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La tregua
Juan Enrique Soto
Dejó de llover
tan despacio que los soldados permanecieron bajo las lonas, fumando, soñando,
maldiciendo, dentro de las trincheras, engañados por las nubes. Fuera de los
embarrados refugios no se oía nada salvo las goteras y precisamente fue ese
silencio el que llamó la atención de algunos hombres que, extrañados, asomaron
la cabeza y miraron al cielo. Algunos claros azules se abrían hueco entre las
nubes negras y los rayos de sol se clavaban en el barro como balas trazadoras.
Hasta que se escuchó un gemido, débil. Después fue un susurro doloroso y,
por último, un grito ahogado y angustioso.
—¡Ahhhhh!
Algunos soldados franceses se incorporaron. El teniente miró por los
prismáticos transformados en periscopio mediante tubos para mantenerse a salvo
de los francotiradores dentro de la trinchera. Barrió con sus lentes el
escenario frente a él. Hierros retorcidos, cascos abandonados, alambre de
espino, cráteres humeantes, cadáveres y un barro implacable. No dio con el
origen del grito y lo volvió a intentar con más lentitud hasta que captó un leve
movimiento.
—¡Ahí está ! —anunció—. A unos cincuenta metros, no más.
Miró a sus hombres. Todos bajaron la cabeza, miraron a otro lado, hacia
arriba, abajo o adentro, evitando cruzar su mirada con la del oficial.
Carraspearon, tosieron, disimularon, liaron cigarrillos, se limpiaron las uñas
con las bayonetas. Todos, de inmediato, encontraron una tarea en la que
concentrarse.
—Nadie quiere morir —afirmó el sargento a su lado—. No así.
—¿A qué se refiere, sargento?
—Verá, mi teniente, y no se lo tome a mal. Se lo digo con todo respeto,
como su sargento que soy. Usted es un buen oficial pero, ¿cuánto lleva aquí, con
nosotros, en el frente? ¿Seis días?
—Continúe —le instó no queriendo profundizar en aquel punto. El sargento
tenía razón al tildarle de novato...
—Si ordena a alguien —continuó el suboficial— ir a recoger a nuestro
herido, suponiendo que sea nuestro, la muerte de ambos es segura. Enfrente, un
francotirador habrá escuchado con seguridad la llamada de auxilio del pobre
desgraciado y ahora debe estar preparado para la caza, masticando un palillo y
acomodando el estómago sobre su alfombra. Ese es su trabajo. Esperará a que
salga el soldado de rescate, a que llegue junto al herido y, entonces,
disparará. Pero no matará al que llegue a socorrer al desgraciado, disparará a
las piernas por ejemplo y así habrá no uno sino dos heridos; nos obligará a
salir a por ellos y vuelta a empezar. Cada herido es un cebo y cuantos más
heridos, más carnaza, mejores piezas y otra cruz de hierro que le cuelgan del
cuello a ese nazi. Que mate más pronto o más tarde depende de su estado de ánimo
o de sus cifras de bajas del mes. Por un sólo herido que para él es un reclamo,
conseguirá varias muescas en la culata de su fusil.
—Podemos cubrir el rescate desde aquí. No dejaremos que ese francotirador
levante la cabeza.
—No necesita asomar la cabeza. Sólo necesita una rendija y aunque busquemos
con todos los ojos que tienen un miedo atroz en esta trinchera, que son muchos,
nunca conseguiremos descubrir su escondrijo. Son buenos esos malditos
francotiradores alemanes, muy buenos.
—¿Y qué propone que hagamos entonces, sargento?
—Esperar.
—¿Esperar? ¿A que muera?
—Es posible que ya esté muerto.
—¡Eso no lo sabemos, sargento ! —gruñó el teniente—. ¡No lo sabemos!
Volvió a escudriñar con los prismáticos. No detectó en esta ocasión ningún
movimiento. Inspeccionó la línea alemana. Si hubiese algún francotirador al
acecho, era imposible descubrirle, como bien decía el sargento.
