
El silencio
expresa lo que
ocultan tus palabras
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Rubén Gracia
Sánchez
Iba a reventar. Estaba jodida. Esta vez sí que la había cagado. Se preguntaba si
existiría la manera de alterar el orden de las cosas. ¿Qué se podría hacer para
capear la situación?
Como siempre, sola en casa. Se miró
al espejo y no le gustó lo que ahí se reflejaba.
“Lo primero serenarse”. Se dijo sin
mucha convicción. Intentaba acordarse de alguna sugerencia del “Manual de
Ejercicios de Autocontrol para Situaciones Límites”.
La ortodoxia recomendaba que, ante
situaciones que provocan en nuestra alma un estado de angustia vital, donde la
idea de culpabilidad predomina ante cualquier otra, el primer paso a seguir es
realizar de siete a quince respiraciones ventrales.
Una vez comprobado que tal patochada
no aportaba más que efecto de estupidez, y ya bastante tenía con lo que tenía,
dejó el punto dos, que versaba sobre el prana, cosa que decidió que tampoco
contribuiría de momento, a resolver prioridades, y se adentró en la idea
principal:
“PROCESO SINTÉTICO ANALÍTICO DEL
PROBLEMA”:
“...Antes de nada,”–argumentaba el
autor de origen incierto–, “mientras cerramos los ojos tratemos de abrir nuestro
corazón...”
–¡Joder con el místico!– Se
desesperaba Maula.
“...La cuestión principal es
descubrir si tiene o no solución, porque si la tiene, de nada sirve preocuparse
en vano, más para aumentar la infelicidad sin razón para ello...”
“...Piense en el Sapo del Paraíso,”–
proseguía el pseudolama–, “¿renuncia a su cántico, sabedor de que la dama sapa a
quien corteja, ha sido ya conquistada por el macho dominante del clan?”
(¿...?)
“No. Nunca se preocupará. Su croar
resonará una y otra vez mientras dure la época de apareamiento. La hembra
cortejada entiende que una vez el macho dominante haya depositado su semilla, se
desembarazará de ella con brusquedad, dejándola libre. Momento que aprovechará
nuestro amigo para brincar alegremente en pos de su amada.”
“Pero, ¿ante qué clase de majadero me
encuentro?...”
“...Y si no la tiene,”–concluía el
rastafari–, “nuestra turbación será superflua. De qué sirve enturbiar nuestra
felicidad por cuestiones que no se pueden solucionar...”
“¡No puedo más!”. De una certera
patada, envió al tratado lejos de su alcance.
Su desesperación iba en aumento.
Intentó imaginar qué haría Petra, su mejor amiga en una situación parecida. No
tardó en caer en la cuenta de que a Petra jamás le ocurriría algo similar.
Una especie de disparo luminoso
atravesó su mente. Quizás no fuese tan descabellado. Empezaba a creer que el
Dalai Rasta y su historia del sapo en celo, había dado su fruto.
“Pero ¿como lo tomará? Apenas nos
conocemos. Nos caemos bien, sí, pero no sé si será suficiente
para confiar en él íntegramente. Apunté su teléfono en la libreta de gastos, sí,
aquí está. Ojalá no se encuentre”.
Un poco nerviosa marcó el número. Un
instante dio paso a una voz cálida y relajada.
En su atolondramiento, Maula
explicaba que el motivo de la llamada no era sino otro que el de hacerle
partícipe de su crisis existencial.
Verdaderamente tenía un problema, y
era incapaz de pensar con solvencia, por tanto no quedaba más remedio que
recurrir a alguien en busca de auxilio, y ese alguien a falta de otro mejor, se
encontraba en la persona de Juan.
Escuchaba en silencio. Trataba de
recordar el lugar exacto donde al parecer conoció a esta mujer. Y sobre todo, de
qué diablos le estaba hablando.
La excelente educación de la que
tanto hacía gala Juan Chatarra, le impedía interrumpirla.
Además, entendía que no era buen
momento para comunicar a su interlocutora, que, o bien se confundió de Juan, o
se equivocó al marcar el número.
Pero, por otra parte, las confesiones
de las que, esta voz, en su desesperación le hacían cómplice, le traían sin
cuidado.
Esta mujer tenía un problema. Algo
así como un marido, algo así como un amante. O, ¿serían dos problemas?
Maula hablaba y hablaba. Chatarra
revisaba el reloj. Desentendiéndose de la conversación comenzó a estirar los
músculos. Pensaba en una ducha caliente. Una ducha que le transportara lejos de
allí. Mejor un baño. Sí, un baño con mucha espuma. Desde luego, con buena
compañía. Caviar, champán y champú, y mujeres dulces preocupadas en procurarle
placer. Lo único que necesitaba para ser feliz. Con poco se conformaba. Era un
tío de perspectivas simples.
“Todo es tan sencillo y tan
complicado”. Divaga. “Lo natural, lo estético, lo apático...”. Se embelesa con
la imagen de una pareja de obesos besándose en las escaleras de la estación,
transpirando amor. “Y, ¿pensar que la inmensa mayoría de las personas nos
encontramos en un grado más o menos destacado de descontento?...”
Un sollozo le rescató de su
ensimismamiento.
“¿Por qué llora esta mujer?”
Permanecía en silencio.
Sólo quedaba decirle que estaba un
poco avergonzada de haberse comportado de esa extraña forma. Necesitaba a un
amigo y se acordó de él. Hablarían más adelante, “cuando las aguas regresen a su
cauce”. Y sobre todo, agradecía inmensamente su saber escuchar.
Se despidió con un beso.
Colgó y fue directo a la ducha.
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