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TODO
COBRA
SENTIDO
por
Guillermo
Ortiz López
Decíamos de Kill Bill Volumen 1
que era poco más que la recreación de la infancia de Tarantino personalizada
en las películas de Serie B a lo Fu-Manchú. Y ahí apelábamos al gusto del
espectador: si bien el talento de Tarantino debería de estar fuera de duda
en este momento, podía haber a quien no le interesara ver cómo Uma Thurman
mata a doscientos japoneses durante veinte largos minutos. Honestamente, yo
me encontraba entre ellos.
No es que el volumen dos de
la entrega sea una obra maestra indiscutible pero al menos se
basa en aspectos que Tarantino domina mejor y que le permiten centrarse en
la venganza de Beatriz Kiddo sin necesidad de recurrir al “Manga” ni a
excesivos chorros de sangre.
La acción pasa del exótico
Oriente al desierto de California y, de la misma manera, nos lleva de Fu
Manchú a Sergio Leone. Y es que Kill Bill 2 tiene algo de spaghetti-western
mezclado con sabiduría “Kung Fu”. Tiene también un halo de decadencia que el
director maneja con maestría y que se encarna en una serie de personajes que
podrían ser algo así como los Reservoir Dogs de hace doce años pasados de
alcohol, kilos y tiempo.
Sin ir más lejos, Michael Madsen
-ya espléndido como el psicópata más psicópata de la primera película del
director norteamericano- vive como portero en un club de alterne en medio de
ningún lado y duerme en una de esas caravanas tan habituales en el sur de
los Estados Unidos. Junto a él tenemos a la tuerta y despiadada Darryl
Hannah y a un magistral David Carradine como Bill. Tres excelentes
perdedores y orgullosos de ello, que vivieron su apogeo en la matanza que da
inicio a la saga y que se limitan ahora a esperar en el momento en que Kiddo-
Thurman vaya a por ellos, con la
esperanza
de que acabar con la rubia les proporcione un último motivo de orgullo.
Capítulo aparte merece, como
decíamos, la actuación de David Carradine. Y es que, si bien su personaje
parece demasiado una caricatura avejentada del “pequeño saltamontes”, borda
la actuación demostrando un manejo extraordinario del espacio, la dicción y
el ritmo -los tres pilares de una buena interpretación-. Si nos hemos
cansado (y nunca mejor dicho) de ver a John Travolta en todos lados desde
que apareció en Pulp Fiction, justo sería ver a Carradine más allá de las
series televisivas de bajísimo nivel en las que se gana la vida.
Tarantino sabe mezclar, en
definitiva, la estética “serie Z” de la primera entrega y buena parte de su
obra con una amplia profundidad en los personajes y un buen montón de
situaciones realmente cómicas -magistral el entrenamiento con el maestro Pai–Mei-.
Aquéllos que salieron decepcionados del “volumen uno” pero mantengan su fe
en Tarantino, que vayan a ver la película sin miedo. La mayoría de los
excesos de entonces cobran sentido ahora.
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