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Dicen de «La venganza de los Sith»
que es la mejor de la segunda trilogía de «La Guerra de las Galaxias». Lo
es, pero si no la han visto, tampoco se hagan muchas ilusiones. Puede que mi
edad me impida ser objetivo al valorar cada saga, pero todo lo que ha ido
apareciendo desde 1999 hasta aquí me suena raro, infantil, inconexo y, a
veces, incomprensiblemente pretencioso. Es lo que tiene ver las películas
con 30 años en vez de con 10. El entusiasmo no es el mismo.
Y «Star Wars» apela básicamente al entusiasmo, porque
la calidad cinematográfica es escasa. Tanto «La amenaza fantasma» como «El
ataque de los clones» tenían un problema: no eran películas, eran
videojuegos: espadas láser, volteretas imposibles, naves cruzando el espacio
con miles de acrobacias y la sensación constante de vivir dentro de un
simulador. En «La venganza de los Sith» todo eso está más mitigado, por eso
es mejor. Ahora bien, tiene una serie de defectos que hay que reseñar.
No es que George Lucas no sepa contar historias. «American
Graffiti» es una película sensacional y el universo creado desde «La Guerra
de las Galaxias» hasta «El retorno del Jedi» pasará a la historia de la
ficción del siglo XX le pese a quien le pese. Eso sí, aunque sabe, parece
que se le ha olvidado. «La venganza de los Sith» avanza con lentitud, con un
montaje exagerado, abusando de escenas de 20 segundos, diálogos absurdos con
la única pretensión de que el espectador esté informado de lo que piensa
cada personaje en cada momento.
En el cine, como en la literatura, sugerir es tan
importante como explicar. Si la trama de la película supera la extensión
normal del guión, lo mejor es sacrificar la trama, no el guión. George Lucas
no lo hace así: lo que hace es comprimir en vez de descartar. El ritmo se
resiente: Anakin habla con su maestro (20 segundos) —fundido en negro—. El
maestro habla con el Consejo sobre lo que le ha dicho Anakin (20 segundos)
—fundido en negro—. Anakin habla con Amidala sobre el Consejo y el Maestro
(otros 20 segundos) —otro fundido en negro—... y así sucesivamente.
Otra cosa es que cuando ya nos lo han terminado de
explicar todo al dedillo para que no se nos escape nada, la película empiece
a ganar en vitalidad y nos recuerde lo mejor de las primeras películas.
Comparando ambas series podemos ver que los personajes se tratan de manera
muy distinta: en la primera trilogía los espectadores empiezan sabiendo
quiénes son los buenos y quiénes los malos desde el primer minuto: unos son
guapos y jóvenes, otros son feos y van vestidos de negro. A partir de ahí
los personajes crecen, adquieren matices, sus relaciones los van
cambiando...
Sin embargo, en la segunda trilogía el proceso es el
inverso. Cada personaje pasa por mil transformaciones hasta acabar
descubriendo quién es el que lucha por el «bien», quién se pasa al «lado
oscuro», quién es el «demócrata», quién el «totalitarista». Y, a veces,
tanto cambio y tanta vuelta a la tortilla marea un poco. En el fondo, la
única manera de no perderse es tener en mente lo que ya sabíamos desde 1976:
el emperador y Darth Vader son los malos, los «jedis» son los buenos.
Los personajes son, sin duda, lo peor de la película.
Natalie Portman está desastrosa como Amidala: sosa, plana, víctima de un
amor muy ñoño, Ewan McGregor lo hace como puede con un Obi Wan que, en vez
de el sabio que interpretó Alec Guiness, es poco más que un saltarín
habilidoso del tipo Van Damme (sí, a mí también me duele comparar a Van
Damme con Obi Wan). El peor de todos es sin duda Anakin Skywalker. La
elección del actor es desastrosa, pero algo me dice que la culpa en realidad
está en la idea misma del personaje. Digamos que uno espera más de alguien
que va a acabar siendo Darth Vader.
Y es que Darth Vader ha sido el malo por excelencia en
los últimos 30 años de cine. Sobrio, calculador, no malgasta una fuerza, no
se detiene ante ningún dilema moral. No es un sanguinario, es un
maquiavélico que no considera que ningún medio sea incorrecto para alcanzar
sus fines. Lo que no es en ningún caso es un tipo a punto de llorar todo el
rato, enfadado por cada tontería y constantemente histérico.
Si pretenden que creamos que Anakin Skywalker —este
Anakin Skywalker— va a ser el resto de su vida Darth Vader, el personaje hay
que trabajarlo más. No puede estar todo el rato al borde del ataque de
nervios. Si los hechos del final de la película —no voy a explicarlos, claro
está— cambian su personalidad, lo mejor es no esperar hasta tan tarde y
mostrar algo de madurez, de evolución un poco antes. El cambio de «Jedi» a «Sith»
no es una evolución moral ni sentimental. Es más como el forofo de 15 años
que se pasa del Madrid al Atleti.
Si yo fuera Palpatine me lo pensaría dos veces antes de
dejarle mi imperio a ese niñato.
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