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Algo más que palabras
por Víctor Corcoba Herrero

Un día que ni es inhábil
Al igual que todos los años, el célebre día del
libro, se viste de esperanza aunque la decepción sea manifiesta. Con tanta
barriga alimentada de anhelos, servidor participa la suya. Si es tan importante
el día, hagámoslo inhábil. Además, si en verdad somos tan seguidores de
Cervantes, acrecentando unas horas más de ocio en nuestra agenda de vida,
también estaremos ganando tiempo para la lectura. Incluso para llevarse una hoja
impresa al iris del corazón, se precisa una buena dosis de calma y, sobre todo,
olvidarse del reloj que marca las horas de curro. Ni ociosidad pero tampoco
estrés laboral. En nuestro país, para conmemorar esta casi siempre empachosa
verbena pueblerina, endosada por decreto para quedar bien, lo que hace a veces
es el efecto contrario, pasar y no fraguar, incluso más bien repele, al ver las
imbecilidades que dicen algunos mediocres oportunistas, luciendo sus mejores
caretas a cambio de prebendas. La riada de actos, donde el bochorno campea a sus
anchas, es manifiesta. Parece como si todo el mundo quisiera dejar patente su
amor al libro, aunque luego haga el ridículo presumiendo de lo que carece, de no
haber leído nada en su vida. Eso se percibe, lo de haber llevado consigo siempre
un libro a las manos, imprime otro saber estar muy distinto al desfile fingidor.
Lo innegable es que la avalancha de convocatorias nos atosiga como si se fuera a
terminar el mundo mañana. Hay guindas por doquier, verdaderamente verdes al
citado culto, aunque nos asalten y quieran que hagamos presencia, bulto
alrededor del redil, lejos de la cultura libre del libre pensador, puesto que
llevan implícitamente intereses más mezquinos que literarios, insípidos antes
que ingeniosos, aburridos a más no poder.
El aburrimiento espanta, no puede existir donde
quiera que haya una reunión de buenos amigos. Nada cambia, todo es absurdo. Los
mismos actos, las mismas actividades. Todo por decreto. Las mismas caras de
sosos recogiendo aplausos simulados, idénticos escenarios estúpidos por donde
desfila la torpeza y rara vez la lucidez. Así no se transmite conocimiento
alguno y mucho menos se puede llegar a la estación de que «leer es viajar por
uno mismo». Ahí está el que debiera ser el más prestigioso galardón de la
literatura en lengua española que no acaba de despegar, que tampoco se hace
pueblo y puebla al pueblo de sus enseñanzas, que nada le dice al pueblo, que
dista muy mucho de estar a la altura ingeniosa de Cervantes. Va siendo hora,
para avivar la lectura se precisan otros espacios más auténticos, otros
protagonistas, otros planes de enseñanza, actividades menos protocolarias y más
del día a día. No se puede pretender entusiasmar al pueblo con la lectura si
luego en el escaparate de los líderes lectores, se presenta tácitamente, o con
total descaro, que leer es un hecho singular, clasista, cuando ha de ser un
hecho cotidiano, de fácil acceso y más barato que una caña. La imagen del señor
aburrido, niño de papá que lee porque es cuestión de clase, hay que desterrarla.
Precisamente el día del libro puede ser un buen día para borrar todas estas
etiquetas y comenzar a que realmente se produzca un cambio; canje que es posible
poniendo al alcance de todos un libro, y si ha de costar algo que sea como una
barra de pan, donde el pueblo se sienta protagonista y no el poder, para que
pueda sentir las mieles del placer lector.
Para que a uno le apetezca la lectura solitaria,
tiene que sentirse primero bien acompañado. Entonces lo recordará siempre. Será
como ese amigo fiel. Quizás los medios de comunicación deberían incluir más
páginas informativas y formativas, en sus espacios impresos, radiofónicos o
televisivos, dedicadas a libros que uno ha de leer, a libros que uno ha de
intentar comprender, y a libros que uno ha de huir de ellos por mucho respaldo
editorial que tenga detrás o firma que lo haya engendrado. El discernimiento de
compañero de viaje es básico. No tenemos tiempo y menos para perderlo en
bajezas. Por ello, veo interesante la explosión de los clubs de lectura que, al
parecer, se han multiplicado exponencialmente, sobre todo en la comunidad
catalana. El que exista foros de Internet con un canal de comunicación con
lectores de todo el mundo que puede acceder a salas de lectura, también me
parece otra herramienta atrayente. Ser buen lector no es fácil. Los libros
siguen siendo caros. Las bibliotecas de pueblos y ciudades aún dejan mucho que
desear y, lo que es peor, no suele ser cuestión prioritaria. Debieran estar
abiertas, cuando menos con horario de cafetería o farmacia de veinticuatro
horas. Dado el déficit, sería saludable que el Estado aumentase, en colaboración
con Ayuntamientos y Comunidades Autónomas, los puntos de acceso a Internet en
bibliotecas, organismos públicos o entidades asociativas. Mientras sí o mientras
no llegan las bibliotecas a ser presencia en todos los barrios y pueblos, es de
justicia cervantina potenciar las bibliotecas itinerantes que favorezcan el
acceso y fomento de la lectura a todo bicho viviente.
El hábito de la lectura no se improvisa, ni se
adquiere celebrando por todo lo alto el día del libro, sino gradualmente, día a
día. Seguramente sin tanta parafernalia. Algo falla. Si cerramos el libro de la
naturaleza y pasamos de sus páginas, lo que se ha dado por gratuidad, con mayor
motivo pasaremos de leer un libro que nos cuesta un riñón y la mitad de otro. El
proverbio hindú de que «un libro abierto es un cerebro que habla; cerrado un
amigo que espera; olvidado, un alma que perdona; destruido, un corazón que
llora», debiera ser mandamiento de familia y llave maestra en la desvirtuada
educación para la ciudadanía. Corolario final: España ni tiene tantos lectores
ni sus bibliotecas tantos recursos como se dice. ¿A ver, quién lleva en el
bolsillo un libro a diario? Por otra parte, y dado que la sombra de Cervantes
también cobija al autor, otra interrogación: ¿por qué hay autores excelentes que
podrían sentar cátedra, porque escriben bien y dicen mucho sus libros y, sin
embargo, nadie les conoce ni reconoce? Qué casualidad: son los que no están
casados a poder alguno, sino en conflicto contra el injusto poder, formados a
golpe de vida y trabajo. La verdad del escritor —lo dijo Cela y servidor lo
ratifica— no coincide con la verdad de quienes reparten el oro. Lo cierto es que
se suben al altar a pocos escritores cuyo único interés es la humanidad y ser la
voz de los sin voz en un mundo de privilegiados o de títeres que bailan al son
del poder de turno.
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Víctor
Corcoba es un escritor que vive en Granada; licenciado en
Derecho y Diplomado en Profesorado de E.G.B, tiene varios libros publicados. 
Imagen inicio: Pedro M. Martínez

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