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La mezcla de temor
y respeto ante el poder del médico es inherente al ser humano desde la más
remota antigüedad. Las tribus primitivas ya rodeaban a los chamanes,
encargados de curarles y de descubrir enfermedades, de un halo de misterio
y de magia. En el caso de los ginecólogos y los urólogos ésta sensación se
ve acrecentada por el sentimiento de pudor que nos invade ante la
obligación de desnudarnos y exponernos a la exploración y respuesta sobre
preguntas íntimas que estos especialistas nos plantearan. Nuestros
prejuicios ante el campo de la sexualidad se ponen de manifiesto y esta
experiencia suele ser especialmente incomoda para muchos de nosotros al
considerarla como una vulneración de nuestra intimidad.
Aunque las autoridades competentes están llevando a
cabo campañas de concienciación sobre la necesidad de hacerse revisiones
periódicas y se ha demostrado que en la mayoría de los casos en que el
cáncer de mama, de próstata y de ovarios es detectado precozmente, hay un
alto índice de posibilidades de que remita, los españoles somos reacios a
acudir a un ginecólogo o un urólogo a no ser que tengamos problemas. Quizá
cuando es demasiado tarde y sea más difícil encontrar resultados
inmediatos es cuando nos decidimos a dar el primer paso que nos lleva a la
consulta de estos especialistas.
El que consideremos la sexualidad como una parcela de
la privacidad favorece el que seamos reacios a mostrarla ante un
desconocido máxime cuando pertenece al sexo opuesto. El sexo, aunque es
uno de los factores que más condiciona nuestra existencia, es todavía algo
de lo que no se habla en público. Es muy poco corriente que una mujer
cuente aspectos de su sexualidad a un hombre por mucha confianza que tenga
con él; como máximo puede hacer algún comentario con sus amigas más
íntimas.
Las revisiones son mas frecuentes cuanto más nivel
sociocultural tiene el individuo; no obstante, las consultas periódicas
suelen producirse en las mujeres a partir de la menopausia y en los
hombres, cuando en torno a los sesenta años comienzan con problemas de
próstata. Sin embargo, los especialistas recomiendan una revisión por lo
menos una vez al año y las autoridades sanitarias están concertando
exámenes gratuitos con los sectores de alto riesgo como es el de las
mujeres mayores de 65 años.
En otros países es normal que las madres lleven a sus
hijas al ginecólogo cuando aparece la primera menstruación o cuando
comienzan a tener relaciones sexuales. En España, los padres tienen serias
dificultades a la hora de aceptar la sexualidad de sus hijas y esta
práctica es todavía inusual. Las jóvenes y adolescentes que desean
asesoramiento ginecológico tienen que hacerlo en numerosas ocasiones
apoderándose a escondidas de la tarjeta de Seguridad Social de la familia.
Sí tuviésemos una mayor concienciación de que visitar al ginecólogo o al
urólogo debe ser una practica tan frecuente como acudir a cualquier otro
especialista se evitarían muchos embarazos adolescentes y numerosas
enfermedades de transmisión sexual. Sin embargo, todavía nos queda mucho
camino por recorrer. Si hasta hace pocos años la compra de preservativos
era un hecho embarazoso para una gran parte de la población y éstos no se
adquirían en farmacias sino en sitios donde uno pudiera pasar
desapercibido, es fácil suponer que, aunque en las generaciones más
jóvenes y más preparadas esto se está paliando, la sexualidad sigue
suponiendo una fuente de complejos y prejuicios para sectores muy amplios
de la población que todavía tienen reparos a la hora de hablar de ella y
la consideran la parcela más privada de su vida.

Gardien, Claude Martin.
Traité complet d'accouchemens et des maladies
des filles, des femmes et des enfants. Nouvelle éd., rev. et corr. A
Paris: chez Crochard,
[chez] Gabon, 1816.
Hasta hace relativamente pocos años se tenia la imagen
de que una mujer que acudiese con frecuencia al ginecólogo debía de tener
una vida promiscua y era impensable que una mujer virgen se hiciera una
revisión. Esto provocaba que la mujer no visitase al ginecólogo hasta que
tenía el primer hijo. De este modo la mujer asociaba el ginecólogo
solamente con los embarazos.
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Según el doctor Isidoro Bruna, Jefe de la Unidad de
Reproducción del Hospital Monte Príncipe, a pesar del masivo acceso de la
mujer a mayores niveles de formación cultural, ésta continúa sintiéndose
especialmente vulnerable ante la visita al ginecólogo, ya que piensa que
se está invadiendo una parcela de su intimidad. Cuando una mujer acude a
la consulta de un especialista en ginecología, explica el doctor Bruna, se
enfrenta a tres problemas principales: el pudor, el temor a la enfermedad
y el miedo a ser tratada rudamente. Sin que haya algún motivo aparente,
las mujeres piensan que un hombre va a ser menos delicado con ellas que
una mujer, ya que todavía, erróneamente, se sigue pensando que la
sensibilidad es un atributo femenino mientras que la rudeza lo sería
masculino.
