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A veces, cuando el sol
enrojece los tejados de París en las tardes luminosas que anuncian el final del
invierno, una leve brisa recorre las esquinas de la Île de la Cité, mece
suavemente los toldos de los cafés y tiembla entre las hojas de las revistas
expuestas, junto con los libros de ocasión, a la curiosidad de los que distraen
su ocio junto a las riberas del Sena. Es la hora en la que la Tour Saint Jaques
se muestra altiva y soñadora, como si todavía se oyeran en torno a sus piedras
ennegrecidas por el tiempo, las plegarias de los peregrinos que se congregaban
junto a ella antes de iniciar su marcha hacia la remota Compostela. Nunca el
aire parece más diáfano, y la luz opera mil prodigios al filtrarse por las
vidrieras de Notre Dame y de la Saint Chapelle. Todo nos invita entonces a
desplegar las velas de la imaginación y dejar que esta atmósfera de ensueño nos
transporte a épocas pasadas, cuando estudiosos procedentes de todos los rincones
de Europa llegaban hasta aquí atraídos por la intensa vida intelectual de la
ciudad.
Estamos en pleno siglo XII y París se ha convertido en un núcleo reconocido para
la enseñanza de la teología y la filosofía -una universitas magistrorum et
scholarium- gracias al prestigio alcanzado por maestros insignes como Pedro
Abelardo, hombre extraordinario de vida tumultuosa, autor del método de las
cuestiones, según el cual la verdad debe alcanzarse sopesando con rigor los
diferentes aspectos de la cuestión examinada. Una muchedumbre de jóvenes
ateridos bajo sus sayales remendados, se agolpan en torno a un hombre de aspecto
venerable, joven todavía, que en un latín preciso va encadenando sus argumentos
con habilidad portentosa. El tema que desarrolla gira hoy en torno a la
naturaleza de las especies y géneros, los llamados «universales», que en opinión
del maestro no son más que nombres que carecen de existencia real fuera de la
mente. Otras veces, le han escuchado hablar sobre las relaciones entre la razón
y la fe o acerca de nuevas teorías que pretenden explicar la forma en que el
entendimiento humano es capaz de extraer de las imágenes sensibles la esencia de
las cosas y elaborar juicios. Algunos de los jóvenes que integran la audiencia
se revuelven inquietos en las frías baldosas de piedra, apenas iluminadas por la
luz grisácea que cae desde altos ventanales; les resulta difícil seguir el vuelo
brillante del maestro. Tal vez, se encuentran todavía deslumbrados por la vida
agitada y cautivadora de esta ciudad, verdadero crisol donde el pensamiento se
renueva sin cesar. Una vida, que tiene poco que ver con la existencia monótona y
ordenada que han dejado atrás en las llanuras polacas o a orillas del Báltico.
Es posible también que su conocimiento del latín pudiera bastarles para comentar
las Sagradas Escrituras en los estudios preparatorios de sus ciudades de origen,
pero resulte insuficiente cuando intentan comprender los conceptos que aquí se
manejan. Además, algunos de los compatriotas con los que comparten alojamiento
les incitan con demasiada frecuencia a malgastar su tiempo, y su ya mermada
bolsa, bebiendo cerveza y enredándose con busconas en tabernas malolientes que
abren sus puertas al otro lado del río.
Son años de renovación en los que el mundo occidental busca nuevas formas de
conocimiento que permitan al hombre aproximarse a la compresión de la creación y
de la propia naturaleza divina. Durante los siglos precedentes, el pensamiento
filosófico se ha venido desarrollando en total dependencia con la teología y los
pensadores cristianos han construido sus sistemas a partir de elementos
neoplatónicos, tomando como guía infalible el pensamiento de Agustín de Hipona.
Por otra parte, Aristóteles continúa siendo la referencia fundamental de los
grandes filósofos islámicos de Al Ándalus y Averroes, el más brillante quizá
entre ellos, ha tenido la audacia de declarar abiertamente la primacía de la
razón sobre la fe. Su influencia se deja sentir con fuerza en una ciudad como
París, abierta a todos los vientos, donde sus seguidores cristianos,
interpretando a su manera al sabio de Córdoba, formulan la tesis de que las
verdades conocidas por la razón pueden estar en franca contradicción con la fe.
