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El
hombre de los caramelos
Juan Jesús Amo Ochoa
La
maestra no lo sabe, pero David, Paco, Jesús y yo lo vemos todos los días.
El patio del colegio tiene una verja alta, pintada de marrón, y un árbol en una
esquina que ensucia el suelo de hojas amarillas y cacas de pájaro. Desde allí,
desde la sombra, nos ha llamado muchas veces, pero no le hacemos caso porque es
raro. Paco dice que la próxima le va a tirar una piedra, pero yo se que no puede
ser porque el patio es de cemento, barren los papeles, y en el arenero no hay
piedras. Las maestras cotorrean entre ellas, parece que no te miran, pero sí. A
mí siempre me pillan cuando estoy haciendo algo que me gusta y a ellas no. No sé
por qué no han visto aún al hombre oscuro que tiene ojos de hambre, gafas gordas
y un abrigo gris. Yo digo que parece un policía y David dice que es como un
detective de esos borrachos de las películas. Jesús no dice nada. Se pone un
poco blanco cuando lo ve y tira de mi manga para que nos marchemos a otra
esquina del patio donde no pueda vernos porque le parece que, de todos los
chiquillos del recreo, el hombre le mira solo a él. Y esos ojos que se sienten
te hacen pensar en hambre, pero no en hambre de comida, sino en algo blando,
caliente, rojizo, escondido, dulzón. A veces creo (pero no se lo he dicho a los
otros) que quiere invitarnos. Que es como una especie de vampiro (vampiro no
puede ser, porque está ahí de pie, en pleno día) que debajo de su abrigo gris
oculta gusanos enormes, retorcidos, apestosos. Pero no nos movemos. Miramos
entre susurros la esquina sombría bajo el árbol donde brillan los puntitos
hambrientos de sus ojos. A veces fuma. Nubecitas de humo flotan bajo las ramas y
las nubecitas también tienen ojos que nos miran. Estamos tope lejos del rincón,
pero sabemos que nos mira. Un día, al principio, jugando a «sangre», la pelota
fue a parar cerca del árbol. Yo la recogí, después de mirar las sombras. Al ir a
tirársela a los demás, una voz rasposa, muy bajita, susurró justo en mi cogote:
—¡Eh, chaval!, ¡niño...! ¡Ven un momento!
Pero yo eché a correr haciendo como que no le
había oído. El corazón me iba a milporora. Luego miré para atrás y allí no había
nadie. Pero en mi cabeza aún oía ese susurro blando, mantecoso que me ponía de
punta los pelos del cuello.
Otro día, los cuatro, nos acercamos corriendo y le
escupimos gritando «¡viejo maricón!, ¡viejo maricón!». Nos fuimos a escape. Pero
sé que los cuatro pudimos ver, helados de miedo, mientras los gargajos le
escurrían por las gafas, por la frente y por los labios, la cara de enorme
gusto, de placer, la sonrisa imbécil que se le puso al Hombre de los Caramelos
al limpiarse con los dedos nuestra saliva y lamerlos, como si fuera una golosina
deliciosa.
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