino a la mañana.
          El médico de mi madre fue compañero de facultad de mi hijo, ésta situación a Maruja le dio una especial seguridad y tranquilidad.
          —Está bien superó el estado critico, vamos a ver, haremos algunas radiografías.
          —El doctor me dijo que mañana me dan de alta. ¿Sandrita?, ¿los nenes?

          Permanecer en la clínica viéndola indefensa, sin posibilidades, no lo soporté, dejarla sola me generó una culpa que aún hoy recuerdo.
          En la habitación había dos camas. La compañera, algo más joven, atendía sus permanentes conversaciones.
          —Es mi hijo, es Ingeniero Civil, es muy reconocido en la Plata, es muy inteligente, ahora es asesor del Ministro de Obras Publicas. Tengo tres nietos y todos son profesionales. Sandrita es médica como José Maria y como la madre. José María, trabaja en Palma de Mallorca. Vino de vacaciones. Diego es el último, no viene porque no quiere verme así, en la cama. Yo señora vine sola de España con un hijo de diez años. A Río Gallegos. Diez años trabajé en esa panadería, con un frío de hasta veinte grados bajo cero. 

          Ahora que la veo ahí sonriéndome, totalmente gastada, pasando sus últimos días o sus últimas horas, diciéndome que me quiere, que siempre me quiso, no puedo dejar de recordarla joven, rubia, hermosa, lozana, alegre, derrochando energía en esos praos de Asturias.
          Sonó mi teléfono móvil.
          —¿Hola?
          —¿Llegaste Papá? Dame con la abuela.
          —Es Sandra, quiere hablar con vos.
          —Hola Sandrita, Bien, estoy bien, no nada.
          —Ah. Sí, sí. No, que voy a estar sola, tengo una vecina con la que hablamos todo el día. 
          —El Doctor me dijo que si sigo así mañana me da el alta.
          —Sí. ¿Están los nenes ahí?
          —Qué tal Julito, sí, Julito, la abuela vieja.

          Habló con todos sus nietos, Sandra me había dicho que calcularía cuanto tiempo tardaba en llegar yo a la clínica para llamarme y hablar con ella. No quiso venir al Sanatorio. La abuela según ella no estaba bien, no creía que volviera, y no aguantaba el verla en sus últimos días.
          Maruja habló con sus nietos. 
         —Chau, un besito para todos, le dijo a Laura que le reclamaba que volviera.
          Cuando me fui siguió hablando con la vecina de su vida, siguió encandilando y seduciendo a todos, enfermeros, médicos y pacientes.

 

