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Hay
borracheras que parten el corazón y tronchan el alma. Contaré la historia
vivida y radiografiaré la histeria colectiva. El reclamo: la cultura club.
Que es un crac a la persona humana. Servidor quería beber otros cultivos,
aunque sólo fuera con la mirada y el tacto del contacto. Puse interés en
verlo todo y oído en vivirlo. También en ofrecer mis raciones de versos
para dar aire al poco aire del recinto. Me quedé más solo que la una. Los
otros estaban en su mundo, convertidos en molinos de mierda, regados con
sustancias mortecinas, los brazos en aspas de toro, rajados por ruidos
estridentes, a dos pasos de caerse muerto en la pista del diablo, como
imbéciles marionetas, en absurdos maratones hacia ninguna parte.
Bajo esa
atmósfera presencié actitudes antisociales, mallos rollos, ensoñaciones de
gente más ida que cuerda, con todos los calificativos de perturbada,
desequilibrada, trastornada, exaltada, lunática, demente, necia, alocada,
atolondrada, irresponsable, temeraria, atrevida... Desgraciadamente
aquello era un campo de maniáticos desquiciados, enganchados a una energía
de sustancias repugnantes. ¡Cuánto vacío en la muchedumbre! Cada cual iba
a lo suyo, a su viento huracanado y a su mar de soledades. Uno me dice que
desea huir del mundo, de este mundo de golfos, -lo hace a voces-, mientras
me intereso por su tos realmente agarrada a los pulmones. Sin venir a
cuento, en uno de esos descuidos, me asesta un empujón. Las gafas caen al
suelo. Como una víbora las aplasta con su cola de veneno. Se ríe y lo
ofrece como una gracia a los dioses. Levanta dos dedos de victoria
invencible.
Ya de regreso
a casa, pensé en toda esa gente que había dejado atrás, prendida en la
ciega cultura de no ser nada, deseosos de tomar la guinda de huir de si
mismo y de la vida, denominador común en todos ellos. Tenían hambre de
proyectos de vida y de realizaciones personales. Nada les saciaba la
oquedad que sentían. A lo mejor tenían razón, -pensé en más de una
ocasión-, hay que construir un nuevo mundo más habitable, de abrazos al
alma y de besos compartidos salidos de dentro. La ronda de injusticias nos
roba perfumes que enamoran y la rueda de falsedades nos arrastra como
rastreros. Para colmo de males, se avecina una lluvia de escarabajos,
vestidos de sabios redentores, que todo lo pudren y amortajan, a la sombra
de leyes sin ley, que de no poner sentido natural dictarán sentencia de
muerte con fecha de ejecución. Sólo falta que el entierro sea un festín de
los que vocifera la cultura club, esos leones en furia, a los que advierto
preparados de poner, por mantel, al difunto después. ¡Qué pena la de penar
así!
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Víctor
Corcoba es un escritor que vive en Granada; licenciado en
Derecho y Diplomado en Profesorado de E.G.B, tiene varios libros publicados.

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