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EL PENSAMIENTO Y LA POLÍTICA
La crisis de la transición y el Nuevo Orden por venir.
por Jorge Majfud
Entiendo que una de las
traiciones más graves al pensamiento es su manipulación por parte de una
ideología. Otra es la demagogia o la complacencia, lo que en textos antiguos se
acusa como «adulación», y tanto da adular al rey como al pueblo, cuando de éste
recibimos el sustento. Pero sálveme Dios de andar por ahí moralizando sobre los
demás.
Si entendemos por ideología a
un sistema de ideas que pretende explicar el vasto universo de los seres
humanos, debemos reconocer que todos, de una forma u otra, poseemos una
determinada ideología. El problema surge cuando nuestra actitud ante este hecho
es de sumisión, de lealtad o de conveniencia y no de rebeldía. Si no estamos
dispuestos a desafiar nuestras propias convicciones entonces dejamos de pensar
para adoptar una actitud de combate. Es decir, nos convertimos en
soldados y convertimos el
pensamiento en ideología, en trinchera, en retórica; es decir, en un instrumento
de algún interés político o de alguna supersticiosa lealtad. Es en este preciso
momento cuando nos convertimos en obediente rebaño detrás de la ilusoria
consigna de una supuesta «rebeldía». Los beneficiados no sólo son los
arengadores de un bando sino, sobre todo, los del bando contrario.
Durante casi toda la historia
moderna, esta prescripción —el individuo anulado en el soldado, en la imitación
de sus movimientos
de mecano— ha sido construida según los códigos de honor del momento: en la Edad
Media, por ejemplo, los «soldados de Dios» se caracterizaban por su obediencia
absoluta al Papa o al rey. Si era mujer además debía obediencia a su marido. El
mártir recibía la promesa del Paraíso o los laureles del honor, inmortalizados
en las crónicas reales del momento o en los cantos populares que alababan el
sacrificio del individuo en beneficio del reino, es decir, de las clases en el
poder. Sin embargo, y no sin paradoja, siempre han sido las clases altas las que
más han moralizado sobre la lealtad del patriota al mismo tiempo que han sido
éstas las primeras en entregar sus reinos al extranjero. Así ocurrió cuando los
musulmanes invadieron España en el siglo VIII o cuando los españoles invadieron
el Nuevo Mundo en el XVI: en ambos casos, las elites de nobles y caudillos se
entendieron rápidamente con el invasor para mantener sus privilegios de clase o
de género.
Desde los primeros humanistas
del siglo XVI, la lucha de clase significó una conciencia nueva, la rebelión del
«villano» contra el «noble», del lector contra la autoridad del clero. Casi
simultáneamente, el pensamiento puso el dedo en otras opresiones ocultas: la
opresión de género (Christine de Pisan, Erasmo, Poulain de la Barre, Sor Juana,
Olimpia de Gouges, Marx y Engels) y de raza (Montesinos, de las Casas, etc.).
Siglos más tarde, se consolidaron los movimientos sindicales, la crítica
post-colonialista y diferentes feminismos. Con excepciones (Nietzsche), la lucha
del pensamiento ha sido hasta ahora contra el Poder. A veces contra un poder
concreto y no pocas veces contra un Poder abstracto.
Muchos de los logros contra la
verticalidad se han realizado con un precio doble: el sacrificio del mártir y el
sacrificio del individuo. La sangre de los mártires libertadores (no vamos a
problematizar este punto ahora) no es despreciable; sus heroísmos, su frecuente
altruismo tampoco. El problema surge cuando ese mártir es elogiado como soldado
y no como individuo, no como conciencia. Y si es reconocido como conciencia se
espera que sus seguidores sólo continúen la obra anulando su individualidad por
razones estratégicas que se asumen provisorias y se convierten en permanentes.
Desde el poder tradicional, la
lógica es la misma. Como escribió Sábato en 1951, la Tumba al Soldado
Desconocido es la tumba del «Hombre-cosa». Los Estados normalmente honran a los
soldados caídos porque es una forma de moralizar sobre el
virtuoso sacrificio a
la obediencia. Desde niños se nos impone en las secundarias el deber de
jurar por «nuestra bandera», prometiendo morir en su defensa. Si bien todos
estamos inclinados a poner en riesgo nuestras vidas por alguien más, el hecho de
exigirnos un cheque en blanco firmado es la pretensión de anularnos como
individuos en nombre de «la patria», sin importar las razones para oponernos a
las decisiones de los gobiernos de turno. Claro que ante esta observación
siempre habrá «patriotas» dispuestos a justificar aquello que no necesitaría ser
justificado si no tuviese algún sentido implícito, como lo es la construcción
del soldado a través de la subliminal moralización del individuo. El proceso no
es muy diferente al que es sometido un futuro suicida «religioso»: antes que
nada se procede a anular al individuo a través de una moralización utilitaria y
con un discurso trascendente que le promete la gloria o el paraíso.
