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El soldado
José Javier Bataller Gómez
El soldado
bajo y rechoncho lanzó una patada contra la rueda de oruga del carro
blindado. Su compañero, un muchacho un poco más alto y mucho más delgado que
apenas había dejado atrás la adolescencia, trepó hasta lo alto y se asomó por la
escotilla.
—Huele a muerto —fue lo único que dijo.
Sus palabras sonaron con el tipo de voz átona asociado
a la costumbre.
El otro le señaló una serie de huellas que se alejaban
del vehículo en dirección al desierto profundo.
—Al menos dos sobrevivieron.
—Creo que se quedaron sin combustible, como nosotros.
Rechoncho asintió en silencio mientras efectuaba los gestos de liar un
inexistente cigarrillo, encenderlo y llevárselo a la boca. Hacía más de cuatro
días que no tenían noticia alguna de los helicópteros de abastecimiento.
Llevaban caminando más de cuarenta y ocho horas, desde que ellos mismos se
quedaron parados, en busca de un hipotético puesto de avanzada.
—Si siguen ese camino no encontrarán más que arena y
muerte —dijo el soldado más delgado saltando al suelo.
—Tal vez sus cerebros estén tan gastados que ni hayan
pensado en coger una brújula —teorizó el otro.
—Debemos dirigirnos hacia el Objetivo Alfa, seguro que
los nuestros combaten cerca de allí.
Rechoncho se permitió esbozar una cansada sonrisa ante
la inocencia del otro. Le tendió los prismáticos y señaló una columna de humo
que se levantaba en el límite del lejano horizonte.
—¿Qué crees que es eso? —le espetó—. Es el maldito pozo
petrolífero ardiendo. Ahí está tu Objetivo Alfa, destruido. ¿Sabes lo que
significa?
—Sí —respondió Delgado sentándose en el suelo al cobijo
de la sombra del tanque—, que tendré que comprarme una bicicleta.
Su risa histérica pronto contagió al otro que se dejó
caer a su lado sin dejar de reír.
Si Rechoncho estaba en lo cierto y el humo negro correspondía
al petróleo ardiendo, la guerra ya no tenía significado alguno. El último pozo
del mundo ya no produciría más crudo.
—¿Te das cuenta de que la siguiente guerra será sin aviones,
carros blindados, helicópteros ni se lanzarán misiles? —siguió elucubrando
Delgado.
—Tienes razón. Tendremos que utilizar de nuevo los carros tirados
por caballos para transportar a las tropas y los cañones.
—De todas maneras yo prefiero que no haya otra guerra,
así no tendremos que imaginarnos cómo será.
—Puede que incluso tengamos que llevar una espada colgando
del cinto —continuó Rechoncho pasando del último comentario.
—¿Qué hacemos ahora? —preguntó el más joven confiando en la
experiencia que daban los cuatro o cinco años que el otro tenía más que él.
—Caminando unos treinta kilómetros hacia el sudeste
llegaremos al mar.
—Casi no nos queda agua —repuso Delgado moviendo la
cantimplora de un lado para otro, demostrando con el débil ruido del golpeteo
del agua contra las paredes la veracidad de sus palabras.
—Aguantaremos, muchacho —animó Rechoncho poniéndose en pie—. Es
hora de seguir.
Los dos soldados arrastraron los pies por la arena
durante varias horas sin hablar el uno con el otro. El sol los castigaba con
furia, pero no se detenían por miedo a no tener fuerzas para continuar después.
Rechoncho mascullaba de vez en cuando palabras ininteligibles lanzadas al aire
mientras que el otro se hundía más y más en sus pensamientos. Había abandonado
la universidad y a esa joven de dorados rizos, a la que no sabía si realmente
amaba, por defender el antiguo modo de vida que sus dirigentes se negaban a
abandonar. Habría sido tan fácil olvidar el petróleo, la gasolina y los
vehículos que movía para intentar aprovechar otras formas de energía que darle
un sentido a la guerra se le antojaba imposible.
La caída del sol tras el horizonte los sorprendió
totalmente exhaustos, pero la vista de un promontorio rocoso tras el que
protegerse les dio las fuerzas suficientes para avanzar unos metros más.
Rechoncho empujó a su compañero contra la ardiente arena para a continuación
descolgar el fusil de su espalda y empuñarlo, como intentando exorcizar con la
sola presencia del arma la figura que acababa de aparecer sobre las rocas.
—Puede ser un amigo —susurró el otro cogiéndolo
suavemente del brazo.
—¿Quién va? —gritó Rechoncho sin hacer caso de
las palabras de su compañero.
El desconocido levantó los brazos y giró sobre sí
mismo para que los otros estuviesen seguros de que no llevaba armas a la vista.
