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Entre rejas y rejas
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Pedro Martínez Aguilera
Había subido a la tercera planta
de su casa, un espacio amplio y dotado de la provisionalidad que le
conferían las estanterías hechas con caballetes y tablas sobre las que había
cajas de cartón apiladas; antiguos embalajes de televisores, detergentes,
pañales, y ahora, pensaba Manuel, baúles de recuerdos, acaso mortajas; no, mejor
purgatorio de las evidencias, su purificación, de una infancia, de una vida
anterior. Estaba sentado en el último peldaño de la escalera que asomaba a la
habitación, y a través de los barrotes de la baranda se concentró en una caja
mediana que ponía en letras mayúsculas: Thomson, y en minúsculas:
televisor, y en una esquina: 14”, y características que no alcanzaba a leer. Por
allí dentro estarán los dibujos hechos siendo niño, sus deberes realizados con
esmero, con esa letra todavía por formar, vacilante, expectante, diría, a cada
paso, a cada letra antes de pasar a la siguiente. Pero se entregó a la
casualidad, a retar a la memoria en una pesquisa azarosa por entre aquel
batiburrillo. Extendió los brazos, y con la clara intención de generar un efecto
escénico, de embargarse con algo de misterio y dar cauce a la telepatía, la
magia, la cuentística, abrió en abanico sus manos —nada por aquí, nada por allí—
con sus dedos largos de pianista (aunque jamás tuvo talento para nada que se
pareciera a un instrumento musical), amoratados un poco por el intenso frío, y
se levantó con remilgos, como si llevara allí sentado mucho tiempo, volteó la
baranda y en línea recta caminó aparatosamente, a lo Frankenstein,
sonriendo levemente porque no consideraba necesario exteriorizar la risa que se
causaba a sí mismo. Cuando estaba frente a la caja, para que sus brazos de
sonámbulo o ciego sin bastón tomaran la perpendicular correcta que requería toda
la parafernalia del contacto sugerente con la superficie lisa del cartón, hubo
de agacharse y, por qué no, clavar las rodillas imitando el sonido de las
bisagras oxidadas de una puerta; ahora sí que soltó la carcajada: tienes un
talento cómico lamentable. Pero no estaba siendo lo bastante convincente, porque
no había todavía imagen alguna en su mente o sospecha de lo que pudiera
encontrar dentro de aquella caja, así que comenzó a mover las manos en círculo,
con cadencia de caricia erótica, hasta que se autosugestionó suficiente como
para notar una comunicación eléctrica entre el pasado allí contenido y su mente
rapaz, al acecho: en un entorno mental distorsionado aparecía de manera
instantánea una bola del mundo, su dedo posado en Singapur, recorriendo el
Pacífico hasta las costas chilenas, la transposición del oeste americano a la
mesa de roble del salón de su casa, donde indios y soldados entablaban una
estremecedora batalla. Esperaba que abrir la caja le supondría una regresión
balsámica, una inmersión clarificadora, una revitalización para analizar con
mayor perspectiva el estado actual de las cosas. De modo que se asomó al
interior de aquel contenedor sin límites y la desilusión fue sincera, como una
puntada en los riñones, ya que realmente estaba convencido de que vería de nuevo
aquella bola del mundo con la que había pasado muchas horas viajando y
reconociendo el terreno de multitud de historias; sin embargo, lo que se
encontró fue un barullo de cables, aparatos e instrumentos que le costó
reconocer como los restos de un gabinete de estética montado por su hermana en
el sótano. Se derramó en el suelo lo mismo que el suspiro profundo con que se
resignó de nuevo a la vida presente y confusa. ¡Ay!, Manuel, Manuel, se dijo, no
siempre has sido el ser apocado, recluido, melindroso y escurridizo de ahora;
también fuiste niño feliz, vivaracho, perspicaz, inteligente, simpático,
sociable; y si me apuras, no hace tanto que eras un joven audaz y ambicioso.
¿Qué te ha pasado, buen hombre?
Emilia comenzaba a
sentir el silencio como un objeto punzante en la garganta, amenazador, agorero,
premonitorio de algún acto extravagante de su marido, algo incubado en aquel
exasperante callarse de manera obstinada, con la cabeza agachada, y la mirada,
al levantarla, ausente, solamente entrevista con anterioridad la vez que Manuel
—sin previo aviso aquella ocasión— había agarrado al perro con violencia y se lo
llevó a la perrera municipal porque decía que aquel animal necesitaba una
aventura, incertidumbre, una experiencia que lo sacara de la desidia crónica que
padecía. Era una terapia de choque, nada más; después iría a recogerlo y a ver
en qué había cambiado, pues frente a eso, ver a otros de su misma especie,
condenados e indefensos, no puede dejarle indiferente, ¿no es cierto?