El silencio se adueñó del frente otra vez. Los minutos pasaban densos y
pesados, como las nubes negras que eran arrastradas lejos de esa pequeña porción
del frente. El cielo azul bendecía a los combatientes. Entonces, se escuchó de
nuevo el lamento, más débilmente que la vez anterior.
—¡Ahhhhh! ¡Ahhh!
—¿Ve? ¡Está vivo! ¡Sargento, está vivo! ¡No podemos dejarle morir ahí! ¡Es
un soldado francés! ¡Usted! —señaló a un soldado— ¡Venga aquí!
El soldado titubeó.
—¡Venga aquí! ¿No me ha oído? ¡Deme su fusil!
—¿Mi fusil, mi teniente?
—¡De-me-su-fu-sil! —repitió mirándole con furia.
El soldado alargó lentamente el brazo hasta que el teniente le arrebató el
arma.
—¿Qué clase de soldados son ustedes? —hablaba sin mirar a nadie mientras
extraía un pañuelo blanco de su bolsillo y lo anudaba al cañón del fusil—. En la
guerra aún hay reglas que deben respetarse.
—Mi teniente, no se le ocurra —rogó el sargento poniéndose delante de la
escalerilla de madera—. ¡Es usted un oficial! ¡No le dé esa satisfacción!
—¡Sargento! ¡Apártese! ¡Es una orden!
De mala gana se echó a un lado el suboficial y el teniente subió los
peldaños con decisión. Sostuvo el fusil en alto para que se viera la improvisada
bandera blanca, esperó unos instantes y comenzó a andar.
El sargento corrió refunfuñando y maldiciendo a los prismáticos y revisó con
urgencia la línea alemana. No detectó ningún movimiento.
El avance del teniente era lento a causa del barro y de los cráteres
provocados por los obuses. A su alrededor se pudrían los cadáveres que ningún
bando había tenido la oportunidad de retirar. Sudaba, sentía la boca pastosa y
un dolor agudo en la boca del estómago. Reparó en que decaía el brazo que
sostenía la bandera y lo izó todo lo alto que pudo. Veía a los muertos mirarle y
creyó ver reproches en sus frías miradas. Frente a él, indistinguibles,
imaginaba a los enemigos apuntarle con las bocas negras de sus armas. Pensó que
esto no lo enseñaban en la academia. Sentía que se le aflojaba el vientre y
apretó el estómago.
Una pierna se le hundió en un hoyo. Se agarró a lo que pudo. Su mano
izquierda hurgaba entre las entrañas de un cadáver despedazado. Sus ojos miraron
su mano y unas arcadas le volearon el estómago. Vomitó. Un instante después,
recordó su propósito. Alzó el fusil con el pañuelo ahora sucio y reanudó su
marcha. Miró hacia atrás para calcular la distancia. Debía estar muy cerca.
Tropezó con el soldado herido, oculto entre el barro y cayó de nuevo. El soldado
yacía boca arriba. Sus manos se apretaban el abdomen ensangrentado. Su vientre
estaba destrozado. Los ojos del teniente se cruzaron con los del soldado, unos
ojos fríos que no anunciaban la muerte porque la muerte le cogía sonriendo de la
mano, aunque el teniente no pudiese verla. Buscó el pulso en el cuello frío.
Nada. Le cerró los ojos y entonces reparó en su uniforme sucio. Era un soldado
alemán. El teniente miró al cielo.
—¡Descanse tu alma en paz, soldado! —murmuró e hizo la señal de la Santa
Cruz en la frente del soldado antes de santiguarse él mismo.
Buscó entre las ropas del muerto, palpó en busca de la cartera. La halló
junto a un sobre. Con bonita letra la dirección a la que debía ser enviado. Un
nombre de mujer, Renata. Se lo guardó todo. Se incorporó despacio y encaró con
el fusil en alto las trincheras alemanas. El silencio le aturdía. Sentía un
zumbido en sus oídos.
