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Una carta urgente
Ramón Cabrera Naveiras
Esa tarde
Hans consideró más oportuno no acudir al club. Afortunadamente no tenía
concertada allí ninguna cita y, con el frío que hacía, lo probable era que todos
los socios hubiesen optado por resguardarse en sus casas. Con seguridad, su fiel
sirviente, siempre tan previsor, habría encendido la chimenea con unos buenos
troncos que durarían hasta muy avanzada la noche. Le apetecía sentarse en el
sillón, junto al fuego, y leer un buen libro o repasar sus apuntes con la buena
y única compañía de una copa de brandy. Con esta agradable perspectiva aceleró
el paso, sobre todo porque no llevaba paraguas, los carruajes de alquiler
parecían haber desaparecido y los primeros copos de nieve comenzaban a blanquear
las hombreras de su abrigo. Atravesó a grandes zancadas el parque y en el
estanque se detuvo unos breves segundos, maravillado de la indiferencia de los
patos a las bajas temperaturas. Chapoteaban en el agua, en la que hundían sus
cuellos en busca de alimento, o se perseguían los unos a los otros levantando el
vuelo unos pocos metros entre estridentes parpidos y alborotado batir de alas.
También había algunos cisnes deslizándose en silencio y luciendo orgullosos sus
plumajes blancos y la curva de su silueta. Con su porte aristocrático parecían
despreciar a sus humildes congéneres, ruidosos y nada distinguidos. Hans no pudo
menos que pensar que a los seres humanos igualmente les separaban idénticas
diferencias de clase y de belleza. Suspiró y de nuevo emprendió la marcha. La
nevada era ya muy intensa.
Al entrar en su casa agradeció la calidez del
ambiente. Al fondo, en la biblioteca, las llamas crepitaban vivas y rojizas en
el hogar. Se auguró una velada tranquila y agradable. Felicitó a Björn por
tenerlo todo tan bien dispuesto mientras era ayudado a quitarse el abrigo y la
chistera y preguntaba, como de costumbre, si en su ausencia se había producido
alguna novedad.
—Hay una carta urgente para el señor en el despacho. Por lo
demás, nada digno de mención.
—¿Una carta urgente? ¡Hum! ¿Sabes de quién es?
—La trajo una doncella, de parte de su señora, hará un par de
horas. Pero no dijo su nombre y yo consideré que no era de mi incumbencia
preguntárselo.
¡Una carta urgente de una dama! Normalmente las urgencias venían de
su editor, pero de una mujer...
Sorprendido intentó imaginar de quién podía ser. Sus
relaciones femeninas no sólo eran escasas si no que, además, mantenía con ellas
un trato muy esporádico. Frunció los labios, picado por la curiosidad.
—Sírveme un brandy —ordenó a Björn.
Sobre la mesa, en efecto, encima de unos libros,
vio un sobre de color rosa pálido. Al cogerlo, un delicado perfume a violetas lo
envolvió. No necesito más para adivinar quién era la remitente. De entre todas
las mujeres que conocía únicamente ésta le interesaba de veras. La alegría hizo
que el corazón le saltara de gozo en el pecho. Sí, sus iniciales, H.C.A, estaban
escritas en grandes trazos limpios y seguros en el anverso. En el reverso, con
caligrafía menuda, el nombre de ella: Jenny Lind. La suponía en Viena, cantando
el Don Giovanni. ¡Ah, de nuevo estaba en Copenhague! Ninguna noticia podía
satisfacerle más que saberla tan cerca de él. ¡Querídisima amiga! Se hizo con el
abrecartas y comenzó a rasgar el sobre con cuidado. Dentro, una cartulina
impresa mostró su borde marfileño. Despacio, comenzó a extraerla con los dedos
índice y pulgar. Pero Hans no tuvo necesidad de leer todo su contenido. Las
cuatro primeras líneas bastaron para que, como la hoja muerta desprendida de un
árbol, el sobre le resbalara de la mano y cayera sobre la alfombra. Aturdido
buscó su sillón, en el que se dejó caer pesadamente, casi sin fuerzas. Las
sienes le retumbaban. Sus pensamientos eran ahora tristes y confusos y
retrocedían hacia un pasado lejano en el que por vez primera, emocionado,
escuchó en Estocolmo la voz de Jenny alcanzando los más altos registros en el «Exsultate,
jubilate» del Réquiem de Mozart. Fueron presentados y desde entonces entre ambos
se fraguó una hermosa amistad que Hans cultivó con la esperanza de que llegase a
ser íntima y duradera. Los recuerdos, atropellándose, acudieron a Hans durante
largo rato, hundiéndole progresivamente en la desilusión y el pesimismo. Sumido
en ellos tardó en darse cuenta de que Björn había depositado la bandeja con el
brandy a su lado y que, servicial, le tendía el sobre que había recogido del
suelo.
—Posiblemente al señor se le haya caído —le oyó decir.
Hans, con un gesto, lo rechazó
y comunicó a su sirviente que deseaba estar solo. Cuando Björn se hubo ido dejó
que su vista vagara perdida por la habitación, intentando concentrarse en algo
que alejara de su mente la terrible noticia que anunciaba, de forma inesperada,
la boda de Jenny Lind. Fue durante ese recorrido visual que vio reflejada su
imagen en un gran espejo colgado de una pared. En él pudo contemplar su cuerpo
huesudo y larguirucho, de piernas desproporcionadas; su rostro macilento que
terminaba en un mentón afilado hacia el que descendían desde las comisuras de
los labios dos profundas arrugas; la prominente nariz, los ojos pequeños, la
boca poco atractiva, la anchísima frente por culpa de unos cabellos sin brillo
que nacían en su cabeza demasiado hacia atrás y, sobre todo, la expresión
patética de niño desamparado que a menudo hacía reír por lo bajo, a veces dar
pena. Conteniendo las lágrimas, cerró los ojos para no seguir viendo aquel
hombre de aspecto mal parecido y ridículo que tuvo la osadía de aspirar al amor
de una mujer. Ansió dormir, morir incluso para olvidar. Pero no pudo. Porque esa
misma noche, en un arrebato de dolor, Hans Christian Andersen estuvo
escribiendo, hasta altas horas de la madrugada, las primeras páginas de su
célebre cuento «El patito feo».
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RAMÓN CABRERA NAVEIRAS
es un escritor que vive en Monells (Girona-España).
Con su relato Nada
fue finalista en el
III Certamen de Relato Breve Almiar.


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