La montaña recibe, devuelve el vacío de nuestras imágenes infinitas. Cada
monte del Mundo, escarpado o romo, abrupto o aterciopelado, definido o
brumoso, aporta una luz, una forma, una sugerencia. Pero es el hombre
quien las lleva dentro todas esas fotografías. La naturaleza sólo ayuda a
extraerlas ante los ojos del alma. Así se encrespan mares en laderas
vertiginosas del Himalaya. Se esconden flamingos en los mares de nubes que
desbordan el Pirineo. Edelweis estrellados flotan sobre los glaciares. Los
árboles rebosan del cuadro que los contiene. Aves de poder enfrentan su
mirada a la nuestra desde las cimas. Se perfilan cresterías que luego se
posan en las hojas de la fraga de las quebradas para escribir:
Estrellas de azul y monte
Se tumban
En el cielo del bosque.
En la montaña, en la altura, donde el
aire pierde su esencia, más allá de la cresta cimera, resta el infinito
que se lleva en las entrañas.
Cuando escalo, subo, desciendo,
destrepo, recorro cañones, valles, collados, jous, nevados, cornisas,
grietas, gendarmes, canalizos, agujas, placas, babaresas o sendas,
transporto lo único que acompaña al hombre, su esencia. En esos lugares
surge el alma y se plasma en fotografías de belleza, multitud y misterios.
La montaña es un clic del ojo o
de la cámara, que para ser fiel a lo retratado debería ser repetido,
inmenso. Pero no puede, se deslíe en el mismo parpadeo instantáneo de su
nacimiento. Sólo cuando el fotograma se revela, entonces… magia. En el
recuadro emerge cuanto la óptica del espíritu observa. Se rompe la
perspectiva, se duplican las imágenes, manan otras entre sombras y
luminarias. El paisaje se trasmuta en un retrato de lo que el hombre hizo
en el territorio. También en una proyección de lo que desea.
Los riscos sagrados,
majestuosos, creadores, potentes, invisibles, son nada más que creaciones.
Mis fotos, lo reflejan como
parte de mis almas. De los trozos sublimes de lo que soy, somos y son las
cordilleras y sus habitantes.
Montañas de la montaña son los
mundos dentro de cada universo, los seres múltiples de cada ser humano.
En estas fotos mis ojos recorrieron,
recorren y deambularán por la escalada común que ascendemos todos en este
plano de la existencia. En sus silencios, en los míos, en los de quienes
se cruzan en mis rutas y me regalan los suyos, recibo y comparto la
riqueza de lo bello. También en la ausencia de sonidos que abrigan las
ventiscas, tormentas, truenos, vendavales, lluvias, granizos, nevadas,
brisas, torrentes, avalanchas, desprendimientos, graznidos, siseos, bufido
de las alturas que he vivido y transitaré.
La mente crea el puente
pero es el corazón quien lo cruza.
Nisargadata.
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Juan Peláez Gómez
junio 2008
El autor
Periodista,
escritor y viajero. Nació en Madrid en el seno de una familia relacionada con el
mundo de la escritura y el periodismo.
Es titulado en la Escuela Diplomática de Madrid, posee un master en Políticas de
Cooperación con América Latina, otro en Periodismo y Educación, es diplomado en
psicografología y profesor de yoga.
Su curiosidad y pasión por otras culturas le ha
llevado a más de 60 países en Europa, Asia, África, Oceanía, Oriente Medio,
Norte, Centro y Sudamérica.
Si algo se puede destacar de su carácter es el apasionamiento. Según el autor,
«sin
la pasión el Mundo permanecería inmóvil, sin vida».
Por ello desea cabalgar la existencia con decisión: parapente, paracaidismo,
alpinismo, esquí, cinturón negro de boxeo tailandés, arnis filipino, patrón de
barco, windsurfing, profesor de yoga… y a la vez devorador de libros, neófito en
la pintura con acuarelas, enamorado de la papiroflexia para despertar la sonrisa
de los niños y soñador de un futuro en el que el que un tango le guíe los pies
para aprender a bailarlo.
Entres otras obras tiene publicados los
siguientes libros: El viaje de Leo (2006), El segundo viaje de Leo
(2007) y Aventuras de un español en Polonia (2008).