          Maruja nació el 16 de enero de 1915 en Barros, un pueblo de la cuenca minera asturiana, de la cuenca del Nalón, río que discurre sobre una de las laderas del valle. En su momento todo el valle fue una gran vega, los vecinos de Barros construyeron sus casas en el arranque de las laderas, en los terrenos con menos posibilidades agrícolas. Maruja tuvo tres hermanas, Araceli, Luz Divina, María Luisa y un hermano José Maria.
          Ninguna de mis hermanas vino a verte cuando naciste me dijo un día, nadie, tampoco mi madre, sólo mi tía Lola. Tu padre estaba en el frente, en el Batallón de Higinio Carrocera.
          A Higinio lo fusilaron. Al padre de Daniel también. Cuando estábamos refugiadas, llegó una carta para Delfina (todas sabían que el marido de Delfina estaba condenado a muerte y le cogían la correspondencia para que no se enterara, Maruja abrió la carta esperando como siempre la noticia del fusilamiento de Jesús. Al que mataron en el monte es a José María (tu padre), decía en la carta la madre de Delfina, no lo podía creer.
         Con la caída del frente en Asturias, Luzdivina se mostró en Barros al frente de la manifestación, con banderas en alto, saltando y victoreando el triunfo de Franco, no le importó que la hermana se quedara sin su marido.
        Maruja, durante la guerra fue lo que en ese momento llamaban refugiados. A los republicanos procedentes de los territorios ocupados por los nacionales, refugiada, con Soledad (hermana de mi padre y dueña de la casa en que nací). Estaban también Aurora y sus hijos Julita, José Manuel, los hijos de Avelina (otra hermana de Soledad que se quedó en Asturias cuidando a sus padres), Daniel, un año mayor que yo y su madre Delfina.
         Perdida la guerra, y de regreso en Asturias, años después en Barros, Maruja fue la madrina de Daniel cuando nos bautizaron para poder ir a la escuela. Mi madrina y padrino fueron Luz Divina, y su marido Víctor. Se nota que Maruja intentó por todos los medios que sus hermanas la aceptaran, pretensión inútil.
         Antes de la batalla del Mazuco, donde miles de Asturianos dieron la vida por defender, algunos la Democracia y otros un proyecto de sociedad sin mandones. Destruid el poder y encontrareis la igualdad preconizaba la CNT (Confederación Nacional de los Trabajadores). Antes de la batalla del Mazuco, Maruja se enteró que el batallón de Higinio pasaba por la Felguera y ahí fue a verlo, a mi me dejó con Soledad, tenia yo unos meses.
          —¿Trajiste a Alberto? —le preguntó.
          —No, está con tu hermana, está hermoso casi no llora, fueron a una fonda y Maruja pasó la última noche de su vida en brazos de un hombre. Desnúdate, déjame verte desnuda, le imploró esa noche José María. No, me da vergüenza me contó en sus últimos años mi madre. Que tontas éramos que poca educación, porque no le dejé que hiciera sus deseos, qué mal hay, que me hubiera visto desnuda, razonaba mi madre muchas de las veces que tuvimos charlas de recuerdo.
          —Te quiero, Maruja, te quiero a ti y a tu hijo, ¿por qué no me lo trajiste? Quiero estar contigo. Quiero ver a mi hijo.
          —Soledad me dijo: vete sola, deja al crío, para qué lo vas a llevar, a lo mejor llora, no me va a dejar estar contigo.
          Mi madre siempre recordó esta última noche. La tuvo grabada a fuego en su mente, en su corazón, el recuerdo de estos últimos momentos le produjo un placer desconocido para otros.
          —Coge al guaje y vete para Barcelona que luego iré yo porque esto se cae, (le ordenó José María esa noche), no vamos a poder resistir, la presión de las tropas franquistas, italianos, la aviación alemana será demasiado, hay grupos comunistas que ya se están retirando, nosotros vamos hasta el final.
          La aviación alemana hizo estragos en los montes pelados del Mazuco, luego Asturias entró en la negra noche de la persecución. Fui al Mazuco siendo hombre hecho y derecho y lloré desconsoladamente. 

          Al día siguiente, lo primero que hizo Maruja fue decirle a Soledad:
          —Tengo que viajar a Barcelona, José Maria me lo mandó.
         —Cómo vas a ir sola por ese mundo de Dios, yo te acompaño — refunfuñó Soledad.
          En un santiamén embarcaron en un pequeño barco en Gijón rumbo a Francia. Sin luces en viaje nocturno, el acorazado o destructor Cerbera perteneciente al Fascismo vigilaba la costa norte española. Maruja embarcó con sus 23 años y su hijo, Soledad, mis primos, mis tías, todos refugiados asturianos, compañeras de anarquistas combatientes.
          El cruce a Francia en el Cantábrico fue en una noche apiñada, de invierno, donde los orines, los vómitos de los mareos y el terror de ser descubiertos silenciaban la voz. Atrás quedaron su madre, sus hermanas, que nunca la comprendieron. Araceli y Luz Divina la vigilaron para denunciar cada vez que se veía con José María.
          Maruja ya era una mujer 23 años, con un hijo. José María en el frente. José María le dio paz y tranquilidad, «no te preocupes Maruja cuando todo esto pase nos casamos y hacemos una gran fiesta, tus hermanas, tu madre y tu padre con los míos vas a ver».
          —¿Anotaste al chico?, le dijo una noche que vino del frente. Maruja quiso anotarlo con el nombre del padre pero él no.
          —Que se llame Alberto, tiene que ser un ser libre, ponerle mi nombre es de alguna manera hacerlo dependiente.
          —¿Viste que lindo que es?, tiene los ojos azules como yo y es moreno como tú.
          —Lo que importa es que sea un buen ser humano Maruja, ¿lo lindo y lo feo que es?, ¿para qué sirve?
          Estas pequeñas charlas trasmitidas cientos de veces son recuerdos que ya no podré volver ha escuchar de los labios de mi madre.
          —Dame un poco de agua, me dijo (el derrame cerebral le paralizó medio cuerpo), col basu hijo —fueron los últimos momentos de Maruja.
 

