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Qué
significa
el pensar conmemorativo
por
Óscar
Portela
______________ Fotografía:
Leda Sonia
Sangres Aonzo |
El Arte ha pretendido siempre hacer de la tierra, un lugar no solo
pasajeramente habitable para los hombres, sino segura morada para el espíritu. A fines del segundo milenio de la era cristiana, debemos aceptar
que entre el habitar pasajero y el morar serenamente, existe un abismo de
violencia que no puede ser vencido. Acaso el mismo precipicio a que nos conmina el misterio del espíritu.
Por un lado, el habitar ha sido asegurado mediante el dominio y control de
todo ente, asegurado por el pensar calculador y planificador, que asegura,
y nos asegura, la ilusión de que con el mero uso de nuestras facultades,
incluido el lenguaje, con el solo uso de la razón y la buena voluntad, habremos desterrado el fantasma de lo
provisional. Escuchemos a nuestros hombres de ciencia o a los representantes del espíritu positivo, y
escucharemos a las sirenas que sedujeron a Ulises. Nunca el hombre dispuso
de un cuantum de libertad, incluso de libertad creadora, y de rendimientos
del pensar racional como hoy.
Por el otro, y desde hace mas de un siglo, escucharemos los lamentos que
hablan del eclipse del espíritu, del vaciamiento del centro, el centro alude
a la razón o Dios, y del crepúsculo y la huida de lo divino, y la impotencia
del pensar como única vía de acceso a algo más profundo que el mero instalar
del mundo técnico, esto es el fundar, que permite el morar serenamente del
espíritu sobre la tierra.
Morar serenamente no es morar idílicamente. Es morar en
la celebración conmemorativa. La celebración conmemorativa permite pensar conmemorando,
esto es, pensando en y con aquello que no es mero presente y que puede ser
descontado por el ejercicio calculador de nuestras facultades, incluida la
del lenguaje.
La celebración conmemorativa evita la estéril repetición
porque es una celebración pensante. Y Heidegger nos dice que
«La falta de pensamiento es
un huésped inquietante en el mundo de hoy entra y sale de todas partes». Y
agrega: «Las celebraciones conmemorativas son cada vez mas pobres de pensamiento. Celebración conmemorativa y falta de pensamiento se encuentran
y concuerdan perfectamente». Pero Heidegger nos habla acá sólo del pensar
conmemorativo y no del pensar técnico, que pone en orden, planifica y descuenta.
En cuanto a nosotros, escritores doblemente marginales
en una época a la que Blanchot denominó del «desastre de la escritura, de la escritura como grama,
como huella, como posibilidad de memoria», estamos obligados a rendir cuentas
ante el tribunal de un pensar que rememora, esto es, que piensa junto a por
intermedio de la celebración. La celebración es el tributo del pensar como
celebración conmemorativa y no el mero hacerse presente de un pasado transcurrido o concluido.
El pasado es para nosotros entonces lo que no deja de
venir a nosotros en la celebración y a conminarnos a pensar para hacer posible la promesa de un
morar serenamente en esta tierra.
Ningún verdadero escritor escribe al azar, arbitrariamente o
sólo como exaltación de un nombre. La escritura que es laberinto, pasadizo, misterio
es el día de un dialogo inconcluso. El de un lector que espera ver reproducida su imagen en el espejo infinito de una escritura, que
sólo cumple parcialmente su destino en el inquietante desciframiento de una
lectura, que es y será el fundamento de todo diálogo, la posibilidad de todo
prójimo, el hoy de toda diferencia, el fundamento de todo pensar conmemorativo y de toda celebración pensante.
En una época oscura por demasiado clara, en una época donde la claridad de
la razón puede ofuscar la visión y enceguecer el pensamiento, la literatura
debe ser el día de una tarea anónima, toda verdadera escritura lo es, sencilla y humilde a la vez, en la cual hoy como hace siglos el hombre y en
él, el espíritu, busca hacer de la tierra una morada de paz para la especie.
Este comienzo de milenio conmina pues no sólo a una
escritura complaciente desde el punto de vista de la estética o de los mercados que pueden reducir todo a
lo neutro, a lo trivial, sino a una escritura pensante. Esto es conmemorativa, celebrativa, y no solo militante o
combativa. Este no es sólo un día en que se magnifica una tarea, o una misión. Este es un día en que se
reconoce y se acepta una tarea. Y con ello todos sus peligros. La confusión
de los demás, la ignorancia, la indiferencia o lo que es mas peligroso
aún y es el abismo que nos pertenece, la posibilidad de desaparición de la
escritura como forma o fundamento de nuestra percepción de lo real, de nuestras
cosmovisiones del mundo, de nuestras cosmogonías pasadas o futuras.
En este lugar debe velar el escritor. No hay tumbas pero tampoco hay cunas.
Es un lugar de transición, un anochecer, un alba, una confusión del animo.
Es tal vez por primera vez una nueva forma de ser llamados por la escritura
y su terrible pasado. Es tal vez el único modo de conservar el pasado a
través de la destrucción creadora, para fundar en la celebración conmemorativa del pensar, algo
más que un estar reunidos transitoriamente, esto es, para que pensemos y escuchemos unos con otros, unos junto a otros,
la voz de aquello que constituye la esencia de la memoria, la escritura, y
que no deja en la hora de mayor peligro de venir a nosotros, porque es apelación, porque es gracia que requiere de nosotros algo
más que un pasajero deleite, un apretón de manos transitorio o una promesa de futuro
instalada sobre la utopía de un paraíso realizado a través de la planificación y el
cálculo.
La escritura es noche y no poder, pero es también
humildad y recogimiento y es combate sin sosiego. A las medidas del no poder, de la humildad y el
recogimiento de la celebración conmemorativa, debemos, nosotros escritores,
encomendar el destino del mundo. La globalización totalizadora y homogeneizadora, es la otra cara de la fragmentación y el extrañamiento.
Ambos son la plenitud, la carencia, el nihilismo pleno en cuanto obstructor
y no destructor. Y allí donde crece lo obstructor nada puede construirse.
Mientras el azar de la escritura como guerra y destrucción de lo pasado,
como recepción del porvenir permanezcan a nuestro lado, en el peligro,
«como
peligro mismo», crecerá también la posibilidad de salvación.
En este sentido, este anuario es todo y nada. El símbolo de una voluntad que
clama en el desierto para fundar oasis, con la sola certidumbre de que la
voluntad no basta, si no estamos protegidos por la gracia poética, el sólo
amparo que nos permitirá continuar una obra destinada al olvido de la historia o a la recepción multiplicadora de un futuro creador de otros
mundos y otros horizontes.
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OSCAR
PORTELA, nacido en la provincia de Corrientes (Argentina), es
escritor y ensayista. Ha publicado, entre otros títulos, Senderos en
el bosque; Los nuevos asilos; Memorial de Corrientes y La memoria
de Láquesis.
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del autor
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