—Manuel, la verdad,
últimamente andas un tanto nervioso y no creo que sea justo pagarlo con el
animal —analizó la mirada del marido durante un instante intenso en que la
recibió con un escalofrío, y añadió—: ni con ninguno de tu familia, por supuesto
tampoco.
Y ahora reconocía
de nuevo Emilia ese malestar contagioso en el ambiente enrarecido de los ratos
compartidos con Manuel, y estaba convencida de que aquello les depararía algún
contratiempo en el tranquilo devenir de su vida diaria. Tan funesto, de hecho,
se había planteado el futuro inmediato, que le parecía cosa de jácara y
despiporre, como para celebrarlo con unas copas y salir a tocar un rato la
bandurria, que Manuel le saltara con lo que le dijo durante el almuerzo, después
de mantenerla en vilo con su escuchar insincero la verborrea insustancial con
que Emilia había tratado de soliviantarle, de hacerle reaccionar de algún modo
que clarificara cuanto antes la situación.
—Necesito tener un
hijo, Emilia.
—¿Qué? ¿Qué me
dices de un qué?, ¿un hijo?
—Llevo madurándolo
mucho tiempo, y sí, creo que lo que me falta es un hijo. De no ser así, créeme,
no sé cómo afrontar el porvenir, no le encuentro el sentido que me ayude a
seguir adelante, a reencontrarme conmigo mismo y alcanzar con serenidad la edad
que se supone se caracteriza precisamente por disfrutar de la calma, una
armonía, Emilia, que se me escapa cada día que dejamos de hacer el amor con el
fin de la procreación, que bien mirado, ¿para qué nos casamos, si no fue para
esto?, dime —lo dijo todo con un semblante grave y con un tono de sinceridad tan
arrebatadora que la charanga del principio a Emilia se le cortó en seco.
Aquellas palabras iban completamente en serio, no estaba bromeando ni le
planteaba una de sus muchas provocaciones para deleitarse en su desconcierto.
No. Manuel, efectivamente, estaba inmerso en una verdadera crisis vital, de
dimensiones que todavía ella no podía concretar, pero que sabía de consecuencias
corrosivas y hasta catastróficas si no era capaz de afrontar aquello con una
buena dosis de racionalidad.
Emilia se había
embarcado en la incierta tarea de hacerse con una de las plazas ofertadas en la
educación secundaria. Se había propuesto un plan de trabajo y estudio muy
ajustado en tiempo y al presupuesto disponible para costear academia y gastos de
papelería y copistería. De modo que una salida de tono como la de Manuel era a
todas luces uno de esos indeseables percances que había que solventar del modo
más rotundo y rápido posible.
—Manuel, tú sabes que
esto ya está hablado. Quedamos en que hasta que mi carrera no estuviera
encauzada no emprenderíamos proyectos nuevos, y menos uno tan importante como el
de ser padres. Tranquilízate porque yo sólo tengo treinta años y todavía queda
tiempo, y tú, cariño, de sobra sabes que andas con suficiente brío como para
engendrar cuantos hijos se te antojaran —le sonrió tratando de levantarle el
ánimo, que también, los dos lo sabían, había repercutido en los propios ámbitos
de intimidad a los que se estaba aludiendo—. Yo que tú, aunque sea un tópico
decirlo así, me tomaría unas vacaciones. Deja el taller una temporada; Antonio
se apañará bien, él ya sabe dirigir el cotarro, conoce bien a los clientes, sus
manías y caprichos, quedarán contentos durante el tiempo que faltes, seguro; y
además, puedes pasarte por allí de vez en cuando, por supuesto. ¿Qué me dices?
¿Te parece bien?
—No tienes ni puñetera
idea de lo que me pasa; qué carajo voy a solucionar yo con el descanso, a ver.
