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El arte, los premios
y los simulacros
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Óscar Portela
El frenesí, casi el delirio de obtener premios
como sea, porque «ser es circular» y sin circulación no hay fama. La fama a toda
costa. ¿Adónde lleva la fama? ¿Al poder, al dinero? En el caso de los poetas de
lo trivial se pasa a lo infame —y de lo sagrado de una misión—, al terror de la
vacuidad de los fines. Los medios se prestan a eso. Están «a la mano».
Rudolf Eucken y Winston Churchill fueron premios Nobel: Joyce
y Proust, no. En todos los ámbitos la posesión demoníaca está dominada
por el vértigo de la velocidad.
Realizar una obra lleva tiempo, más que el tiempo
de «una vida», pero «Los Premios» acortan el camino. La hoja en blanco de
Mallarmé ya no causa «angustias»: las computadoras se llenan de palabras —las
aún vigentes— y los «escritores» surgen por generación espontánea e inauguran
nuevos tiempos: los tiempos de «la producción a gran escala del producto
literario».
Un ejemplo plausible: los premios literarios
instaurados por los multimedios en Argentina: ejemplo el Premio Clarín,
que permite saltar de la noche oscura del alma a las
marquesinas de los
suplementos lite-rarios, la TV y con más suerte a una adaptación cinema-tográfica, tratán-dose de una no-vela: a la huma-nidad le gusta verse reflejada en el arte
se afirma: habría que preguntarse entonces por qué la condena de los grandes
creadores de todos los tiempos a la locura, las enfermedades incurables o el
suicidio, desde Rembrandt a Van Gogh o Modigliani, hasta los casos extremos de
Holderling, Kleist, hasta Artaud, Fijman, Celan o los desamparos de Beethoven
anciano suplicando préstamos bancarios para terminar La Décima —la gran
ilusión—, hasta Schubert, Schuman y Dvorack y tantísimos otros.
¿De qué arte se habla aquí?
Aclaremos: desde Dostoievky a Kafka, desde Conrad
a Celine nadie quiere verse reflejado en estos espejos. ¿A qué narcisos nos
referimos entonces?
Y cuando las Editoriales tienen lectores que son
gerentes de las multinacionales de la industria del libro, no debemos hablar:
¿qué es Alfaguara sino un dispositivo de marketing para buscar más lectores en
Latinoamérica? Hoy nadie recuerda a escritores argentinos como María Granata,
Marco Denevi, Eduardo Gudiño Kieffer, preferidos de los suplementos Culturales y
las Editoriales Argentinas, cuando éstas lo eran. A partir del boom de
Isabel Allende, la Argentina ha entrado a una zona oscura. Y si Andáhazi existe
es porque se le otorgó un premio Fundación. Duele decir la verdad, pero
lo otro es sólo camelo. Y el arte en verdad no admite simulacros.
Y sin embargo
Sin embargo los escritores de hoy —con fama y
prestigio de elite— jamás estuvieron tan lejos del poder y la tierra a pesar de
la defensa de los «humanismos», de los «manifiestos» y de las «internacionales»
mundanas de escritura testimonial.
¿Adónde se intenta o se quiere llegar? El pasado
está ocluido y también sus poderes, sobre quien intenta renovar el tiempo
presente. El olvido a que está sometida la fama es terrible en la sociedad
mediatizada donde todo objeto de «culto» es sólo un fetiche.
Y sin embargo proliferan los «concursos» y los
Premios nadan en una pecera color Hollywood. Desde Dante, la poesía y el
pensamiento son por esencia «civiles» y por ello los que escribieron lo hicieron
para «hacer vida» —para luchar por y contra sí— en el sentido de desenterrar los
tesoros de la memoria ocultos en los misterios del lenguaje.
Hoy se trata de las «marquesinas», del show
business, de un tiempo paralizado que cree moverse como un rayo. Ya
llegamos, ya llegamos. ¿Adónde? A derrotar a los moros con un jinete muerto en
el caballo.
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ÓSCAR
PORTELA,
nacido en la provincia de Corrientes (Argentina), es
escritor y ensayista. Ha publicado, entre otros títulos, Senderos en
el bosque; Los nuevos asilos; Memorial de Corrientes y La memoria
de Láquesis.
PÁGINA WEB DEL AUTOR: http://www.universoportela.com.ar/

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