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19 de noviembre de 1.924. Yate Oneida, cerca de las
costas de San Diego. En su interior se celebra una fiesta por todo lo alto
organizada por el propietario del yate, William Randolph Hearst: un magnate
de los medios de comunicación que posee 49 periódicos y revistas, 12
emisoras de radio, 2 agencias de prensa internacionales y 1 estudio
cinematográfico, entre otros muchos negocios. Hearst es tan poderoso que su
despacho está conectado, por teletipo, directamente con la Casa Blanca
Fue elegido como diputado demócrata para la Cámara de
Representantes de Estados Unidos, por el estado de Nueva York, en 1903 y en
1905. En 1904 se presentó como candidato para presidente por su partido,
aunque no logró ser elegido. También se presentó para alcalde de Nueva York
en 1905 y en 1909 y para gobernador del estado en 1906, pero nunca se alzó
con el triunfo.
Mientras tanto, Hearst continuó acrecentando su imperio
periodístico hasta controlar en 1927 una cadena de 25 periódicos en las
principales ciudades de Estados Unidos. Desarrolló la International News
Service, una agencia de prensa.
¿Que importa pues, que la parábola lúcida e intensa,
acerca de la soledad del poder, del fracaso como ultimidad de todo proyecto
humano, perpetrado por Welles en esa obra maestra que sigue siendo «Citizen
Kane», se nutra sólo de los aspectos auténticamente biográficos de un hombre
a partir del cual el mundo comenzó a girar sobre sus goznes, como si fuese
el descubridor de algo que sería el principio o el corolario, de lo que hoy
llamamos cultura planetaria o globalizada, y que, al mismo tiempo, haya sido
el maestro de este modelo seudo-republicano que oculto bajo la máscara de la
democracia, mienta otras formas de totalitarismo —el
de los «mass-media»— operadores de otras formas
de esclavitud y de dictadura y de aquello que Heidegger llamaba «el acodo de
lo público, lo privado»?
Orson Welles sabía a lo que se arriesgaba y bastó que
Hedda Hooper visionara el copión de «Ciudadano Kane», para que Hearst
lograra impedir que la película no se estrenara durante más de un año, hasta
que una sola sala de cine se animara a exhibirla, convirtiéndola para un
sector de la sociedad norteamericana en uno de los mejores filmes realizados
hasta el momento, mientras la xenofobia de los sectores conservadores
trataban de ensañarse con ella, leyendo los Editoriales de Hearst como los
alemanes más tarde iban a leer «Mi Lucha». Los fracasos de Hearst desde el
punto de vista político carecen de importancia: en sus periódicos escribía
su amigo Goering, pues según él, Hitler no cumplía con lo que prometía.
Hearst, Goering y Hitler.
«Escribir sobre lo que denominó Hannah Arendt como los
orígenes del totalitarismo es hoy en día algo más que el ejercicio de una
disquisición académica. No se trata sólo de explicar ese fenómeno
característico del siglo XX, que tuvo sus expresiones más marcadas en los
regímenes totalitarios de Stalin y Hitler, sino de ver como se ha hecho
extensivo a otros regímenes situados en diversas latitudes del planeta».
Además, lo que se olvida de modo común es que la
necesaria desaparición de los partidos políticos o los parlamentos que
Arendt avizoró, debían tener nece-sariamente como respuestas tanto en el
nazismo como en el comunismo, movimientos que apuntaban a su destrucción,
pero que cobraban forma a partir de las organizaciones mafiosas que operaban
en los Estados Unidos.
Ello fue constatado por la historia, y hoy los maestros de la
propaganda masiva que busca uniformar y homogeneizar los deseos de las
masas, como tempranamente lo vieran Ortega y Gasset o Spengler, tienen en
Hearts al creador de una metodología, en la que no interesa la megalomanía,
sino el efecto inmediato de la droga de la información.
Goebbels fue su mejor alumno. Hoy el planeta está
cableado por este modo de comunicación. ¿Si él consiguió de Mac Kinley, la
ocupación o de no Cuba, que importancia tiene en un príncipe de la
autopromoción? El capitalismo se nutre de la información, las identidades
que se saben a sí mismas cuando se cumple aquello de «circulo, luego
existo»: este es «cogito» (pienso), de la edad de la desaparición del
sujeto.
Rindamos pues un «homenaje» a quien alcanzara con
Xanadu, tales cumbres del poder, como hoy las opera Ted Turner, pero no
olvidemos en esta edad de penuria, de «carencia» de conciencia critica, del
horror de lo vacuo, aquella frase escrita por Lao Tse hace muchos siglos:
«El exceso es carencia, la carencia es exceso», tal vez ponga en nuestras
manos los hilos que nos conduzcan a explicarnos el porqué de la violencia,
no sólo del hombre contra el hombre sino del mortal contra toda presencia
numinosa.
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