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Yo también leo y escribo
(1)
por
José Emilio Tallarico
Cuando en Una noche con Hamlet, Vladimir Holan
—aquel estupendo poeta checo— dice: —Veo un hombre y lloro, Revagliatti
—mediante un imaginario contrapunto— lo reconvendría: —Donde ponemos la
agonía/ algo/ no cabe.
I
Ha de constar que no soy un experto en
la obra de Rolando Revagliatti y todo aquello que desde «su acá» hasta «mi acá»
suceda y se transcriba, deberá ser entendido en función de un aprovechamiento
activo de su escritura y de un diálogo donde prevalecerán la indagación y el
intento de resaltar algunos tópicos.
A fines de los ‘80 llegó a mis manos la primera edición de estas
Obras completas en verso hasta acá, de Ediciones Filofalsía. Recuerdo la
dificultad que me plantearon dichos textos. No podía con ellos. ¿Qué buscará
este señor?, me dije, yo, frecuentador de poetas argentinos de las décadas de
los ‘40 y ‘50 y por ende, acostumbrado a una poesía en la que predomina en mayor
o menor medida el sesgo surrealista. Por otra parte, tenía bien leídos a Girri,
a Giannuzzi, a Gelman, a Olga Orozco, a Pizarnik y sabía que los poetas jóvenes
solían encolumnarse detrás de estos nombres.
Ya el título de uno de los poemas de Revagliatti me resultó extraño:
Los papás queman: una joda, a éste le sobra la plata, pensé.
Sin embargo, el apellido del poeta aparecía aquí y allá: en revistas
de poesía, en publicaciones que llegaban del interior del país, se lo veía en
algunas antologías: sus textos circulaban.
Sé que no es infrecuente que la obra de un autor se muestre
refractaria a las primeras lecturas, le pasa a mucha gente.
Cuando conocí a Revagliatti en su ciclo de poesía «Julio Huasi», en el
año 2001, me encontré con un hombre serio pero cordial, de trato amable y muy
respetuoso con los poetas convocados. El suyo fue uno de los ciclos que más me
entusiasmó. Llamaba la atención su forma de recitar: teatral, su gestualización
era seca y controlada, con una tensa apoyatura en el silabeo de algunas
palabras, y un tono que se sostenía y regulaba mediante pausas inesperadas: al
margen de su pintoresquismo, se trataba de un sujeto fogueado en el arte de leer
en público. Intercambiamos sendos libros esa noche y a partir de una nueva
lectura (me había obsequiado su poemario Tomavistas), comprendí que
existía otro modo, por demás válido, de relacionarse con el fenómeno de la
poesía.
II
Si la poesía y la narrativa
respondieran a parámetros equivalentes, yo propondría este subtítulo para las OC
de Rolando: novela de iniciación.
Es que, precisamente, y en tanto relato, se han puesto en marcha
fragmentos de una historia personal, se ha establecido un diálogo con padres,
novias, abuela, maestras, se han recorrido los espacios y las modas que cifraron
un aprendizaje y una pertenencia adolescente. Pero el tema excluyente es el de
las relaciones humanas.
¿Cuánto de seducción habrá en esta escritura? Por lo pronto, no la
habitual, no la conocida y devaluada; y, desde luego, no parece casual la
insistencia de su autor por licuar cualquier mirada complaciente. Dentro de un
esquema donde el chiste, la ocurrencia y lo caricaturesco se despliegan con
desigual fortuna, y más allá de los procedimientos que, consciente o
inconscientemente, Revagliatti hubiere incorporado, una sombra deseada
sobrevuela sus textos: la del lector estupefacto. («Un globo ocular estupefacto»,
así concluye uno de los poemas).
III
Cuando yo medio no existía/ yo era
demasiado yo/ para mí solo.
He aquí uno de los primeros indicios del programa de apertura
que Rolando eligió para su obra. Programa que se fue consolidando a través de
una práctica minuciosa y consecuente. Gran difusor de publicaciones propias y
ajenas mediante el correo postal en épocas en que no había Internet, presentó
espectáculos teatrales en base a textos poéticos, coordinó ciclos, eventos de
poesía, talleres literarios, y desde el año 2005 tiene un sitio en la web. A
propósito, hay más de 2.000 páginas del buscador Google donde recabar
información sobre su obra.
Aquel abundante yo del fragmento arriba citado debía hacerse carne.
A esta altura, muchos de quienes lo conocen deben tener una sensación
similar a la mía: me resulta difícil prescindir del recuerdo de sus recitados
cuando comienzo a leer sus textos. El oído, impregnado de las modulaciones de su
voz, parece asociarse con una suerte de deja vù poético; me sucede
incluso con poemas que jamás le escuché. Todo apunta a la vitalidad en la poesía
de Rolando.
IV
Inmanencia es una divinidad terrestre
que inventé hace un tiempo, y a quien imaginé dispensadora de dones especiales,
como las delicias del amor, las peripecias conyugales, las temperaturas
agradables, la saciedad, los juegos..., es decir, eso que en tanto Diosa
le competería. ¿No la han visto atravesar descalza los jardines de la casa de
Rolando? ¿No se percataron que charlaba con Nicolás Olivari, con César Vallejo
(ni una lágrima en ellos) y con un Oliverio des-solemnizado hasta los
tuétanos? Inmanencia, la Diosa, hacía su trabajo.