Parece mentira que no te conmueva más que cada vez ande más solitario, recluido
en una rutina aislante, dotada de un silencio lleno de palabras con un sólo
significado, plenamente circunstancial, ajenas a la ironía y el doble sentido,
al juego y a la imaginación; sujeto a un electrosentimentalograma plano,
que aburrido y desencantado de sí mismo, de su frustración constante, ha
decidido, rebelde y con una fuerza inusitada, reconvertirme en un ser comido por
la ansiedad y el miedo a una vida que corre así más veloz y echando humo, como
un tren de esos fantasma. ¡Oh!, Emilia, paso de ser una víctima, de relatarte mi
agarrotamiento, mis ataques de angustia, mi introspección que tras de sí cierra
la puerta y es entonces que me ves tan callado; es una lucha tenaz y dura la que
libro aquí dentro. Pero saldré a flote, qué porras, por supuesto que lo haré, y
entonces, tal vez, podamos retomar el amor, porque ahora, la verdad, el asunto
de la procreación sería un acto mecánico, pero es que no conozco otro medio para
alcanzar esa vía salvadora que creo intuir en el nacimiento de un hijo. Sería
como la oportunidad de aprender a vivir de nuevo en un contacto directo con la
inocencia perdida.
Sigo pensando que
deberíamos intentarlo. Que tal vez incluso a ti te venga bien, te motive y te
anime a aprovechar con mayor intensidad el tiempo que te quede libre. Yo
compartiré más de lo que puedas imaginar todas las tareas de la crianza.
La mujer no contaba
con aquel grado de egoísmo. No era Manuel un hombre desconsiderado que no
tuviera en cuenta las necesidades de los demás. De hecho, siempre ha tenido fama
de ser un jefe ecuánime y certero a la hora de tomar decisiones que favorecieran
a la mayoría. En el matrimonio se había mostrado cariñoso y cortés, atento, muy
puntilloso en la glorificación de los momentos de significación especial en la
formación de la pareja. Por todo eso, ahora le resultaba muy difícil optar por
la imposición de su derecho a desarrollar un proyecto vital propio que la
realizara como persona plena.
—Lo siento, Manuel, pero
este año no. Por favor, no me pongas esa cara, porque sabes que te quiero
muchísimo —se le acercó, le bordeó y le dio un beso en la nuca, tan despejada,
al estar él otra vez mirando fijamente las vetas de la mesa y con ese corte de
pelo militar que siempre le ha resultado tan cómodo—. Lo siento, y lo sabes,
pero necesito que me concedas este espacio. Después te prometo que no cejaremos
hasta tener un hijo o hija maravillosa de la que podamos disfrutar y completar
esta vida en común nuestra que parece tenerte ahora tan insatisfecho.
—No es eso, no es eso. Yo
sabes que también te quiero —y dio por terminada la conversación. Se levantó, le
acarició la manga del suéter de lana azul, suave, le gustaba el tacto que tenía,
y se fue sin añadir nada ni averiguar con qué expresión desolada quedaba atrás
su mujer.
Había caído Manuel en una
inercia de pasividad, tal vez de cierta indefensión, y aceptó la sugerencia
desafortunada de su mujer como la única posibilidad imaginable en aquel momento.
Qué más daba si de todos modos el tiempo se había encaprichado en transcurrir
con desprecio y desconsideración para con su persona. No se sentía capaz de
llenarlo de contenidos vitales y aprovechables, significativos, hacerle exudar
una savia apta para algún tipo de condimento espiritual.
A Antonio no le vino de
nuevo la noticia, se lo esperaba, así que le pidió que no se preocupase por
nada, y de paso se permitió hacerle una serie de recomendaciones, como que
pasear es una actividad muy saludable que oxigena la mente y está indicado en
casos en que la reflexión es imprescindible para hacer frente a los problemas,
pudiendo él mismo dar fe de su efectividad, de ciertos escollos que salvó
gracias a esa virtud de aligerar el peso de la mente, de darle soltura y
flexibilidad. También, y que no se abandonara, comer como Dios manda; no olvidar
que buen jamón con pan y mejor vino ponen en órbita la más descarriada de las
almas; que no era su caso, desde luego, por lo que era de esperar una pronta
mejoría y una vuelta fulgurante al trabajo.
Se propuso, por tanto, también
dar un paseo diario, y para ello escogió como paraje propicio un extenso parque
de pinos, con amplias zonas alfombradas de césped por donde correteaban ardillas
y con empedradas veredas bordeadas de incómodos bancos de madera que lo
recorrían atravesando y rodeándolo. En el centro había una charca muy descuidada
que daba cobijo a tres o cuatro patos, apáticos y soñolientos, atiborrados de
una especie de pienso marrón que un empleado les lanzaba desde el lado exterior
de la valla y podía verse después flotar junto a inciertas suciedades. Éste era
el lugar donde en su primer paseo se tomó un tiempo de reposo, más por
aburrimiento que por cansancio. No había llegado todavía a la parte más baja del
parque de donde ahora le llegaba un jolgorio reconocible, de gritos de mujeres
entremezclados con otros más agudos de niños, entusiasmados y comprometidos por
igual tanto con la alegría como con los enfados, más graves y estridentes. Al
hilo de su razonamiento y sus últimas reflexiones, era inevitable que se
levantara como por ensalmo y tomara rumbo a esa parcela infantil tan animada.