Batas blancas con las que cubrirnos, biombos y la sutil
preparación de la enfermera son absolutamente necesarias para
introducirnos en la antesala de esta experiencia en la que permitimos que
un extraño «hurgue» en nuestras entrañas. Hasta la postura, similar a la
del paritorio parece incomodarnos y nos obliga a sentirnos pequeñas e
indefensas. En ese momento nuestro cerebro se bloquea y nos es difícil
percatarnos de que el profesional que nos va a examinar está acostumbrado
a hacer su trabajo, ignora nuestra desnudez y será lo más delicado posible
en la exploración que, si nos relajamos, no tiene por qué ser dolorosa.
Según Isidoro Bruna si la descargamos psicológicamente,
la visita al ginecólogo debe ser tan rutinaria y corriente como visitar a
cualquier especialista; son tan sólo los prejuicios que rodean al sexo, lo
que hacen de ella algo que nos incomoda.
«Las pacientes que vienen a mi consulta en la mayoría de los
casos lo hacen acompañadas de su marido, de algún familiar o de alguna
amiga», señala el doctor. Esto supone un intento de reforzarse; no en vano
el sentido del pudor ha sido especialmente inculcado a las mujeres y el
campo de la sexualidad ha sido tabú hasta hace apenas unos años.

Si hasta hace relativamente poco tiempo la mayoría de
las parejas mantenía relaciones sexuales en la oscuridad y a las mujeres
les incomodaba incluso desnudarse delante de su marido, podemos
percatarnos de que por mucho que hayan cambiado las cosas, para muchas
mujeres resulta especialmente violento someterse al examen de un
ginecólogo; mostrar a un extraño, sobre todo si éste es hombre, su parcela
más intima y privada.
«Todavía recuerdo
—comenta el ginecólogo—
el caso de una adolescente que
vino a mi consulta acompañada de su madre. Me vi obligado a preguntarle si
tenía relaciones y ésta, presa de su nerviosismo, y de la incomodidad de
tener que contar su vida sexual ante su madre me respondió que de qué
tipo. Seguramente si hubiese ido a hacerse un análisis o a someterse a una
extracción dental no se hubiese sentido tan violenta».
El desconocimiento y la falta de información, explica el doctor Bruna,
hace que muchas mujeres tengan la creencia errónea de que las citologías y
las ecografías son experiencias dolorosas e incómodas y esto les hace
renuentes a acudir a la consulta del especialista y cuando lo hacen, su
propio nerviosismo les hace estar tensas y complicar practicas sencillas
que no tenían por qué suponer molestia alguna.
Para Isidoro Bruna el sentido del pudor; el considerar la exploración
ginecológica como algo que escarba en su yo más íntimo no está mitigado en
las pacientes de mayor nivel sociocultural, simplemente éstas puede elegir
el sexo de su ginecólogo y generalmente se decantarán por una mujer.
«En la actualidad
—continúa el doctor Bruna—
hay un movimiento sociológico,
que se produce sobre todo en los sectores de la población más jóvenes y
más preparados, en el que las mujeres prefieren acudir a ginecólogas. Hace
apenas veinte años era impensable que una mujer confiase una revisión
importante y sobre todo una intervención quirúrgica en alguien de su mismo
sexo. La discriminación sexual estaba presente una vez más y los
especialistas varones gozaban de mayor prestigio y reconocimiento. En este
momento, aunque los hombres siguen ocupando los puestos de mayor
relevancia, como las cátedras y las jefaturas de sección, las ginecólogas
cada vez van adquiriendo mayor credibilidad ya que las mujeres piensan que
es más fácil crear con ellas un vínculo de complicidad. Posiblemente en el
futuro la ginecología sea un campo exclusivamente femenino».
Virginia acude al Hospital Monte Príncipe a hacerse una ecografía, ya que
está esperando su primer hijo. A la incomodidad de no haber podido orinar
en dieciséis horas se une el temor a que pueda haber alguna anomalía y el
sentimiento de pudor ante algo que desconoce pero que va a invadir su
espacio más íntimo. Afortunadamente, confía en el doctor Bruna, y su
marido va a estar presente en todo el proceso al igual que en el parto.
Sin embargo pasado el embarazo y a no ser que tenga irregularidades en la
menstruación, que al explorarse note bultos raros en el pecho o que tenga
síntomas que le induzcan a pensar que tiene alguna patología, es difícil
que vuelva por su consulta con la asiduidad deseable.
Para el doctor Bruna es muy positivo que los hombres se involucren cada
vez más en la sexualidad de sus parejas pues de este modo la mujer se
siente acompañada y se encuentra menos vulnerable ante las exploraciones.
En opinión de este especialista los prejuicios a la hora de elegir un
profesional de la ginecología están infundados. «Conozco
—asegura—, mujeres
menos receptivas que el menos sensible de los hombres. Afortunadamente
—añade el doctor Bruna—, si una mujer se siente en buenas manos; si el
ginecólogo es capaz de trasmitirle seguridad, sus temores iniciales se
quedarán atrás».