Y el poeta, por su parte, espigaba unas líneas a su amada:
«Seguirla»: Se refugió la perinola de tus
pretensiones/ en el cuchitril de mi indolencia/ halló la calefacción exigua/ que
dejaba en la almohada mi cabeza/
Me arrojé a mis brazos/ cuando supe en lo hondo/ que maltrecha y dormida me
esperabas/ para seguirla/ todavía.
No tocamos una cuestión menor cuando, remitiéndonos a algunos
conceptos de Harold Bloom, pretendemos señalar precursores en la poética
de Rolando Revagliatti.
¿De qué se apropia nuestro poeta, qué rechaza, en qué medida la
tradición deposita una antorcha en sus manos para que su poesía avive o
desmerezca el fuego?
Olivari, Vallejo, Huasi, Girondo, no conforman una línea de cuatro
impasable y, sin embargo, defenderían buena parte de la forma expresiva que
eligió Rolando (eligió, en este caso, vale tanto como decir fue
elegido).
Decíamos de aquel jardín despojado de los lamentos de Olivari y
Vallejo, lugar donde Girondo no pudo ser solemne: ellos donaban familiaridad,
materia vinculante.
Rolando, desde una absoluta inmanencia, ha capturado ciertos datos,
ciertos significantes de estos inolvidables poetas, aunque en un aspecto tan
particular que las conciencias desgarradas de Vallejo, Huasi y Olivari no
vuelven recicladas, infladas de sí. La problemática es distinta, el drama, otro.
Drama que a partir del título delimita un «hasta acá», como dando a conocer el
campo operativo de sus conjuros poéticos.
Hablo de una riqueza desplegada en estas OC.
V
Mediante la vena amatoria,
Revagliatti ensancha su registro desde lo que podríamos llamar su orilla más
convencional hasta su ampulosidad más fervorosa. Subordinado al discurso
coloquial (peripecial y/o lúdico) el tema del amor frecuenta su poesía,
particularmente en las secciones El fotógrafo cargado y Espasmitos
espantosos:
«Como»: Qué bueno que el amor/ se imponga en
el poema/ qué bueno que qué bueno/ yo te poemo como te amo/ te poamo.
«¿Tropezón?» (estrofa final): No me embauqués/
cuando no sea tu propósito hacerlo/ desprestigiáme de a poco/ ante mí/
prestigiáme de golpe/ tropezáte conmigo una vez/ que después siempre.
Veamos qué dice Rolando de su poesía:
—«Aun esmerándome no me imagino alcanzando una abarcadora definición
de mi poesía. Sé que abunda el sarcasmo, la ironía, el humor falsamente ingenuo,
la burla, el trastrocamiento. Sé también que escribí textos donde esto no
aflora. Reconozco que me agrada “ponerme en peligro”, literariamente hablando.
Acaso atormentado por el espectro de la mediocridad, de esa amenaza, de ese
horror. Más vale morir inventando que seguir perdurando en la repetición. Más
vale chillar en procura de alguna armonía disparatada que albergar el
conformismo del gimoteo»
(texto extraído del sitio Mis poetas contemporáneos de Gustavo
Tisocco). (2)
—«...más que la anécdota
propiamente dicha, me inclino por el cómo los personajes transitan por sus
pasarelas. Les cuento también lo que me sucede con los noticieros televisivos:
me extasío escudriñando, no tanto el cebo de la noticia sino los gestos de los
involucrados y la dicción de locutor, o las personas que aparecen por detrás de
lo que es principal en las imágenes» (texto extraído de Revista Teína,
abril-junio de 2004). (3)
¿Elegir o ser elegido por la expresión? A
las propensiones, las construcciones, dice Rolando, pero esas construcciones:
¿cuánto de innato aportan, con cuánto de lectura se levantan?
La forma, de la que apenas pueden consignarse implicancias ligeras,
hebras finas, ¿cómo estructura su secreto?
¿No estaremos rumiando una pregunta inacabable? ¿El balbuceo, el
ingenio, el artefacto de Nicanor Parra?
¿Dónde las proporciones? ¿No hay en estos poemas algo que podríamos
llamar marcas de arranque, algo arrebatado que busca definir,
decirlo todo, porque todo parece que hirviera? (Y ahí está la palabra,
como una pinza de entomólogo, al acecho.) Pero además: ¿cómo creer en
originalidades a esta altura de los tiempos?
VI
Obras completas en verso hasta acá
está constituido por 4 secciones, a saber: Los papás queman, El
fotógrafo cargado, Espasmitos espantosos y El cirujano poetón.
En Los papás queman se perfila una época (los ‘50 y ‘60), las
tiendas Harrod’s y su descripción enumerativa, los paseos familiares, las
preferencias infanto-juveniles, la consolidación de la sexualidad (complejo de
Edipo mediante, ineludible), las posibilidades de nombrar la nostalgia (con no
poca crudeza). El título de este capítulo, codificado por mi burdo intento de
dilucidación personal, sería: Los papás cogen. Pero hay joyitas como
esta:
Diana Dors/ acerca sus tetas de nácar/ a mi sopa/ ¡Yeeeeeah!... Diana.