En esos momentos, vio movimiento en las líneas enemigas. Fue izada una
gran bandera blanca y un hombre salió de la trinchera que, con paso decidido, se
dirigió directamente hacia el teniente francés. Era un oficial alemán. La cruz
de hierro lucía en el cuello de su uniforme impecable. Las botas embarradas
recalcaban aún más su pulcritud. Llegó hasta su enemigo, le saludo militarmente
y le ofreció su mano derecha.
—Leutenant Manfred, Heinrich Manfred —se presentó.
El francés le miró a los ojos. Le devolvió el saludo militar y estrechó su
mano.
—Teniente Rousseau, Jean Rousseau.
—Tiene usted un gran apellido, si me permite decírselo, acorde con su valor
—halagó el alemán que comprobaba que el soldado que yacía a sus pies era uno de
los suyos.
El teniente francés asintió agradecido.
—Si está usted de acuerdo, teniente —continuó el alemán—, aprovechemos este
momento en que el sol nos da una tregua entre tanta lluvia para recoger nuestros
soldados caídos. Sus familias merecen el orgullo de enterrar a sus héroes.
—Estoy totalmente de acuerdo.
El oficial alemán se volvió hacia sus líneas e hizo una seña.
Al instante, soldados alemanes surgieron de la
tierra con camillas y comenzaron su labor.
El teniente francés se volvió hacia las suyas e hizo también un gesto
parecido. Sus soldados salieron y en unos
minutos, franceses y alemanes se confundían en el campo de batalla recogiendo a
sus desafortunados compañeros.
Un veterano soldado alemán se sentó sobre una piedra y sacó un cigarrillo
que no lograba enceder con su encendedor humedecido. Se lo mostró a un veterano
soldado francés que se afanaba a su lado recogiendo las partes de un compañero
desmembrado y le pidió fuego. El alemán le ofreció un cigarrillo
y fumaron juntos. Pronto, otros soldados les imitaron y el campo mezcló los
colores de los uniformes. Se oyeron algunas risas. Otros hacían pequeños
grupos, trataban de entenderse en sus diferentes lenguas, compartían cigarrillos
o se enseñaban las fotos de sus hijos recién nacidos.
Los sanitarios habían retirado los cuerpos de
aquellos que encontraron vivos, los menos, y la mayoría de los que habían muerto
se encontraban sobre las camillas, esperando con infinita paciencia a que sus
compañeros les llevaran tras las líneas. Los demás cadáveres, los que no
pudieron ser encontrados, los enterraría el azar, a un paso quizá de sus
compañeros. Alguno, vivo aún en la más absoluta desgracia, moriría lentamente en
soledad, en el vasto frente, con plena conciencia de su encuentro inevitable con
la muerte y su carácter absoluto. Moriría sin el consuelo de la presencia de
otro ser humano a quien coger la mano, mirar a los ojos y despedirse con un
último mensaje para su esposa, su madre o un hijo. La tierra blanda, embarrada,
mancillada por mil obuses se lo tragaría para siempre en una tumba
definitivamente seria por anónima.
Alguien trajo café recién hecho; otros
pasaron su petaca de coñac; otro trajo un balón de fútbol con costuras sueltas
de dueño desconocido y chutó hacia lo alto. Fue como una señal que todos
entendían. El balón ascendió en el cielo, llegó a su punto álgido, describió una
bella parábola y comenzó a descender. Botó en el suelo y se quedó a merced de
los soldados. Los hombres corrieron hacia él y lo patearon sorteando cráteres y
alambres; caían al suelo, se gastaban bromas; se daban palmadas de complicidad;
se embarraban los uniformes hasta el punto de no pertenecer a ningún ejército;
se animaban y los goles en porterías invisibles eran celebrados entre gritos y
abrazos.