Ahora, alguien podría decir
que, según mi perspectiva, el «revolucionario» es el modelo perfecto de
individuo. A esto hay que responder con una pregunta básica: «¿qué es eso de
revolucionario?». Porque si hay una costumbre en el pensamiento de segunda
mano es dar por asumido los términos centrales. Si por revolucionario
entendernos aquel que sale a la calle a romper vidrieras, enardecido por un
discurso redentor, mi respuesta sería no. O aquel otro que, atrapado en
las viejas dicotomías maniqueístas, ha aceptado como propia la división del
mundo entre ángeles y demonios, entre «ellos los malos» y «nosotros los buenos».
Ese es el perfecto soldado. Dudar de que nosotros somos los ángeles y ellos son
los demonios es una forma grave de traición a la patria o a la causa, al partido
o a la santa religión. Durante los tiempos de la Guerra Fría —que para América
Latina fueron los tiempos de la Guerra Caliente— era común justificar el
asesinato de un obrero o de un cura porque era «marxista», siendo que los
soldados que cumplían apasionadamente con su deber jamás habían leído un libro
de Marx ni habían escuchado las ideas de sus víctimas. Otro tanto hacían los
falsos revolucionarios, tirando bombas en un ómnibus lleno de campesinos
«traidores a la causa» o de «cipayos vendidos al imperio», en nombre de un
marxismo que desconocían. Y otro tanto hacen hoy en día los Mesías de turno,
confundiendo el espíritu de comunidad con el espíritu de masa.
Pero ¿cómo se puede ser revolucionario repitiendo los mismos discursos y las
mismas estrategias políticas del siglo XIX? ¿Por qué subestiman así al pueblo
latinoamericano? ¿Por qué necesitamos tirar piedritas al Imperio de turno para
definirnos o para ocuparnos de nuestras propias vidas, tanto como el Imperio
necesita de la demonización de la periferia para cometer sus atrocidades
(también en masa)? ¿Cuándo aportaremos a la humanidad la creación de
una forma de vivir nueva y propia, de la que tanto reclamaba el
cubano José Martí, y no esos viejos resabios del colonialismo hispánico que
Andrés Bello equivocadamente creyó muy pronto serían superados, allá a
principios del siglo XIX?
La historia está llena de
conservadores fortalecidos por supuestos rivales revolucionarios. En América
Latina podemos observar ciclos de diez años que van de un discurso extremo al
otro y a largo plazo volvemos siempre al mismo punto de partida. Porque la obra
siempre es llevada a cabo por caudillos y el último siempre es presentado como
el tan esperado Salvador. Pero no sólo las viejas dictaduras latinoamericanas se
alimentaron siempre de este «peligroso desorden», sino también las grandes
potencias conservadoras explotaron sabiamente los peligros del margen
desestabilizador para radicalizar sus imposiciones, un (viejo) orden en
peligro. Así, Orden y Desorden resultaron igualmente peligrosos. La
dialéctica del poder, aún en eso que por alguna razón histórica se llama
«demo-
cracia», sería imposible sin su antítesis. Por lo general existen dos
partidos, dos rivales que luchan por el poder y, de esa forma, promueven la
ilusión de un posible cambio. La política tradicional no cambiará nada, como no
fue la política de los papas y de los emperadores que cambiaron el mundo en el
Re-
nacimiento. Suponer lo contrario sería como igualar la historia a una
telenovela, donde los malos y los buenos son tan visibles que nadie cuestiona el
subyacente orden social e ideológico que es reproducido con el triunfo del bueno
y el fracaso del malo.
Lo que la política puede hacer
es retrasar o acelerar un proceso; sus grandes obras casi siempre son retrocesos
a la barbarie. Un tirano puede inventar un genocidio en pocos meses, pero nunca
avanzará la humanidad a la siguiente etapa de su destino. La Reforma luterana
nace en la misma conciencia crítica de los católicos humanistas del siglo XV y
XVI; el mismo feminismo le debe más al Renacimiento —regreso al «hombre» después
de una tradición religiosa y patriarcal— que a las actuales «soldados» que creen
que la mujer es hoy más libre gracias a una acción de confrontación con el sexo
tirano y no a una larga historia de cambios y evoluciones, gracias a la
apasionada mediocridad de una Oriana Fallaci en el siglo XXI y no a una crítica
que tiene siglos trabajando desde diferentes culturas. O como tantos otros
grupos ideológicos que se levantan un día, orgullosos, creyéndose los inventores
de la pólvora.