El fotógrafo cargado alude a un extraño personaje en el poema
inicial e inmediatamente comienzan a aparecer los nombres de unas señoritas de
linaje vario. Ahh, las pasarelas del ojo poético…, niñas: esplendorosas como
Constanza, inconsecuentes como Ana, instantáneas como Nora, anheladas como
Eliana M. Cada una con su estereotipo, configuradas por un decir que las vive y
reinventa.
…toda que es toda/ que si usted no la ama ni la deja/
es que ni la critica/ es que ni es/
usted/
y ella sí/ ella es toda. (Fragmento de “Constanza”).
De Espasmitos espantosos habíamos adelantado algo. En este
bloque de hacer el amor se trata. (El yo poético, fuertemente presentificado, no
iba a perderse tamaña oportunidad, esa «graaan aventura», como reza uno de los
poemas).
Transcribo una curiosidad gramatical donde con eficacia se enlazan 6
verbos consecutivos:
...me toca saludarte/ emocionarte/ dejarte haciendo que te vayas.
La serie El cirujano poetón que cierra el volumen, a diferencia
de las anteriores, ofrece una diversidad temática. Destaco especialmente La
musa merodeadora y A la nostalgia, poemas donde lo poético logra una
fuerte impronta existencial.
Otros textos apuntan a desestructurar el sentido con un trabajo
directo sobre el lenguaje tal como se ve en La dexyuprilora y
Cirú. El extenso y arrollador poema surrealista Mil novecientas ochenta y
cuatro responde a esta última propuesta.
VII
Finalmente, intentaré señalar algunas
características de la poética que Rolando emplea en este libro, y que a lo largo
de su amplia trayectoria fuera templando y complejizando.
Es común que inicie los primeros versos con un arranque inesperado, con
un espacio que predispone a la tensión (una gran fuerza centrífuga, diría la
escritora Lucila Févola). Cito como ejemplos: «¡Ay! me tildo/ me reviso...» o,
«Recórcholis y Albricias...» o, «Esa mujer es un tugurio».
Otro procedimiento es el de cruzar los textos con datos de la
mitología clásica o popular, o utilizar recortes de la refranesca a través de
alguna variante de desmonte, con el propósito de alterar el significado
tradicional: «Los papás queman porque amanecen más temprano», «¡Qué lleno de
mujeres era mi valle!», «Una se malogró en plena senectud».
De este modo se llega al suceso humorístico, desplegando a veces la
figura del antihéroe, o la del distraído, incluso la del energúmeno atrapado en
su anomia social. Parodiar es otra de las más caras tentaciones de Rolando:
«llegué a apostar que me querías», dice en su poema La abuelita.
Quedan a consideración del lector especializado algunos guiños
vinculados con el psicoanálisis, disciplina que nuestro poeta ejerce desde hace
un buen tiempo.
Macedonio Fernández, hablando de sus autores predilectos, confesaba:
«Sólo Quevedo me mantiene despierto». (4)
Revagliatti no busca con-moverte, estimado lector (al menos desde el
presupuesto de lo que debería ofrecer un poema), tampoco se le ocurriría ir a
tocar tus fibras íntimas. Como has podido ver, sus Obras Completas te han
provisto de un material nervioso, generoso y vital. Algo de luz para tu
insomnio.
(1) Alusión a Leo y escribo, de R.R., Ed.
Recitador Argentino, Bs. As., 2002.
(2) http://mispoetascontemporaneos.blogspot.com
(3) http://www.revistateina.com
(4) Extraído de una entrevista que junto a Pablo Gisone hiciéramos a Adolfo de
Obieta, hijo de Macedonio, en el invierno de 1988, y que fuera publicada en el
número 5 de la revista de literatura «Tamaño Oficio».
__________________________
Rolando
Revagliatti, (Ciudad de Buenos Aires; Argentina).
LIBROS PUBLICADOS: Entre 1988 y 2007, varios de ellos en Libros del Empedrado, Filofalsía, La Luna Que, Recitador Argentino: Obras completas en verso hasta
acá, De mi mayor estigma (si mal no me equivoco), Trompifai,
Fundido Encadenado, Picado contrapicado, Tomavistas,
Propaga, Ardua, Pictórica, Desecho e izquierdo,
Sopita, Leo y escribo, Del franelero popular, Ripio,
Corona de calor (poesía); Las piezas de un teatro (dramaturgia);
Historietas del amor, Muestra en prosa (cuentos y relatos); El
Revagliastés (antología poética).
PAGINA WEB:
http://www.revagliatti.com.ar
Obras completas en
verso hasta acá, tercera edición en papel realizada por la Editorial
La Luna Que, Buenos Aires, julio 2007, 128 páginas. El diseño pertenece a Mirta
Dans.
Este libro puede descargarse
gratuitamente, en versión electrónica, desde la web del autor.

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