
Cómo llegamos a ser de izquierda…
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Por Juan Carlos Moraga Fadel
Mis padres dicen que son de izquierda, mis hermanas dicen que son de izquierda, yo digo que soy de izquierda… ¿qué nos llevo a esto?
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«Soy marxista de la corriente
Groucho».
(Graffiti del mayo francés)
1. Les chinoises
«C'est le petit livre rouge
Qui fait que tout enfin bouge».
(Mao Mao, Gérard Guégan)
Tengo veinticuatro años, regreso a Buenos Aires tras mi último viaje a Chile,
después de varios meses sin ver a mis padres y mis hermanas. Me quedo con el
recuerdo de ver junto a mis hermanas (mellizas de diecisiete años) La
Chinoise, de J.L. Godard y escuchar sus comentarios sobre el maoísmo, la
militancia en los 70’s y de hoy, sus expectativas y los limites del marxismo, me
hablan de sus compañeros de clase (en todo aspecto de la palabra) anarquistas
que viven en casas ocupas y de sus compañeras que solo escuchan reggeton,
de la incapacidad de ambos grupos, aparentemente tan distintos, de sostener un
debate sobre la realidad política, me hablan de sus vidas de petit bourgeois
y sus criticas terribles a la estructura de la familia nuclear, los comentarios
de parte de estas adolescentes me dejaron simplemente sorprendido. Su lucidez me
parece envidiable, envidiable y terrible.
Ellas leen,
escriben, discuten, se aburren mortalmente y sufren la insoportable soledad de
sentirse (pero no ser) adultos atrapados en el cuerpo de niñas. Han leído, en
gran parte por mi culpa, a Marx, Nietszche y a Foucault, incluso a Mao; tienen
la
conciencia de un poder que les otorga un saber capitalizado por una minoría
intelectual, peligroso en extremo en un país como Chile, donde la
intelectualidad es mirada con desprecio y sospecha. Sé, ya que también a mí me
ocurre, que en algunos aspectos su existencia era más apacible antes de leer a
ciertos autores, de ver ciertas películas, de pronunciar ciertas palabras (las
muy inocentes no le temen a la palabra «clase» por ejemplo).
Pero no tienen conciencia, como yo, del fantasma terrible que se cierne sobre ellas, sé que entrarán en ebullición cuando se incorporen a las filas de la universidad, de su posible enfrentamiento irreconciliable con la gastada «izquierda radical» que habita las facultades. Les leo a Marshall Berman: «Hay muchos disidentes en el mundo, pero pocos rebeldes y muy, muy pocas jóvenes intelectuales y rebeldes». Les digo que se preparen.
Sé que todavía son niñas y que son mucho mas vulnerables y frágiles de lo que su ímpetu sugiere, me gustaría decirles que encontrarán quizás sus mejores amigos en los libros, y diezmarán rápidamente su vida social a punta de comentarios y opiniones.
Ellas viven una fragilidad peligrosa de corromperse, donde el mundo es un tigre de papel.
Yo tengo veinticuatro años y, a diferencia de ellas, ya nunca podré ser Rimbaud… ellas tiene todavía esa mortal posibilidad… y me hacen recordar que cuando tenia menos de quince años, cuando mi hábitat eran las socialdemócratas calles de Ñuñoa, un amigo me dijo, como sepultando nuestro futuro: «somos la generación de la intrascendencia». Hoy creo que sus palabras me marcaron a fuego y me obligaron a hacerme parte de una realidad que, bien exige una intrascendencia y consigue militantes fanáticos de ella, está también llena de pequeñas fisuras que permiten pensar, desear e incluso construir un mundo más justo.
A ese deseo, a ese posible construir, y el compromiso que significa, mis hermanas, mis amigos, yo mismo, lo llamamos socialismo.
¿Cómo me marcó esta vieja y siempre nueva palabra en mi joven pero siempre un poco pero siempre más vieja vida?
2. The loneliness of a middle distance runner
«Nació
muy niñín, mirando al cielo,
y que luego creció, se puso rojo (…)».
(César Vallejo)
Me siento en la mesa del
café. Estoy en Buenos Aires, en un hotel bajo control obrero, hace años que en
este lugar me reúno con mis amigos de la facultad, miro a mi alrededor y los
veo, hace unos seis años que todos vivimos solos en Buenos Aires, nos
desenraizamos rápido de nuestras familias, como neutros padres o negando a
nuestros padres, todos estudiamos en la UBA, la mayoría sociólogos o futuros
sociólogos, todos de izquierda, todos con los mismos miedos que el primer año de
facultad, con más borracheras, con más rupturas amorosas, con más novias
(algunos), con algún amigo muerto (otros), toneladas de libros y apuntes en el
cuerpo que nos cubren como una segunda piel, pero siempre los mismos miedos, ni
más ni menos… y en esa crisis de estar cerca de los treinta ya parecemos
personajes de Denys Arcand.
