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Crónicas desesperadas
de dos ángeles en Sodoma
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Alejandro Maciel

«No es del todo cierto lo que está escrito en un
libro tenido por sagrado, donde se nos imputa haber descendido a censar las
abominaciones humanas en un vecindario donde la lujuria corría pareja con su
pravedad. Bastante ya ha sido tratar con los pecados del cielo; ni Dios, que es
omnipotente podía comisionarnos a la tentación de conocer la culpa antes que la
infracción del deseo.
Lo cierto es que bajamos a la tierra con el edicto
sagrado para exterminar a los injustos junto con los aduladores; a los forajidos
y a quienes observan tan escrupulosamente la ley, que la convierten en una
prisión para sus cuerpos y un suplicio para sus espíritus. La ley se escribió
para igualar a los mortales con los dioses. La misma muerte no es más que una
ley menor.
Era el atardecer, la hora de la mansedumbre cuando
un vapor invisible llena la hora moribunda de sombras y grises, la hora en que
las alhucemas hacen flotar en ese vapor el gusto ácido, opalescente, que
recuerda la omisión de la memoria humana. El sol rojeaba los relieves de las
cuestas mientras Lot se inclinaba a gemir sus plegarias por los justos en el
umbral de su casa.
También es cierto que al entrar en celo la noche,
Lot nos convidó a su mesa, nos hospedó; atendió nuestras fatigas, la sed y el
hambre para demostrarse a sí mismo que todo acto de justicia exige una
privación.
Después, el escrito sagrado lo consigna con
reservas al pudor de sinagogas, templos y catedrales, vino la horda de los
sodomitas, vino el asedio. Secretamente intuimos la fiesta de la carne que nos
amenazaba.
Los hombres y mujeres nada saben de los ángeles;
en cambio, nosotros somos versados en excesos, dolo e indecencias que aprendemos
del rebaño humano y por eso, conocemos a la gente. Todos los disidentes del
Paraíso aprendieron las maquinaciones humanas antes de entregarse a la estafa y
el fraude.
Nuestra fue la idea de instar a Lot a comerciar la
castidad de sus hijas para salvar nuestra honestidad. Nuestra existencia, que
precede a la sucesión del tiempo humano ya conocía el incesto que el relato
describe mucho después del exilio de las ciudades condenadas: Gomorra, Sebohim,
Admá y Sodoma. Pero la turba no aceptó el trato. Colándose por los párpados de
las persianas nuestra pureza esparcía un perfume a infancia. Ese aroma delicado
del pétalo exhalando la llamada del germen encendió el fuego de los ánimos; los
placeres largamente agostados se sacudieron repentinamente, un filo de acero
parecía brillar en la cabeza de la noche, las chispas de su refriega bullían en
el interior de los sodomitas. Todo era fuerza escaldada, humo de bufidos,
sudores y gemidos. Los hombros de los hombres arremetían con fuerza contra la
puerta. Crujían las fallebas rítmicamente como la máquina de los sitiadores
contra los paños de un muro de piedra que se desgaja. Decidimos cegarlos: es
sabido que la visión es aliada de la sensualidad; pero ellos seguían
insistiendo, aullando de deseo y de odios. Intentaron arrastrarnos al vicio por
medio de promesas pero en el cielo nunca creció el árbol del deseo, por esa
razón, tanto nuestra virtud como nuestra perversidad no tienen límites.
Quienes no fuimos amasados de materia en el
tiempo, ignoramos por completo las desesperaciones del porvenir y las
acusaciones del pasado. Lot no parecía entender nuestra misión. Vinimos como
mensajeros; para él éramos simples verdugos, artífices de la catástrofe. Primero
imploró por cien justos ofreciendo canjear la ciudad por su piedad pero buscando
en su memoria no halló los cien. Ofreció diez, tampoco los encontró aunque
revisó escrupulosamente sus amigos y parentela. Ofreció uno pensando que la sola
existencia de la justicia merece la salvación; pidió por un justo, pidió por Lot.
Cerca, más allá de la pendiente reseca gruñía el Mar Muerto. Tuvimos que
explicarle pacientemente a la mezquina luz de alcuzas que
colgaban de las vigas
que ni siquiera un rebaño de justos es suficiente a la hora de limpiar tantas
ofensas; que Dios había creado un mundo generoso en el que ser justo no exigiera
tanto esfuerzo y eximiera de tanto dolor. Que el Altísimo ya había sentenciado;
que la demolición y la hoguera no tardarían más que nuestras dudas que quizás en
las entrañas de la oscuridad el azufre ya brotaba para el exterminio.
Clareaba con tibieza en el naciente cuando salimos
de la ciudad confiscada al mal. A todos advertimos sobre el riesgo de mirar
hacia el pasado, pero la mujer de Lot buscó despedirse de sus recuerdos y volvió
los ojos hacia la muralla fulgurante bajo el cielo furioso que estragaban las
llamas. Dios la convirtió en sal, materia sagrada, odiosa al demonio porque
impide la corrupción de la carne. Nadie sabe que la desobediencia, a veces
santifica. Dios la bendijo premiándola con la perpetuidad: los años y los siglos
rebanarán los riscos, reducirán la piedra al polvo del que está hecha la
criatura humana pero la mujer de sal seguirá observando de pie la dignidad de
los exiliados.
Nadie conoce el pensamiento de Dios, que es
mortífero. Hemos de confesar que después de acompañarlo desde siempre, sin
principios, aún hoy sus enigmáticos designios consiguen sorprendernos.
¿Por qué la lluvia de fuego sobre Sodoma y Gomorra
cuando sabemos con certeza que en otros sitios se comenten males mil veces más
aberrantes, se masacra a los inocentes y se tortura a los justos? Los males, ya
lo aprendimos, son necesarios en el universo desquiciado que sin ellos, sería
imperfecto. Muchos males prestan valiosos servicios: el crimen enseña a valorar
la vida; por el sendero de los vicios llegamos a la prudencia. El odio a la
guerra mantiene la paz. Muchas veces un exceso de lascivia conduce a la santidad
más ascética, como la de Thais de Alejandría y Agustín de Hipona. ¿Por qué
destruir entonces Gomorra y Sodoma, futuros templos de castos?
Hemos de vigilar la historia para descubrir la
respuesta. Intuimos que Lot ya la conoce; por eso se salvó del castigo destinado
a los fornicadores. Y también sabemos que una larga noche fue amante de sus
hijas, y sobrevivió.
No podemos dudar de Dios ni de
su justicia; pero sí de Lot.
(De La salvación después de Noé)
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Alejandro
Maciel, es
Médico psiquiatra y escritor. Nació en Corrientes, Argentina, en 1956.
BLOG DEL AUTOR:
El Blog de Alejandro Maciel
Imágenes: Kone, de Tapio Tuominen
(arriba) / Gustavo Doré, grabado para la Biblia (centro)
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