El rostro, completamente cubierto de polvo y hollín, no daba ninguna pista sobre
la etnia a la que pertenecía. Su uniforme no era más que una serie de harapos
zurcidos y cualquier tipo de escudo o de identificador nacional había sido
arrancado.
—Comprueba que no lleve ningún arma escondida y cuídate de
las posibles armas blancas —ordenó y aconsejó respectivamente Rechoncho sin
dejar de vigilar a su prisionero.
—Está limpio —aseguró Delgado tras registrar al
impasible e inmóvil soldado.
—¿De qué país vienes? —interrogó Rechoncho acercándose a él.
El otro no contestó, sólo lo miró fijamente con ojos
inexpresivos. Podría pertenecer a cualquiera de la decena de países que habían
mandado tropas con el objetivo de controlar los que en aquel momento eran los
únicos pozos petrolíferos productivos del mundo. Rechoncho golpeó ligeramente el
pecho del soldado no identificado con la punta de su arma.
—¡Contesta!
Una mirada carente de expresión fue la única reacción
del extraño.
—¿Qué es eso? —se interesó Rechoncho por un objeto
prendido en la guerrera del soldado justo sobre su corazón.
El desaliñado soldado no estaba dispuesto a que nadie tocase su preciada
posesión y retrocedió unos pasos hacia atrás, pero Rechoncho no estaba por
permitir que se le siguiese tratando con esa indiferencia y falta de respeto.
Golpeó con la culata del fusil la sien del otro provocando su caída al suelo. De
una patada lo colocó boca arriba para poder examinar así el objeto de la
discordia.
—No es más que un mechón de cabellos dentro de una
bolsa —dijo Delgado inclinándose sobre el soldado para asegurarse de que estaba
bien—. Déjalo en paz —añadió desafiando abiertamente por primera vez a su
compañero.
El aludido se encogió de hombros y se apartó mientras
el otro se ponía en pie rechazando la mano que se le ofrecía.
—No parece encontrarse bien —dijo Delgado contemplando el
demacrado rostro del desconocido—. Tal vez necesite beber un poco de agua.
—Antes de darle de beber de la tuya, piensa en lo que
beberás mañana por la mañana. Todavía nos queda bastante desierto por atravesar
—aconsejó Rechoncho.
Delgado dudó durante unos instantes qué hacer, descuidando la
vigilancia y permitiendo que el otro se alejase unos pasos.
—¡Alto! —gritó nada más apercibirse del hecho.
Su compañero no fue tan benevolente y sin esperar ninguna
otra reacción disparó a la espalda de la figura que se alejaba.
—¡No! —gritó Delgado demasiado tarde.
Sin saber cómo reaccionar contempló al otro arrebatar
por fin el trofeo que andaba buscando. Sacó el castaño mechón de pelo de su
sucio contenedor y lo contempló brillar bajo la luz roja del sol poniente.
—Me gustaría conocer a la dueña de esto —dijo Rechoncho
embelesado.
—¿Por qué lo has hecho? —preguntó desesperado Delgado.
—No quiso darnos ninguna información, además de
intentar huir —respondió distraídamente Rechoncho.
El otro se acercó como hechizado ante la presencia del cadáver y se arrodilló
ante el cuerpo. Lo puso de espaldas y, movido por una extraña premonición, le
abrió la boca.
—¡No podía hablar porque no tenía lengua! —gritó intentando
alejar en vano toda la rabia que había hecho presa de su menudo cuerpo.
—¡Qué más da! Si no lo hubiese matado yo lo habría
hecho el desierto. No llevaba comida ni agua.
El joven soldado dejó caer el arma y se abalanzó
sobre el otro golpeándolo en el pecho. Los dos rodaron por tierra hasta que el
más fornido se deshizo del atacante apartándolo unos metros de él.
—¡Me has hecho perder el mechón! —gritó afanándose de
rodillas por recuperarlo.
—¿Por qué es tan importante para ti?
—Me recuerda a esa muchacha de la ciudad que tomamos la
semana pasada. La que bailaba en ese bar.
—¡Cállate! —gritó más afectado que nunca Delgado
mientras se ponía de pie y sacaba la pistola de la funda.
—¿Por qué no quieres que hable? —continuó
Rechoncho disfrutando de cada palabra que salía de sus labios—. Tú también
disfrutaste de su compañía.
Él no quería recordar, porque sabía que si lo
hacía acabaría por dispararle y, si mataba a su compañero por eso, también
tendría que pegarse un tiro él mismo, pues en ese asunto eran igual de
culpables.
—¡Lo tengo! —gritó exultante Rechoncho recobrando
el anudado mechón de cabello que había obtenido a cambio de una vida humana.
El primer disparo resonó en los culpables oídos de
Delgado. El segundo se perdió en la noche del desierto.
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