Para la mayoría el socialismo fue
una palabra escuchada de la boca de nuestros padres, para algunos salió de la
experiencia de participar en la Acción Católica o en la militancia juvenil de
base. Pero el verdadero momento en que conocimos el socialismo fue durante
nuestros primeros años en la universidad, fue entonces donde le dimos forma y
nombre a todo eso que sabíamos estaba mal y nuestra ansia de trasformarlo.
Todos somos de
izquierda, incluso alguna vez nos radicalizamos, fuimos guevaristas, trotskistas
o anarquistas libertarios, marxistas lectores de los Manuscritos de 1844,
marxistas lectores de La Ideología Alemana, marxistas lectores de los
textos sobre la lucha de clases en Francia, marxistas lectores de El Capital,
marxistas lectores de los Grundrisse (no necesariamente en ese orden…),
todos fuimos en algún momento hegelianos, todos leímos a Wittgenstein, todos
caímos en la fiebre de la escuela de Frankfurt el segundo año, algunos nos
hicimos estructuralistas en el tercero, leímos a Levi-Strauss, a Barthes, a
Lacan, desembocamos en Bourdieu o en Althusser con una pasión desesperada, y con
el homicida francés descubrimos a Spinoza y nos hicimos altermundistas,
zapatistas, deleuzianos, fucoultianos, o leímos a Negri y a Laclau, otros se
formaron en la férrea doctrina del peronismo de izquierda, leyeron a Freire, a
los sacerdotes tercermundistas, el socialismo nacional y el movimiento nacional
y popular, fue nuestro grandilocuente derrotero intelectual, nuestro océano de
conocimiento de dos centímetros de profundidad.
Recorrimos el ala izquierda de la izquierda con una velocidad frenética en un clima de efervescencia social. No fuimos los únicos ni tampoco una minoría. De éste periodo puedo reconocer en la mesa de café en el hotel bajo control obrero a mis amigos y al mismo tiempo a excelentes personas y brillantes, aunque quizás anónimos, pensadores.
La Facultad de Sociales era (y es) una fiebre, o un deporte de contacto, allí podíamos hablar, leer y escribir, incluso publicar, pasarnos la noche fumando y discutiendo y luego ir rumbo a la puerta y después a un boliche a la esquina a tomar unas ginebras con gente despierta, como decía Luca Prodan, para ver el sol al amanecer y llegar dormidos a las clases y los trabajos.
Las ciencias sociales tienen una belleza especial, especie de parto, algo terrible que podía destrozar nuestras vidas con un profundo dolor, demoliendo el sentido común, dando forma a un descontento amorfo (incluso a algunas lucidas pero imberbes ideas que habían surgido durante nuestra pubertad al poner en duda, gracias a las hormonas, todo lo establecido); y al mismo esas mismas ciencias ocultas de la sociedad nos daban una extraña felicidad, una lucidez y una vaga pero necesaria promesa.
«—Lo he sido
todo. Es increíble. Separatista, independentista, soberanista, soberanista-asociacionista.
Al principio empezamos siendo existencialistas. Leímos Sartre y Camus. Después
tuvimos a France Fanon,
y nos volvimos
anticolonialistas. Y leímos a Marcuse y nos volvimos marxistas.
Marxistas-Leninistas.
—Trotskistas.
—Maoístas.
—Después con Solzhenitsyn
cambiamos de idea y nos volvimos estructuralistas.
—Situacionistas.
—Feministas.
—Deconstruccionistas».
(Las
invasiones bárbaras, Denys Arcand)
3. Fire in the minds of mens
«Sifflez,
compagnons,
Dans la nuit la Liberté
Nous écoute...».
(Le chant des Partisans, Maurice
Druon)
Todos somos de
izquierda, incluso alguna vez nos radicalizamos. Tomamos la facultad, tomamos el
rectorado, escribimos panfletos y mariposas, publicamos revistas efímeras con
nombres olvidados, ayudamos a editar algún periódico, fuimos candidatos,
militamos (incluso todavía, de una forma extraña, algunos militamos)… Estuvimos
en las barricadas, en las fábricas, en las reuniones, congresos. Cortamos
calles, lanzamos piedras, participamos en las asambleas y nos marcó con fuego el
19 y 20 de diciembre del 2001. Fuimos como nuestros padres o la negación de
nuestros padres… todavía marchamos, pero ya no tanto como antes…

Pero también nos decepcionamos, y también, hay que decirlo, nos defraudaron (vimos sectas o religiones rojas, con una ortodoxia temible… además de personas detestables, verdaderos canallas de los cuales es mejor no hablar) los que querían tomar el cielo por asaltos se olvidaron rápido del mundo y quedaron flotando, inmóviles, «lugar de un quid pro quo fundamental cuya formula me fue facilitada durante una reunión de intelectuales de la izquierda proletaria, en el punto culminante del gran amor por la buena gente y por las caseras sembradoras de pensamientos (…). La reunión, como suele suceder, se celebraba en un apartamento un poco demasiado lujoso en un barrio un poco demasiado hermoso y, según la costumbre, los participantes expresaron con sus observaciones que ese ambiente no era el suyo. Alguien se fijó en un jarrón con anémonas azules: “¡Qué amanerado!”, suspiró, “¡amapolas azules!”. Una anécdota que podría definir así al intelectual amigo del pueblo: el que toma a las verdaderas anémonas por unas falsas amapolas y que cree, gracias a la refutación de los floristas, haber encontrado unas flores que crecen en los campos de trigo del pueblo. No me sorprendí, pues, al ver, unos años más tarde, al mismo intelectual desarrollar ese quid pro quo en una filosofía del pueblo que trenzaba en guirnaldas de retórica las falsas-verdaderas amapolas obtenidas con al refutación de las falsas-falsas amapolas» (Jaques Ranciere).