          Esta mujer lloró su vida sola, lloró en silencio, sin consuelo. La aventura de decidir el amor fuera de las convenciones sociales la condenó al destierro social, madre soltera. Nadie tiene que saber nada, se casaron tantas en el frente, ante el Comandante, pensó, ¿quién puede saber, que yo no hice lo mismo? Con esa visión en su corazón enfrentó el que dirán, mitigó su inquietud, cada vez que le pedían un certificado de matrimonio, la verdad quedaba al desnudo.
          Tiempo atrás, cuando quedó embarazada los padres la echaron de su casa. Mi abuelo materno nunca le perdonó la ofensa, el deshonor. En la iglesia la voz del cura, tronó repudiando las consecuencias del deseo carnal, volcando el odio y el castigo hacia aquellos jóvenes fornicadores.
          María, la madre de José María la recibió con los brazos abiertos, bienvenida a nuestra casa, hija, le dijo y Maruja vivió su embarazo con Soledad y Pedro. Con ellos llevó el embarazo adelante, José María ya estaba voluntario en el frente defendiendo la República Española con su primo Higinio Carrocera. Venia con poca frecuencia. Militarmente ese batallón fue conocido como la Primera Brigada Móvil Asturiana. En uno de esos regresos yo bahía nacido.
          El día del levantamiento de las tropas franquistas contra la República, Higinio Carrocera, militante anarquista, obrero metalúrgico, convocó a todos los jóvenes revolucionarios de Barros, tenían armas guardadas, pistolas, fusiles, no hubo para todos y se fueron a Oviedo. Otros completaron un tren para liberar a Madrid. El Coronel a cargo de las tropas en Asturias prometió fidelidad a la república, no la cumplió, el tren fue a una emboscada donde murieron cientos de mineros. La capital asturiana quedó en manos del fascismo.
          —No vayas José María, vamos a tener un hijo, no vayas —le imploró Maruja.
          José María, tuvo oculto su compromiso, hasta el final, estaba al tanto de todo, no fue obrero metalúrgico, con estudios secundarios y junto a Higinio participó en el levantamiento Anarquista de 1934. fue uno más de los miles de desocupados. Tenía armas guardadas que ocultaron en 1934. Ideólogo en silencio, acompañó hasta el final a Higinio y fue detenido con el. Llevado al campo de concentración se fugó cuando el Frailín le dijo:
          —Escuché que mañana te van a sacar.
          En el Batallón de Higinio fue el Teniente José Maria Susacasa Mortera. Y mi madre durante los últimos 20 años de su vida pudo cobrar una pensión militar como viuda del teniente muerto en acción, pensión que le conseguí al reconstruir un matrimonio que nunca existió. Se casó en octubre de 1934, manifesté al funcionario del registro. Yo sabía que las actas del registro civil de dicha fecha fueron quemadas por los anarquistas en la revuelta del 34. Todos mis tíos, menos Araceli hermana de mamá, que según dijeron las malas lenguas, pretendió de joven a mi padre, atestiguaron ante el juez que el matrimonio existió.
          En el primer día del alzamiento, la familia Susacasa tuvo su primer muerto, un cuñado de mi padre.