Entonces, ¿qué paso es
necesario para una verdadera revolución? (Advirtamos que nunca se cuestiona la
necesidad de un cambio radical; porque la realidad es siempre insatisfactoria o
porque esa es nuestra tradición política.) El primer paso —según mi modesto
juicio, está de más decirlo— es una negación: el pueblo latinoamericano
debe romper con el antiguo círculo, negándole autoridad al caudillo, sea este de
izquierda o de derecha, si es que todavía podemos dividir la política de forma
tan simple. Nuestro presente no es el presente de Bolívar, de Sarmiento, de
Getúlio Vargas o de Eva Perón, aunque una narrativa de la continuidad siempre es
atractiva, aunque encontramos Perones por todas partes cada quince años,
luchando entre sí para mantener a la masa en la misma plaza, en el mismo estado
de alienación, renovando la ilusión de la novedad, que es renovar el olvido. En
México dominó durante décadas un llamado «Partido Revolucionario Institucional»;
ahora en Argentina hay «Piqueteros Oficiales». Semejante oxímoron es una afrenta
a la inteligencia del pueblo y una muestra de la efectividad de la masificación
ideológica, casi tan perfecta como la masificación de consumo. Lo único que
permanece son las pasiones y las promesas de redención, pero el mundo y hasta
América Latina son otros. No inventemos la pólvora otra vez. El nuestro es el
tiempo del individuo amenazado doblemente por la alienación del consumo y de la
vieja política, el individuo que ha sido disuelto en la masa y en el
individualismo. Seamos desobedientes a las guerras que otros inventan para
sostener un sistema anacrónico, como lo es la democracia representativa
—representativa de las clases dominantes o de los demagogos de turno—, sostenida
no sólo por un discurso conservador sino por la supuesta amenaza de los
caudillos de antaño. No hay Salvadores. Cada vez que América Latina cree
descubrir al Mesías termina donde comenzó.
El segundo paso, como ya lo
hemos señalado y definido hace años, es la desobediencia. El pueblo, en
lugar de andar peleándose enardecidamente por un candidato o por otro, debería
exigir las reformas estructurales que lleven a la participación directa
en la gestión de las sociedades. Los Estados deben estar penetrados por el
control ciudadano, su gestión debe ser más susceptible de cambios según los
individuos y no según los burócratas de turno. Una forma nueva de referéndum
deberá ser un instrumento habitual, procesado a través de los nuevos sistemas
electrónicos, no como una forma excepcional para enmendar abusos del poder
tradicional, sino
como instrumento central de gestión y control ciudadano.
En una palabra, sacar a la abusada «democracia» del prostíbulo, de un estado de
aletargamiento y devolverle su principal característica: la progresiva
devolución del poder a aquellos de donde proviene; el pueblo. Las decisiones
sobre la producción deben residir en la creatividad de los individuos, de los
grupos comunitarios antes que en los Estados o las grandes compañías
monopolizadoras. La victimización del oprimido debe ser reemplazada por una
rebeldía radical, una toma de acción directa del individuo, aunque sea mínima, y
no una renuncia de su poder en los «padres del pueblo», en esa eterna y
confortable promesa llamada «buen gobierno».
Yo tengo para mí que cada vez
que veo, en Estados Unidos o en América Latina, una encuesta que varía
dramáticamente luego de un discurso presidencial, reconozco que la desobediencia
del individuo aún se encuentra lejos. El individuo aún es material e
ideológicamente dependiente de la propaganda, de las decisiones y las
estrategias políticas que se toman en un salón lleno de «gente importante». Cada
vez que un publicista se jacta de haber llevado a un hombre a la presidencia de
un país, está insultando la inteligencia de todo un pueblo. Pero este insulto es
recibido como el acto heroico de un individuo admirable. Cuando este síntoma
desaparezca, podemos decir que la humanidad ha dado un nuevo paso. Un paso más
hacia la desobediencia, que es como decir un paso más hacia su madurez social e
individual.
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Jorge
Majfud. Escritor uruguayo (1969). Graduado arquitecto de
la Universidad de la República del Uruguay, fue profesor de diseño y matemáticas
en distintas instituciones de su país y en el exterior. En el 2003 abandonó sus
profesiones anteriores para dedicarse exclusivamente a la escritura y a la
investigación. En la actualidad enseña Literatura Latinoamericana en The
University of Georgia, Estados Unidos. Ha publicado Hacia qué patrias del
silencio (novela, 1996), Crítica de la pasión pura (ensayos 1998),
La reina de América (novela. 2001), El tiempo que me tocó vivir
(ensayos, 2004). Es colaborador de La República, El País, La Vanguardia,
Rebelión, Resource Center of The Americas, Revista Iberoamericana, Eco Latino,
Jornada, Centre des Médias Alternatifs du Québec, etc. Es miembro del Comité
Científico de la revista Araucaria, de España. Ha colaborado en la redacción de
Enciclopedia de Pensamiento Alternativo, a editarse en Buenos Aires. Sus
ensayos y artículos han sido traducidas al inglés, francés, portugués y alemán.
En 2001 recibió mención del Premio Casa de las Américas, Cuba, por la novela
La reina de América. Ha obtenido recientemente el Premio Excellence in
Research Award in humanities & letters, UGA, Estados Unidos, 2006.
PÁGINA WEB DEL AUTOR:
http://majfud.50megs.com/
Imagen de obelisco: Claudio Attardo; de una de sus
muestras de fotografía en Margen Cero. (Ver
muestra)

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