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Algo más que palabras
por Víctor Corcoba Herrero
Los actuales corazones
de piedra
Ya en su tiempo un escritor francés,
Jacques Duclós,
consideró el lenguaje del corazón como algo universal. Apuntó que sólo se
necesita sensibilidad para entenderle y hablarle. También los santos padres del
mundo católico consideraron como el pecado más grande del mundo pagano su
insensibilidad, la dureza del alma; hasta el punto que hacerse cristiano, era
como un desprendido sello para recibir un corazón de carne, un corazón sensible
al sufrimiento de los demás. A veces, pienso, lo saludable que sería para
Europa, ya que el universo de las lenguas es su gran riqueza, tomar esta otra
rúbrica sensible, de expresión interna, como tinta de patrimonio europeísta.
Seguramente, entonces, el desarrollo sería más equitativo y honesto, habría más
corazones abiertos y menos bandejas de egoísmos en la mesa del mundo.
Quevedo que se hizo mayor en la Corte rodeado de
potentados y nobles, ya que sus padres desempeñaban altos cargos en Palacio,
esto no fue óbice para tener claro el lenguaje que le cautivaba. La pureza de
los latidos sobre todo lo demás. «Los que de corazón se quieren, sólo con el
corazón se hablan», poetizó a los cuatro vientos. Si hoy viviese este amante
de la justa retórica y de la acertada sátira, ignoro si se quedaría de piedra
por este caminar al revés de lo natural, pero lo que si intuyo es que tendría un
memorial de temas para acrecentar su paisaje de leyendas y su paisanaje de
nombres. Una sola piedra sigue desmoronando un edificio, pero es que son muchas
pedradas las que a diario lanzamos al cuerpo del vecino. A esta sociedad le
falta tino y le sobra fuerza. Lo que importa es el motor de la economía. La
puesta a punto es diaria. No así el motor de los derechos humanos que sólo se
engrasa de palabras, que nada dicen, porque no pasan por los labios del
corazón.
No sé si por culpa de los actuales corazones de
piedra, aumentan los males del mundo, pero la verdad que causa pánico el
informe de la ONU sobre el cambio climático. Nos concreta una fecha fatídica
para España, el 2020; o lo que es lo mismo, el veinte más veinte, que me
recuerda los años de escolar
cuando nos cantaban las cuarenta por haber hecho una fechoría. En cualquier
caso, las travesuras al medio ambiente están a la orden del día. Y en esto,
como en todo, quien esté libre de pecado que tire la primera piedra. Al parecer
se vislumbra un futuro apocalíptico. La tierra será transformada por nuestros
malos humos. Esta sociedad que tiene tiempo para las maldades, pero a la que
siempre le falta tiempo para sensibilizarse, debería hacer algo por frenar
poderes que contaminan. Desde luego, la purificación no pasa por hacer nuestro
el refranero: ojos que no ven, corazón que no sienten; entre otras cuestiones
porque «no habrá ningún lugar al que correr y ni en el que esconderse»,
según dice
Stephanie
Tunmore, responsable de la campaña de Energía y Cambio Climático de Greenpeace
Internacional, en Bruselas.
Sanear la fuente de la vida, pienso que es un
asunto de corazón. Y creo que nos hace falta poner a buen recaudo el universo de
los latidos. El conocimiento puede advertirnos sobre aquello que conviene
evitarse; pero sólo la fortaleza del mundo que ha tomado el corazón como valor,
puede hacer el sueño realidad. Alguien dijo que el espíritu mueve montañas, y es
cierto, las batallas del corazón jamás derraman sangre, porque hacer el corazón
es nacer a la poesía. O sea, a las bondades de la templanza y a la autenticidad
de la vida. De siempre el equilibrio mental, el juicio recto, el valor moral, la
audacia y resistencia, ha sido un poema irrepetible. Por el contrario, los
excesos siempre nos han pasado factura. Con razón los definió Quevedo como el
veneno de la razón; envenenan y envilecen las más saludables atmósferas. A mi
juicio, en vista de lo visto, esta sociedad a la que le apasiona moverse en la
frontera de los desenfrenos, creciente en atropellos y decrecida en sentido
común, me parece que debería tomar otro rostro y otros rastros más humanos. Por
encima de cualquier diferencia de lengua, nacionalidad o cultura, campea un
aparente bienestar socioeconómico dominador (y dominante), que nos deprime más
que nos sacia, y la evidencia de muchas soledades dolorosas. Quizás todo esto,
sea fruto de un corazón de piedra en un corazón humano. Yo me niego a tomar esa
fruta del árbol que no siente. Me declaro en rebeldía.
Si queremos que las nuevas generaciones puedan
sentirse satisfechas de compartir una identidad cultural de familia europea, que
no existe porque en realidad nos falta espíritu europeísta, o sea un mismo
corazón en un corazón compartido, donde la territorialidad nos importe un bledo
y los intereses queden aparcados, hay que comenzar por otorgarle a todo ser
humano la dignidad que se merece. Lo noticiable no radica en que más de la mitad
de los extranjeros que llegan a la Unión Europea opten por España, aunque
refleje un buen signo de acogida y se nos llene el corazón de júbilo, sino en
analizar los motivos de estos crecientes flujos migratorios. Seguramente si le
prestásemos verdadera ayuda en sus países de origen, que desde luego pasa por
un desarrollo integral, no necesitarían buscarse la vida en otros mundos y las
migraciones dejarían de ser un problema social de nuestro tiempo. Juntos, un
corazón en otro corazón, podemos construir un mundo en todo el mundo; con un
corazón de piedra sólo podemos levantar muros que nos tapien nuestras
vergüenzas.
En cualquier caso, pienso que detestar la
estupidez y desactivar amenazas, pasa por dejarnos escuchar y entender lo que
nos dicta el órgano que no se ve, pero que se siente y nos acompaña, desde el
primer verso de vida hasta la última estrofa que recitamos. No es un mal
desatino tratar de mirar y ver con el lenguaje del corazón. Estoy seguro que
cambiarían muchas cosas. Para empezar, haríamos menos exigencias de poder y más
donaciones de servicio. Algo es todo; como todo ha de ser el espíritu que nos
mueve. Mal se estremece una piedra. No puede comprender a los demás, porque no
siente ni su propio pulso.
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Víctor
Corcoba es un escritor que vive en Granada; licenciado en
Derecho y Diplomado en Profesorado de E.G.B, tiene varios libros publicados. 

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