—Vamos, Sultán, que ya
veo el lugar apropiado para ir aplicándote parte de esa terapia que quedó a
medio. Sinceramente te veo con más vitalidad desde aquello, por más que Emilia
insista en que lo único que he conseguido es que me cojas miedo. Admito que
cuando me ves con la correa te invade cierta duda sobre cuáles serán mis
intenciones, pero ya vas comprendiendo que sólo fue un acto aislado y con
justificaciones de mucho peso, ¿o no? Ella no te saca a pasear y no te ha
observado detenidamente. Antes no te ibas de mi lado sin mirarme con cara
suplicante para ver si te permitía alejarte tras alguna perrita agradable, pero
ahora veo que has tomado cierto control sobre tu vida y aceptas el riesgo de un
buen correazo, has visto un mundo diferente que te ha abierto los ojos, ¿eh,
chaval?, te has dado cuenta de que eres capaz de hacer frente a la adversidad
con decorosa dignidad; me acuerdo perfectamente que saliste de la jaula con un
gesto displicente y una rectitud, una línea corporal sin quiebros, que me tocó
mucho las narices, pero también me hizo sentirme muy orgulloso de ti. Ahora lo
que te hace falta es ver y contagiarte de cómo se puede jugar con todo, mirar y
gritar, patalear y lanzar piedras con todo, movimientos y pensamientos
integrales que engloban todo el ser, de modo que se colma el alma en cada
instante del día. Te costará, pero ahora, al llegar allí, te suelto y aprende,
aprende, reconócete en ellos, a ver si eres capaz, cacho perro.
—Ese hombre —le
decía una madre a otra—, viene aquí todos los días, suelta al perro, que no hace
más que molestar, y se queda mirando… Ayer por lo menos estuvo una hora, todo el
tiempo que pasamos aquí Juana y yo con los chiquillos. Me da mala espina y me
pone muy nerviosa, ¿a ti no? Yo he pensado en dar un toque a la policía, que se
dé una vuelta, más que nada para que lo vean, aunque no me parece que tenga mala
pinta, todo lo contrario, y así si pasara algo ya lo tienen localizado, ¿sabes?
Es que no me fío, como si le viera venir ya con algo malo bajo el brazo y cuando
menos nos catemos nos da el disgusto.
Al día siguiente, a
las cinco y media de la tarde ya estaba en el banco que mejor panorámica le
ofrecía del espectáculo de niños en plena actividad y madres solícitas o
correctivas con mano firme. Dos policías cruzaron el parquecito sembrado de
columpios, toboganes y balancines con forma de caballo, foca y jirafa, y al niño
que pillaron desprevenido, reaccionaba con un espasmo echándose las manos a la
boca para ahogar un grito de asombro y echaba a correr a los brazos de su madre,
que lo cogía sonriente y lo calmaba: —No pasa nada, sólo han venido a ver que no
haya nadie malo por aquí, pero como tú eres bueno… —les decían.
Uno de los guardias
urbanos llevaba gafas oscuras, pero el otro debía habérselas dejado en el coche
por descuido, así que fue éste quien puso a Manuel en la pista: «si este me
observa con un disimulo tan torpe, el otro que dirige la cara hacia aquí debe
estar clavándome la mirada con verdadera saña inquisitorial». De no haber sido
por esta interrupción de lo que venía siendo un plácido entretenimiento
vespertino, tal vez a Manuel ni siquiera se le hubiese presentado la ocasión de
imaginar un plan, por fin, con que encauzar —o desbordar— su vida por nuevos
derroteros de imprevisibles consecuencias.
Habían pasado unos
cuantos días sin que hubiera presencia policial, y las madres parecían más
inquietas, permanecían más cerca de sus hijos y de reojo le mandaban alguna
miradita nerviosa; se había enrarecido el ambiente; la intensidad de las voces y
el vigor de los movimientos parecía haber disminuido. Sentían miedo pero seguían
yendo al parque. Con todo, ya había hecho entrada el mes de marzo y la
temperatura era muy agradable. Manuel echó un vistazo casual a la calle que
bajaba por el lado derecho del parque y vio llegar el coche de la policía.
«Bueno, llegó el momento.
