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Gracias a películas como La Pasión de Cristo y ahora Apocalypto,
Mel Gibson, que comenzó su carrera como director gracias a la épica, heroica
y galardonada Braveheart, se está ganando poco a poco el constante
apelativo de «polémico». Pero yo no utilizaría este calificativo para
describirlo, pues considero que sus filmes conservan un halo de clasicismo y
una habilidad (buscada o no) para ajustarse al género que no son compatibles
con tal consideración. Gibson no provoca, sino que sabe ser extremo, sin por
ello abandonar las convenciones del buen cine, pero el cine de siempre, al
fin y al cabo. Gibson no denuncia, no levanta ampollas, tan sólo refleja lo
que él considera la verdad de la manera más fiel de la que es capaz. El
resultado son películas en apariencia desagradables de contemplar por su
crudeza, pero perfectas si somos capaces de ignorar este detalle y bucear en
su estructura y ritmo narrativos. Pero son películas sin más, que abandonan,
desgraciadamente, todo intento de ahondar en la profundidad de la crítica,
que hubiera sido esencial dados los temas que ha escogido en sus dos últimas
realizaciones.
Y este es nuevamente el caso de Apocalypto, una película
histórica, que persigue una fidelidad máxima (vuelve a estrenarse en versión
original, esta vez en el dialecto maya) sin descuidar las normas básicas del
cine de entretenimiento. De la mano de su protagonista, nos embarcamos en un
viaje al pasado, una aventura siniestra que nos llevará al descubrimiento de
ciudades en la selva, habitadas por seres fanáticos y corrompidos por el
ansia de poder, el apego a la evolución y el miedo a la desaparición. Gibson
nos enseña un mundo perdido, cuyo encanto extinto resucita gracias a una
excelente puesta en escena, una fotografía cuidadísima y unos actores
auténticos (muchos de ellos, no profesionales) que consiguen dibujar un
retrato primitivo, visceral (en todos los sentidos) de una civilización
todavía fascinante, aún envuelta en la incógnita, que consigue subyugarnos
irremediablemente.
Si hubiera continuado por este camino, podríamos hablar de una
película genial, diferente, que no tiene miedo de continuar con el análisis
histórico hasta sus últimas consecuencias. Podría haber sido un filme
arriesgado, que aspirase a poner en imágenes una nueva interpretación de un
pasado que aún hoy seguimos sin conocer. Sin embargo, Gibson se echa atrás
cuando más lejos había llegado y retrocede al recurso fácil del cine de
aventuras para continuar con una historia que acaba por resultar típica,
previsible, incluso, a veces, oscurecida por el tópico. La mirada
decepcionada del espectador es testigo de un regreso a los orígenes del
director, a una simpleza sorprendente dado el planteamiento del filme, a una
involución que resta valor a un ejercicio que podría haberse convertido en
una obra maestra.
Esto no significa que el valor narrativo o formal del filme
decaiga en su segunda parte, nada más lejos de la realidad. El director sabe
muy bien cómo mantener al espectador en vilo, utilizando las herramientas
propias del cine de acción pero aplicadas al entorno de la selva virgen.
Así, seguimos sintiéndonos atrapados por la historia, totalmente
identificados con el protagonista, absolutamente hipnotizados por los
entresijos de un guión dinámico, que no da tregua, que sabe entretener sin
perder la calidad. Pero la desilusión ya ha calado hondo en la mirada del
público que buscaba una implicación mayor y que debe conformarse con una
perfecta película de aventuras, pero nada más que eso.
Y es que son muchos los temas que podría haber perfilado Gibson en
su Apocalypto: la decadencia de una gran civilización como símil de
nuestra propia existencia, la lucha del fuerte contra el débil, el poder del
ansia de supervivencia del ser humano… Pero todo esto, escuetamente
perfilado, sólo son coletazos de una indefinición temática que consigue que
nos dejemos llevar por lo acertado de su frenética trama y nos olvidemos del
trasfondo de una historia y unos personajes que parecen más de lo que son,
que nos dan menos de lo que esperamos.
Así, lo extremo de imágenes y tratamiento, lo insólito del
lenguaje, no son más que adornos exóticos de una excelente película de
entretenimiento, de poderosísimas imágenes y excelentes interpretaciones,
que quedará como lo que es, que nunca dará, desgraciadamente, un paso más
allá. |
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