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Ante la epidemia de arrogancia que nos invade, las
dudas que tenemos entre la certeza y la incertidumbre, las luchas por
ocupar el primer puesto en todo, la autosuficiencia y autocomplacencia
posesiva, uno quisiera acudir al perfume mágico de las hadas buenas y
poder ahuyentar el hedor que se respira. Hay sed espiritual en el mundo y
hambre de amor. Se nos dice que hemos de pensar globalizando, pero luego
se actúa con los particularismos. Ya quisiera encontrar el hada que nos
llevase a la búsqueda encantada de lo auténtico para resocializarnos con
la armónica naturaleza y sus invisibles ciudadanos. Aquí, en la tierra del
poder, hemos llegado a todos los puntos del odio posible y la sensación es
oscura y de miedo. Existen demasiadas puertas en un universo abierto y
desmedidos muros que nos separan. Así crece a pasos agigantados el mercado
armamentístico. Sin ir más lejos, los españoles hemos aumentado en más del
doble la venta de armas desde el dos mil, que ya es decir.
Por otra parte, el traumatismo de los atentados del
11-M está lejos de haber cicatrizado en la mente de los españoles. Hemos
perdido la identidad del valor, el coraje de plantar cara y sembrar
verdades, la furia de luchar con el verso y la palabra. No en vano, somos
los europeos más preocupados a propósito de una posible amenaza
terrorista, según un estudio internacional elaborado por «Le Figaro». ¿Qué
hay, pues, que nos pueda llevar a la paz interior? Una sola y única cosa:
las buenas vibraciones de lo armónico y comprensivo. Somos parte de ese
aire que sopla, de la lluvia que nos empapa, del sol que nos rejuvenece,
de la luna que nos confiesa los secretos de la noche y de tantas estrellas
bañadas por las aguas siderales. Explorarse, en ese firmamento de
sagrarios íntimos, ayuda a vivir y a beber una gozosa comunión de
sensaciones alentadoras. Las dolencias del sentimiento sólo se curan con
la ternura de los abrazos y los labios del verso empapados de alma.
En el universo de las hadas bondadosas nada se deprecia, todo se consensúa
y propone, en sintonía con un estado de ánimo que rechaza la razón fría,
calculadora e inhumana. Ya me gustaría poder enviar tipos así, tocados por
la magia de la generosidad, a platicar en aquellos foros, bautizados como
de radical nacionalismo, que son toda una fauna de bárbaros dispuestos a
imponer sus ideas con uñas y dientes como generales en misión. El tufo de
aires envenados que nos rondan, precisa el movimiento de los espíritus del
aire que nos limpien las atmósferas, del viento que tras la tempestad
viene la calma, de los bosques y de las flores para purificarse, y
escuchar las voces de las hadas, aunque sea en sueños, que los sueños vida
son. Estas criaturas fantásticas han estado presentes en la imaginación
desde la noche de los tiempos. Celtas, griegos y romanos ya les rindieron
culto y les consagraron altares. Convendría volver a ellas, sobre todo
para regenerarnos de tantos valores perdidos y de tantas conciencias
rayadas. Su filosofía es toda una piedra filosofal de hondura y genialidad
que contrarresta el maquillaje de lo superficial y mediocre, tan actual y
tan vivo hoy en día.
Desde que los abuelos han dejado de leer cuentos de
hadas a sus nietos, y toda la familia —cada miembro en su dormitorio— se
emborracha de televisión, los niños crecen entre violencias y violaciones,
con historias falseadas y degradantes. ¿Qué no existen las hadas? ¡Eso es
lo de menos! Lo demás está ahí, esos deseos imposibles que pueden hacerse
posibles, ese mundo imaginario repleto de enseñanzas como experiencia
interior, que nos orientan en el camino a seguir para hacerse mayor a
través de distintas secuencias encadenadas para organizar mejor el
desorden del pensamiento y dominar sentimientos. Guiados por el poema
eterno de «érase una vez...», la vía láctea de la imaginación comienza sus
andanzas, repletas de aventuras y desventuras, con unos personajes que
transmiten una cultura de principios y una sabiduría poblada de emociones.
Habría que poner de moda el cuenta cuentos de siempre,
volver a la lectura del mundo de las hadas —la televisión podría ayudar—
como respuesta a tantos anhelos de vida perdidos ¿Qué lance puede ser más
grande que soñar? Por desgracia, las sombras amenazadoras de la realidad
superan la
ficción, la de una cultura que niega el respeto de la vida en cada una de
sus etapas; la de una indiferencia que condena a la pobreza a cuantos
nacen en la marginalidad; la de una búsqueda científica al servicio
egoísta del más poderoso... Hemos perdido tantos niños en el camino —un
total de doscientos mil mueren al año (quinientos cuarenta y siete al
día), debido a las guerras y actos terroristas que ensangrientan el mundo,
según un informe de Unicef destacado por la diputada italiana Tiziana
Valpiana—, incluso el propio que llevamos dentro cada uno de los adultos,
que el punto de encuentro, podría ser un cuento escrito por todos y para
todos, desde la vida y para la vida, con una hada que nos hiciese hombres
nuevos en un mundo viejo.
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Víctor
Corcoba es un escritor que vive en Granada; licenciado en
Derecho y Diplomado en Profesorado de E.G.B, tiene varios libros publicados.

FOTOGRAFÍA: Pedro M. Martínez Corada ©2004
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