          —¿Qué hacer sola?, José María está muerto, ¿qué hacer?, ¿regresar con mis padres? ¿Soportar a mis hermanas? ¿Y el pueblo? Por ahora somos todos refugiados, no estoy sola, Delfina con Jesús condenado a muerte...         
         Jesús se casó, es comunista, no fue como José María, anarquista amante del amor libre, para qué papeles, los papeles no dan la felicidad, decía. Que tonta Que razón tenía mi madre, por qué no le hice caso, ahora no sería una soltera deshonrada. No permitiré que me digan que soy soltera, es lo mismo que decir que José María no me quería, que se acostó conmigo como se hubiera acostado con cualquiera. Eso no.
          Los sueños felices salvaron sus psiquis.
          —Anoche soñé con tu padre, me acarició, estaba joven, vestido de militar, sonriente, juntos paseamos por Barros, nadie en la calle, nosotros solos, flotando, empecé a volar, quedó solo, no estaba triste, vete que te espero, me contó mamá hace poco Maruja.
          —Cuando eras chico, Soledad quiso que te dejara con ella, estaba sola con Pedro, no tenía hijos.
          —Eres joven, por qué vas a cargar con un hijo, puedes rehacer tu vida, me das a Alberto y yo lo crío, es mi sobrino, busca un hombre, eres linda, joven, inteligente, que vas a volver al pueblo, ¿para qué?
          Los meses pasaron, el frente se fue corriendo poco a poco hacia Barcelona. El fusilamiento de Jesús también fue noticia, ya eran tres las viudas, Aurora, Maruja y Delfina y los huérfanos siete entre los que se encontraban Daniel y yo.
          Los periódicos en la retaguardia, sólo trasmitían los triunfos republicanos, triunfos que contradecían los continuos repliegues que sufrían hasta que llegó el momento de tener que cruzar la frontera para Francia, refugiados, soldados, niños, viejos, republicanos, idealistas, anarquistas derrotados.
          Maruja me contó que en la frontera del Pirineo nos dejaron los camiones republicanos y fuimos bajando lentamente a pie, ella me bajó en brazos, tirando por unos colchones que sirvieron de abrigo en la noche, poco a poco los refugiados dejaron los enseres, el peso, la inclemencia del tiempo, obligaron a seleccionar lo imprescindible. Este grupo de mujeres asturianas, jóvenes, con el dolor de la muerte a cuestas ingresó en Francia, hasta el primer puesto fronterizo.
          —Soledad no me gusta que la gente nos tenga que cobijar por la fuerza.
          —Calla tonta, no digas nada y vete donde te mandan.
          En Roquefort del lado español seis meses atrás, las familias tenían la obligación de recibir a los refugiados, Maruja fue recibida de mal talante.
          —Si quiere puede ayudar a recoger la uva.
         Fue un periodo espléndido, me querían muchísimo, mi padre ya había muerto, esta familia no querían que me fuera.
         —No te preocupes Maruja nosotros tenemos amigos, tenemos muchos conocidos con los nacionales, tú no eres como esas otras mujeres incultas, no tienes odio ni resentimiento, tuviste mala suerte, te vamos a defender y tendrás un lugar para ti y para tu hijo, no te vayas, deja que sigan los refugiados. Quedarse, sólo el pensarlo le llenaba de goce y placer, pero el que dirán. La opinión social marcó inmerecidamente su vida, debía purificarse, debía recibir el perdón de sus padres, la comprensión, no producir hechos repudiables y siguió. Ahora estaban en Francia en un pueblo llamado Infi.
          Un cuñado de Maruja (Quico), fue separado del resto y enviado a un campo de concentración, todos desarmados.
          Para cruzar los Pirineos estos astures se prepararon a conciencia. No abandonaron los colchones ni el abrigo, los llevaron a cuestas y al llegar la noche, dentro de ellos uno arriba y otro abajo nos metieron a los chicos. El hacha fue utilizada permanentemente para mantener el fuego, no todos los refugiados tuvieron la misma suerte, los más desfavorecidos fueron aquellos que venían de la ciudad, los que nunca se encontraron con la inclemencia del tiempo, además nevó y desde la frontera francesa el descenso fue lento, pausado, a pie. Kilómetros de refugiados uno detrás del otro, los más precavidos llegaron sin inconvenientes.
          Las autoridades francesas nos enviaron a una localidad de la Provance francesa, una pequeña localidad en la que reinaba una empresa metalúrgica En Infi el grupo se separó. Soledad, Delfina y Aurora fueron a ayudar en un hotel y Maruja fue solicitada para servir en una casa donde su belleza despertó los celos de una esposa, que adivinó cómo su marido la deseaba con el rabillo del ojo. Ese lenguaje universal desnuda a cualquiera.
          —Déjate de monsergas, aconsejaba Soledad, cuando Maruja le pedía ir con ellas al hotel, poniendo como argumento las reyertas en el matrimonio. Haz lo que te manden y listo, nadie entendía el idioma, nada, yo empezaba a balbucear y junto con el pollito aprendí a decir petit polli, hablaba francés y castellano. Después de mucho regañar y protestar Maruja logró reunirse con el resto en el hotel, dormíamos en el escenario del salón, las mujeres se encargaban de la limpieza con la consabida agresión de las damas francesas que veían mermar sus fuentes de trabajo. Al poco se desencadenó la segunda guerra mundial. Manuel me llevaba muchas veces a pescar, español de Andalucía, supongo que me atendía para congraciarse con la madre del niño.
          Maruja tuvo su pretendiente, permanentemente se acercaba, qué hacer, Soledad le había pedido que le dejara a Alberto. Esta Soledad está tonta, ¿cómo voy a dejar a mi hijo?
(continúa...)

 

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CONTACTO CON EL AUTOR en su página web:
http://www.asturianos.org

Este relato se compone de dos partes: Parte 1ª / Parte 2ª
- HAYGA, otro relato largo de este autor, continúa las dos primeras.