Aunque esto últimamente se está superando, otro de los problemas añadidos
que se dan en la consulta de un ginecólogo, según expone este
especialista, es la falta de autonomía de la que adolecen todavía las
mujeres a la hora de tomar decisiones sobre su sexualidad: anticoncepción,
intervenciones, tratamiento... Muchas de las mujeres carecen todavía de
falta de independencia económica y muchas de ellas ni siquiera la tienen
afectiva. De este modo se ven forzadas a que su pareja decida en temas
personales como cuántos hijos tener, en qué momento, cuál es el mejor
método anticonceptivo, etc...
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Los prejuicios de los hombres a la hora de exponer sus
problemas genitales ante una mujer son más fuertes incluso que los de las
mujeres. En Madrid hay apenas una docena de urólogas y la mayoría de ellas
se dedica al campo infantil o trabajan en la Seguridad Social, donde el
paciente no puede elegir. Los complejos y traumas que los trastornos de
origen sexual causan en los hombres son todavía más graves que en las
mujeres. Si un varón no puede ejercer plenamente su sexualidad se siente
menoscabado en su hombría lo que le originará trastornos psicológicos.
Además, el hombre es, por motivos psicológicos, más vulnerable que la
mujer ante la enfermedad.
Según la uróloga Mª Jesús Pérez, del Hospital de
Móstoles, los problemas que afectan a los hombres están íntimamente
ligados al concepto de su virilidad, por lo que cualquier irregularidad en
este ámbito, además del lógico temor ante la enfermedad, supone una merma
de su autoestima como hombre. El hombre tiene que enfrentarse al mito de
la potencia sexual y cualquier merma de sus capacidades le atormenta
porque le daña os estereotipos que se le han inculcado desde la infancia
en los que el hombre tenía que ser muy activo sexualmente.

El hombre, si puede elegir, se siente más cómodo ante
un profesional de su mismo sexo ya que considera que puede entender mejor
sus problemas y sus sentimientos de pudor se ven más protegidos.
Según la doctora Pérez, aquí se unen el pudor y el machismo. El hombre está
acostumbrado a tener, todavía, cierta superioridad ante la mujer y el
someterse a una exploración urológica por parte de una mujer le parece una
situación un tanto ridícula. Al igual que en el caso en que la mujer tiene
que enfrentarse a un profesional del otro sexo, los prejuicios no están
condicionados por el estatus sociocultural.
Otra de las particularidades que presentan los hombres es que en ellos ha
calado menos la idea de la necesidad de someterse a revisiones preventivas
y sólo acuden al urólogo en caso de padecer enfermedades pero no para
controles rutinarios como suelen hacerlo cada vez más las mujeres.
Mariano tiene 50 años y es la primera vez que acude a la consulta de un
urólogo; ni siquiera sabe que la revisión se va a efectuar por el ano, una
de sus mayores preocupaciones es saber si sus problemas de próstata van a
incidir en su potencia sexual, si ésta irá cada vez a menos y de repente
se siente viejo como si los años hubiesen caído sobre él de golpe. En la
consulta del urólogo uno se percata de que la falta de información, el
desconocimiento y los prejuicios de los hombres son todavía mayores que
los de las mujeres y éstos se sienten todavía más indefensos.
Los hombres, a diferencia de las mujeres, acuden solos a la consulta de
urología; en el mejor de los casos con su pareja, pero nunca con otro
hombre. Además es muy extraño que comente ni siquiera con sus más
allegados sus trastornos, el sentimiento del machismo está muy arraigado
todavía en los hombres y para ellos es difícil crear el clima de apertura
que logramos las mujeres ante miembros de nuestro mismo sexo, por lo que
se encuentran todavía más aislados.
Al igual que en el caso de las mujeres, si el hombre se ve en manos de una
buena profesional y ésta es capaz de trasmitirle seguridad, olvidará sus
prejuicios.
Tanto la doctora Pérez como el doctor Bruna consideran necesario que en
los colegios se impartiera la educación sexual como una asignatura en la
que se mentalizara a los jóvenes y adolescentes sobre el que la sexualidad
es tan sólo una función más y por tanto merece la misma atención y
tratamiento que cualquier otra parte del cuerpo. De este modo se evitarían
muchos prejuicios y las consultas a los ginecólogos y urólogos serían
igual de rutinarias que la de otros especialistas.
En opinión de la uróloga y del ginecólogo consultados, todavía existen, y
no sólo en las capas menos favorecidas, numerosas lagunas sobre los
trastornos de origen genital. Sería fundamental
—explican los
entrevistados— que se olvidara el sexo de los profesionales y que tan sólo
se viese en ellos a unas personas encargadas de ayudar a paliar nuestras
dolencias.
Según el doctor Bruna y la doctora Pérez el sexo no capacita para ser
mejor ginecólogo o urólogo. Los dos tienen muchos años de experiencia y
han tenido que granjearse la confianza de sus pacientes a fuerza de
dedicación y profesionalidad. Esto, en opinión del doctor Bruna, es mucho
más importante que el que se trate de una mujer o un hombre. Del mismo
modo que no tenemos en cuenta el sexo de nuestro médico de cabecera es
absurdo que esto nos suponga algún tipo de obstáculo a la hora de elegir
un ginecólogo o un urólogo.
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