No te amilanes ni por un segundo; tú con la determinación de un guerrero, ni una
duda, ni un paso atrás. Adelante, que aquí comienza la aventura.»
Se puso en pie, se
arregló la gabardina, también unas gafas negras que se las había cogido a
Emilia, para dar tiempo a que el coche policial aparcara, y enderezó con paso
firme hacia el centro del parquecito infantil. Había observado que allí un niño
pasaba mucho tiempo escarbando la tierra con una pala, y su madre, aunque
vigilante, siempre se adhería a un corrillo de mujeres que estaba a unos treinta
metros del chiquillo. Y allí estaba, dándole incansable paletadas a la arena.
Aunque le cogía un poco a trasmano, sus cálculos le decían que disponía de
tiempo suficiente antes de que cundiera la alarma entre las mujeres. Ese era un
momento en que no sabía muy bien con qué se iba a encontrar, la reacción de
aquel ejército femenino en potencia cuando viera a uno de sus retoños en
peligro. Pero eso eran pensamientos que había dejado atrás, tan sólo concentrado
ahora en cuáles serían sus movimientos inmediatos. Mientras caminaba hubo como
una agitación en el aire: las madres se habían espantado y acudían al trote
junto a sus hijos, o los cogían en brazos las que ya los tenían al lado; otras,
en cambio, se quedaron en suspenso, como regocijándose de que sus sospechas
fueran a cumplirse. La voz corrió como un relámpago y Manuel se dio media vuelta
para ver qué ocurría en el corro de la madre del niño: ésta ya se había echado
la mano al pecho para retener el ímpetu con que le palpitaba; así que Manuel no
lo dudó un segundo y echó a correr, de repente muy nervioso y descoordinado,
hasta la altura del niño, lo agarró por un brazo, tirando de él con fuerza, pero
era tan feroz la resistencia con que se encontró del niño, patadas, puñados de
arena en los ojos de las mujeres enfurecidas, tal el alboroto de gritos y
espanto generalizado, que soltó como un rugido de león y aprovechó el inmediato
instante de desconcierto para levantar al niño de una brazada como a un saco,
embozarlo con la mano libre y seguir con su carrera, lanzando dentelladas a un
lado y otro de donde le venían agresiones de lo más variopintas. Frente a él, al
otro lado de la verja del parque, los policías ya se habían percatado de lo que
sucedía. Manuel se dirigió, ahora dando vueltas sobre sí mismo, soltando
manotazos, aullidos y patadas, a la única puerta de salida —y entrada—. Mientras
tanto, también los policías habían enfilado el último tramo de verja para
alcanzar la puerta, de modo que Manuel consideró que era el momento oportuno
para dejar ir al niño. Caminó unos pasos, aún acosado por increpaciones y
escupitajos, y se quedó quieto, observando los ojos encendidos de los guardias,
que le encogieron un poco el corazón. Enseguida se le echaron encima sin
miramientos y lo inmovilizaron en el suelo. Manuel, con mucha sangre fría, se
detuvo, ajeno a los zarandeos inmisericordes, a hacer una valoración rápida del
caso, llegando a la conclusión de que debía incrementar las causas en su contra
si quería que lo enchironaran al menos unos días.
Los policías
cometieron el error de levantarlo sin haberle puesto las esposas, en parte
porque se dieron cuenta de su escasa corpulencia y la docilidad a que le indujo
tan contundente actuación. El exceso de confianza en su pericia les hizo aflojar
la presión y entonces Manuel aprovechó para zafarse y agarrarse con fuerza a una
funda de pistola de uno de los policías, como quien se sujeta a una farola para
que no se lo lleve el viento huracanado. Pero el otro policía reaccionó con
rapidez y le asestó un rodillazo en los riñones que lo derrumbó retorciéndose de
dolor, tanto, que no hacía prever una reacción de rabia como la que tuvo
tirándole un puñetazo en la barbilla al que se había agachado a recogerlo. El
afectado, como un resorte bien engrasado, se lo devolvió. Y como intuyera Manuel
que el otro se arrodillaba con idénticas pretensiones, dijo:
—Ya, ya, ya. Me
vais a matar, cabrones.
Emilia entró
llorando en la habitación de comisaría donde tenían detenido a Manuel. Se sentó,
sacó un pañuelo y se sonó con ruidoso dramatismo. Cabeceó como quien no da
crédito a todo lo sucedido.
—Es increíble. No
puedo creer lo que has hecho, Manuel ¿Qué te ha pasado? ¿Te has vuelto loco?
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