Hoy algunos
todavía viven del generoso bolsillo de sus padres, otros trabajando en
consultoras, algunos para el estado, otros nutriendo las filas de docentes de
alguna facultad. Nos reunimos dos o tres veces por semanas, y hablamos de los
trabajos y los días, algunos todavía tratan de construir pequeñas trincheras
literarias.
Hay días en
que sentimos que todos estos recuerdos se perderán en la lluvia, como los de
nuestros padres, como nuestras propias vidas, quizás formen parte de una
universidad desconocida, parafraseando al buenote Bolaño, donde seremos
estudiantes crónicos hasta el día de nuestra muerte o que el desencantamiento
del mundo hará de rostros grises funcionarios con narcóticos horarios de
oficina… pero también hay días, y que no son pocos, en que nos gusta pensar que
es así como la vida nos enseñó, con una trama más bien extraña y en una vejez
prematura, tan parecida a la de mis hermanas, que la felicidad se extiende sobre
el papel como una mancha de aceite, de una forma lenta y dolorosa, pero
inevitable. Somos de izquierda pese a todo y es desde el único lugar donde nos
podemos ver, al menos hoy, es el lugar al que nos enraizó nuestra segunda piel,
nuestro oficio de sociólogos. Tal vez menos radicales seguimos sin aceptar el
orden aparentemente perpetuo del mundo, las voces que naturalizan la exclusión,
la pobreza, la violencia o la injusticia y esa conciencia nos arrastra a
transformarlo, desde nuestros lugares quizás menos grandilocuentes, pero
amarrados a la sartreana palabra compromiso y con toda la poderosa artillería de
las ciencias sociales (a veces mas útil y menos sanguinaria, pero sólo a veces,
que el triumbiratum «pueblo, conciencia, fusil»…). Al final nos
miramos y aunque nos vemos un poco más viejos, seguimos siendo rojos.
4. Aquí esta
la pregunta leninista: ¿Qué hacer?...
«¿Fue una
“vocación” o algo así?».
(Max Weber a
Gyorgy Lukacs en la cárcel, 1920)
Desde que tengo conciencia y autonomía creo que me he considerado de izquierda, y sin duda este sentir me acompañará por los años que me queda. Un compromiso con transformar la realidad que aparece, de la mano del conocimiento y la experiencia, cada vez más injusta e incluso absurda, me ha ayudado a crecer y a definir quién soy yo en el mundo, qué quiero hacer.
Quizás sólo sea una historia más o menos divertida o más o menos trágica, claramente menos trágica que la de mis padres y su generación, y espero que más trágica que la de mis hijos y mis nietos.
Supongo que pertenezco a la generación del «socialismo por construir», una generación donde lo nuevo no puede nacer y lo viejo se niega a morir, y donde el modelo de la socialdemocracia, cada vez menos social y casi nulamente socialista, ha mostrado claramente sus limites, exigiendo una renovación y un giro a la izquierda, pero también un agotamiento del discurso de la izquierda radical, que si bien fue la gran partera, se ha convertido en un cementerio viviente lleno de efigies sagradas y estrellas rojas…
¿Qué hacer? Esa es la siempre recurrente pregunta leninista, y es la duda que nos embarga siempre en los mismos cafés, a los sociólogos o aprendices de sociólogos, y a miles de personas, en todos los lugares, en todos los tiempos.
Es una pregunta abierta y capciosa. Pero es una pregunta, y como toda pregunta tiene una respuesta.
Juan Carlos Moraga Fadel,
Nace en Santiago (Chile) en 1983, en 1999 se radica en Buenos Aires, donde
cursa estudios de Sociología y Filosofía. Ha publicado variados artículos para
revistas (en papel y virtuales) y presentado ponencias en congresos y simposios
sobre los temas más variados. El tema central de sus investigaciones son la
fotografía y los problemas de las nuevas corrientes estéticas. Actualmente
trabaja como docente en la Universidad Católica de La Plata.
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