
![]() EL CÓDIGO DA VINCI (Ron Howard) ____________________________________ Alicia Albares |
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Con ilusión (no exenta de cierto escepticismo) esperábamos la llegada a la gran pantalla de la adaptación cinematográfica de la que se ha convertido en una de las novelas más leídas de la historia: «El código Da Vinci», de Dan Brown. Muchos eran los condicionantes, inconvenientes e incompatibilidades que se alzaban en el camino hacia la elaboración de un filme que respondiera a la intensa expectativa generada por una obra tan popular; pero también predecibles eran las perspectivas de éxito, teniendo en cuenta el volumen de público que el producto tenía asegurado, indepen-dientemente de su calidad. Sin duda, Ron Howard era muy consciente de ello cuando decidió aceptar el reto: tenía mucho que ganar; bastante prestigio que perder, pero, sobre todo, poco beneficio que arriesgar. A pesar de ello, el director de películas tan emblemáticas como «Willow» o «Apollo XIII» no se ha dejado mecer en la cómoda hamaca del taquillazo con certificado de garantía y ha optado por intentar convertir un proyecto de fácil gestación y apetitosas consecuencias en un desafío crítico, yo diría que casi personal, en el que un público masivo, variopinto y, por qué no decirlo, también exigente, esperaba mucho de su talento, tantas veces cuestionado a lo largo de su irregular filmografía. Así las cosas, hemos asistido, con intriga, al que podría ser uno de los estrenos más aclamados del año o una de las más sonadas decepciones de la historia del cine. Y, como ocurre siempre que se prometen extremos, el resultado acaba por zarandearse en el terreno indeterminado y movedizo de los gradientes intermedios: ni estamos ante la perfecta fusión de los bien empleados ingredientes comerciales con la riqueza técnica y la honradez conceptual, ni nos horrorizamos ante la deformación y corrupción absoluta de una jugosa materia prima de partida como es el best-seller de Brown. Bien conocida es la máxima que sentencia que es prácticamente imposible conseguir que una película iguale o mejore el contenido de la obra escrita que toma como referencia. Y mucho hay de verdad en tal afirmación, siempre que ataña a novelas de reconocido prestigio e íntegra naturaleza literaria. «El código Da Vinci», según mi punto de vista, no se ajusta a esta descripción, porque, como resulta evidente, sus semejanzas, tanto formales como estructurales, con el guión cinematográfico son incuestionables. La novela, jugando en el terreno de la intriga, aderezada con ingredientes históricos cargados de misterio y enriquecida con arquetípicos elementos rescatados de la más ancestral memoria colectiva, se inventa a sí misma desde lo visual, describiendo acciones, lugares y personajes a través de un ángulo casi tan aséptico como el de una cámara de cine y enlazando su discurso en el tiempo con el ritmo trepidante que se exigiría a un buen filme de acción. Poco hay de literario en los escasos monólogos interiores de los personajes principales, en el lenguaje puro, sin artificio, que los describe y en su secuencialidad rápida, sin tregua, que consigue atrapar al lector-espectador de esta novela-película sin permitirle dejar de pasar páginas. Y es que, si se analiza, la novela de Dan Brown es una obra de naturaleza equivocada, un guión escondido y mal disfrazado en las galas deslumbrantes pero vacuas de la literatura de consumo que clama por ser devuelto a lo que siempre debió ser. Y quizá en esta doble esencia, en esa equívoca alma, resida el éxito de una historia que se ha clavado ya en los anales de la literatura popular.
No es difícil para Ron
Howard entonces conseguir un resultado adecuado al medio que está
desarrollando, tan sólo debe transcribir lo que lee, convertir el capítulo
en secuencia y confiar en las habilidades del autor original. Sin embargo,
aunque la intriga esté ya construida (y con habilidad) y el guión
prácticamente estructurado, sigue siendo difícil condensar en dos horas el
profundo entramado simbólico y la extensa información histórica que Dan
Brown engarza con parsimonia en su larga obra, a través de diálogos
explicativos (muy cinematográficos en el papel, pero cargantes si se
introducen en exceso convertidos en imágenes). Y todo ello, sin perder la
fidelidad al mensaje en torno al cual gira toda la historia. Sí es cierto que merece la pena destacar algunos aciertos del metraje, vinculados en su mayoría a la atmósfera que el filme logra y que recuerda, de manera muy remota y siempre desde la nostalgia del cinéfilo más «freak», al buen cine de aventuras, en la línea de las entregas de Indiana Jones. También podemos hallar, en el entresijo de la tesis que defiende y en las claves ocultas que llevan hasta ella, reminiscencias de la inigualable, oscura y perfecta «El nombre de la rosa», de Jean Jacques Annaud. Recuerdos, aromas, de un cine que estaba por explorar y que ahora tan sólo puede imitarse desde la artificialidad.
De realización parca,
donde no sobran los planos excesivamente elaborados y con exceso de efectos
digitales (contención que se agradece, teniendo en cuenta la saturación que
el cine comercial actual sufre a ese respecto) e interpretaciones acertadas,
aunque desiguales (no puedo dejar de mencionar el magnetismo que irradia Sir
Ian McKellen, Gandalf en la saga «El Señor de los Anillos», en un papel
excesivamente simple para su dilatada habilidad), «El código Da Vinci» no
decepcionará a su público, sea lector de la novela demandando fidelidad o
espectador ajeno que busque pasarlo bien con una película distinta, nueva,
pero al mismo tiempo exhalando perfumes a otras épocas, siempre mejores,
siempre irrecuperables.
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Alicia Albares Martínez, colaboradora de la Revista Almiar,
trabaja en la actualidad para varias publicaciones locales del distrito de
Vallecas (Madrid): «Revista Santa Eugenia», periódico «La Quincena», y,
ocasionalmente, con la Revista «31», como coordinadora de la sección de cine.
Escribe guiones cinematográficos y cuenta con algunos premios literarios
juveniles. Estudiante de Comunicación Audiovisual, ha trabajado en cine como
meritoria y auxiliar de dirección.
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