Entonces, comenzó a nevar. Los copos de nieve
caían de un cielo despejado y azul, como un milagro. Los soldados encogían los
hombros, asombrados sin dejar de jugar y reír. Se dieron las manos, compartieron
más cigarrillos e intercambiaron palabras mal pronunciadas en el idioma de los
otros sin dejar de mirarse a los ojos con camaradería.
Siguieron jugando mientras la nieve, que caía
desde un cielo sin nubes, vestía de blanco la tregua.
Los oficiales fumaban uno junto al otro
viendo jugar a sus soldados, riéndose y comentando sus golpes y trompazos,
saboreando el humo y recogiendo en sus manos los copos de nieve inauditos.
Tampoco ellos se explicaban el fenómeno.
—¿A qué se dedica? —preguntó el alemán—. Me
refiero a cuando no hay guerra, su profesión.
—Soy profesor de Filosofía.
—Apropiado con su apellido. ¿Le gusta el
fútbol?
—Desde hoy creo que sí —respondió el francés
mirando a los hombres jugar—. Y usted, ¿a qué se dedica?
La mirada del alemán se perdió detrás de sus
párpados.
—Me gano la vida como ebanista, pero me gusta
creer que lo que realmente soy es fabricante de títeres.
El francés sonrió.
—Creador de sonrisas —sugirió.
—Cierto, muy cierto —afirmó el alemán con
nostalgia.
Lejos de la posición que ocupaban estalló un
obús. Fue como si hubiesen pitado el final del partido. Por un momento, todos
los soldados permanecieron inmóviles mirando hacia el lejano lugar de la
explosión, como si no se explicasen aquella interrupción. Una columna de humo se
elevaba hacia el cielo como un insulto. De golpe recordaron que eran soldados,
que estaban en guerra y que uno de los muchos frentes de batalla lo pisaban sus
botas.
Los sargentos comenzaron a tocar sus
silbatos. Se apuraron las últimas caladas, se guardaron las fotos en las
carteras y se volvió andando con la cabeza baja hacia las trincheras a recibir
órdenes y revisar las armas. A pensar en morir de nuevo.
Los oficiales se estrecharon la mano.
—Tenga —dijo el teniente buscando en sus
bolsillos— usted sabrá qué hacer con esto mejor que yo.
Le entregó la cartera y carta del soldado
alemán muerto.
El oficial alemán le saludó con la mano en su
visera.
—Ha sido un honor conocerle, teniente.
—El honor ha sido mío.
—Quizá... en otras circunstancias...
—Quizá.
Cada uno volvió a sus posiciones y minutos
después se recibía la orden de cargar. Los obuses de mortero descargaron su
fatal verticalidad y las ametralladoras segaron como hoces la tierra. Los
soldados salvaban las distancias que separaban unas trincheras de otras y
entablaban luchas cuerpo a cuerpo con la ferocidad que aporta el desesperado
deseo de sobrevivir. Hendían sus bayonetas, se mordían hasta arrancar trozos de
carne, disparaban a quemarropa, maldecían e insultaban. Mataban.
El campo de batalla se llenó de muertos y
heridos que gemían. Nadie conquistó. Nadie fue conquistado. Cada unidad acabó en
su propia trinchera, agotada, saciada de sangre por un día más. Se hizo de nuevo
el silencio pero éste era diferente, roto por el crepitar de las llamas y los
lamentos de los heridos.
El teniente francés se apoyó en la pared de
su trinchera extenuado. Un trozo de metralla le había abierto una fea brecha en
la mejilla derecha. Su sangre entraba en la boca y él la escupía. Miró por los
prismáticos. Algunos heridos se movían, se arrastraban hacia sus trincheras y
vio como eran rematados por los francotiradores, lo mismo que hacían desde su
bando. Detuvo su recorrido al centrar sus lentes sobre el balón de fútbol
abandonado en mitad del campo de batalla, listo para ser pateado en otra tregua
entre muerte y muerte.
Después, miró al cielo.
Nubes negras lo cubrían de nuevo por completo. Pronto comenzaría a llover otra
vez. Pensó que no recordaba el momento en que dejó de nevar.
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