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A
tiro limpio
Pedro Gª Pinto
Los que nacimos a mediados del siglo
pasado no conocimos aquellos locos años veinte de la leyenda y es
bastante probable que no lleguemos a conocer los del siglo actual. Es más, si
viviéramos, estaremos seguramente tan atareados pasándonos unos a otros la
última fórmula contra el reuma o el último adelanto en dodotis, que se
nos pasarían por alto las alegrías y modas del momento. Así que nos limitamos a
imaginar aquella década prodigiosa, ¿o no?, del cancán y las primeras
minifaldas.
Pero sí acumulamos recuerdos y
vivencias de nuestros propios locos años veinte, que es la década de las
maravillas que todos hemos vivido entre los quince y los veinticinco años. Todo
a esa edad tiene algo de desmesurado, desaforado, descabellado y un punto
desvergonzado. No nos asustemos demasiado pues, de lo que vemos y oímos hoy. Al
menos los que tuvimos la dicha de gozarlos sin exceso de florituras pero sin
escaseces angustiosas y apuramos el trago feliz de esa edad en que ya se le ha
sacado el pañuelo de despedida a la infancia.
No puedo menos que nombrar
aquí a mi amigo Juan, amigo de los tiempos tardíos, que me cuenta cómo a los
diez años, él ya era responsable de una piara de cabras con las que tenía que
convivir veinticuatro horas todos los días, por lo que le daban a sus padres
cuatro míseras perras gordas y él se alimentaba casi exclusivamente con sangre
frita de chivo y algún pedazo de queso, de los que previamente había sido el
artesano, desde el ordeño hasta el prensado con sus manos, todavía de niño, de
aquella pasta algo maloliente para envolverla en rudos moldes de pleita y
tomiza. A cambio, eso sí, disponía del horizonte infinito de la sierra de las
Nieves y disfrutaba en su tiempo del palmito tierno y del madroño, de la sopa de
espárragos recién cortados y de las bayas comestibles que el monte bajo le
ofrecía.
En mi pueblo había tiro de
pichón en cuatro días señalados al año. Un grupo de zagalones, pues eso, los
diecisiete, los veinte años a cuestas, pasábamos horas allí de miranda, que el
mirar siempre fue barato. Sabíamos los gestos de cada tirador, cómo levantaba
los brazos, ya montada la escopeta, para comprobar la holgura de las sisas. O
cómo el otro pestañeaba o guiñaba inquieto mientras observaba de qué jaula había
salido el pájaro anterior, intentando adivinar si el suyo iba a salir de en
medio o si saliéndole esquinado, terminaría yéndose a criar. Y nosotros, como la
lechuza del chiste que vendieron como loro, fijándonos mucho para no perder
detalle.
Pues un día, un amiguete del
grupo nos dijo que tenía unos pocos de palomos y que podía ser nuestro debut
como finos escopeteros. Alguien tenía coche y alguien también disponía de
espingarda, e incluso de permiso, ya, de armas. Montamos en el coche, junto a
nuestras ilusiones desbocadas, al puñado de zuritos, una caja de cartón lo
suficientemente grande y una bobina de guita de bastantes metros. Nos fuimos,
qué discretos, bajo un puente del río Tinto, marcamos las rayas del handicap
en el suelo y preparamos el artilugio de cartón y cuerda para cobijar y después
destapar al inocente animalillo a la voz de ¡pájaro! Alguien, más astuto, pensó
que si el tirador fallaba, el volátil se alejaría de nosotros sin misericordia.
Pues a grandes males, grandes remedios. Se ataba otra cuerda a la pata del bicho
y si el manta que le pegaba los dos cartuchazos era incapaz de batirlo, se
recuperaba la pieza por el sencillo método de tirar de la cuerda. Cobalde,
pecadorr, que diría el otro. Cómo terminó la cosa, es de suponer. Unas
veces el palomo no levantaba el vuelo ni a pedradas y hasta quizás hubo quien
partió la guita del tiro y el ave se fue de rositas. Cosas veredes, Sancho.
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PEDRO GARCÍA PINTO,
escritor natural de la Palma del Condado
(Huelva, España). Fue cofundador y editor de una revista literaria de ámbito
local llamada Juglarías que no superó los ocho o nueve números.
Un accésit de relatos en la desaparecida Tribuna Médica y un par de
primeros premios en certámenes de relatos y poesía, respectivamente, en su
localidad natal, forman parte de su currículo literario. Actualmente colabora
con una columna quincenal en las revistas Gaceta del Condado y Gaceta
Metropolitana, ambas también de la provincia de Huelva.


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