Empiezan a difundirse traducciones árabes de las obras de Aristóteles, que
incluyen extensos comentarios sobre ciencia natural que producen un efecto
perturbador en los círculos escolásticos, familiarizados sólo con la lógica del
filósofo griego.
Pasan los años. Está mediado el siglo XIII y en las aulas de París resuena la
voz poderosa de Alberto Magno, un dominico ordenado en tierras alemanas que
muestra un profundo interés por los fenómenos naturales y los escritos
científicos procedentes del Islam. Al igual que Vincent de Beauvais, Alberto, el
gran doctor universalis, realiza una ingente labor de recopilación de
conocimientos sobre la naturaleza del mundo y las propiedades de las sustancias,
facilitando la difusión de las teorías sobre la materia heredadas del mundo
antiguo. Su discípulo más famoso, Tomás de Aquino, se empeñará en llevar a cabo
la labor titánica de conciliar la fe y la razón, defendiendo el derecho del
filósofo a investigar los misterios divinos, toda vez que la existencia de Dios
puede demostrarse, según él afirma, de manera racional. Parece como si a la luz
de esta teología natural, el hombre fuera a elevarse hasta rozar la mente
infinita de Dios, pero otros pensadores insignes, como Duns Escoto y Guillermo
de Occam, esgrimen argumentos contrarios a esa confluencia de la razón con lo
sobrenatural; tal como lo entienden ellos, la voluntad divina es inescrutable y
al hombre sólo le resta someterse a ella. Al negar la existencia real de ningún
tipo de universales y afirmar que el entendimiento conoce a los individuos a
través de la intuición, contribuyen además a impulsar la investigación empírica.
El pensamiento medieval ha alcanzado ya el límite de sus posibilidades y la
escolástica languidece, al tiempo que el espíritu humano se muestra cada vez más
dispuesto a sacudirse los vínculos que durante tanto tiempo lo han mantenido
inmerso en un mundo regido por designios que trascienden al intelecto. Se
empieza a vislumbrar la llegada de una nueva era en la que el análisis racional
de la realidad terminará por convertirse en la guía más firme del conocimiento,
y París va perdiendo su enorme prestigio como faro del saber. En el colegio de
la Sorbona, que había sido fundado hacia 1257 para dar acogida a los estudiantes
pobres interesados en la teología, el discurso brillante de los grandes maestros
se va hundiendo poco a poco en el olvido...
El tiempo se nos ha pasado volando y ya los últimos rayos de sol se han
consumido en el tamiz encantado de las vidrieras, dejando a las altas bóvedas
sumidas en la penumbra. Fuera, las torres se contraen con gesto adusto, y los
seres demoníacos que se asoman a la ciudad desde las galerías de la fachada,
parecen contemplarnos con sorna. La catedral, encerrada ahora en sí misma, se
nos antoja un navío fantástico que surca la inmensidad de la tarde dejando atrás
una estela resplandeciente de sueños.
Al cruzar el Sena por el Petit Pont, el estrépito del tráfico nos devuelve
bruscamente a la realidad. Un poco más adelante, nos cruzamos con una multitud
abigarrada de jóvenes que se congregan en las inmediaciones de la fuente Saint Michel. Dos chicas con mochilas a la espalda, se despiden entre risas de un
muchacho desgarbado con aire de intelectual, que un momento después arranca su
moto y se aleja, sorteando el tráfico del bulevar. El aire, cargado de
fragancias en las que se presiente la primavera, se agita con las notas
estridentes de un grupo de músicos callejeros, que atacan con furia ritmos
latinos frente a las terrazas de los cafés. El alma de la ciudad se desborda,
una vez más, por sus calles, convertidas ya en ríos de luz.
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Carlos Montuenga
es Doctor en Ciencias.

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