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Carta de desamor
Eduardo Boix
Amada Beatrice:
Tengo la imperiosa necesidad de desertar. Mi
bandera blanca ondea varios meses sin tú poner atención en ello. No soporto ser
la burla de mi ejército. Ignoras mis señales de abandono, de derrota, de
amnistía quizás. No recuerdo cuál fue el preciso instante en que comenzaste a
cavar la terrible trinchera que se ha abierto en esta nuestra cama.
Una trinchera que divide tu mundo del mío. No
dejas que pueda apreciar el aroma de tus cabellos, no permites que tus fríos
pies rocen siquiera mis genitales. Te acurrucas en el extremo, como si te
protegieses de algún torturador o encontrases refugio de una lluvia innecesaria.
Una lluvia que en otro tiempo te hizo venir a mi regazo, acurrucarte en mi pecho
y darme besos goteantes de felicidad.
No alcanzo a comprender el motivo de esta afrenta.
Me miro en el espejo y veo al mismo soldado raso que con el fusil de la valentía
te pidió el compromiso que con un beso y un par de maletas firmamos aquella
noche de San Juan. Añoro esos primeros meses de paz. Aquella felicidad sonora
que hizo de nosotros la envidia de amigos y conocidos. Risas, carcajadas
poblaban lo que ahora sólo abarcan las frías bayonetas del silencio.
No soporto más esta terrible sensación de soledad.
Ya no utilizas la pesada artillería de tu dialéctica. Esa verborrea que conforme
acrecienta el combate te hace subir de tono. Me creerás loco, quizás, si te digo
que echo de menos tus gritos. Dirás que he perdido la razón si añoro tus
insultos. No puedo con tu silencio. Este silencio que puebla nuestro campo de
batalla es como la muerte misma que nos acecha, para matar la pasión o el amor,
o como quieras llamarlo.
Ya no veo arder Troya en tus ojos. Dos cuencas
vacías sin sentido que no soportan ni sus propias lágrimas. Me miras con la
misma indiferencia que un alto mando mira al reo que de rodillas espera el tiro
de gracia. Y te sonríes por dentro. Te hablas a ti misma con la misma
camaradería que tienen un grupo de soldados comentando lo bien que se ha
sincronizado el último fusilamiento. Yo espero respuestas. Respuestas que no
alcanzo a escuchar, porque hablas en clave, preparando la siguiente estrategia,
el siguiente movimiento a ejecutar.
Se me va a hacer raro no estar al acecho. Creo que
lo que más de menos voy a echar van a ser las guardias. Ese instinto de
supervivencia del campo de batalla. Los largos paseos a solas de un lado a otro
del colchón. Esas horas interminables de cigarros y copas, esperando que el
enemigo traspase el umbral. Oír sus ebrios pasos, con o sin tacones, y ese ruido
de la interminable cremallera del vestido. Dejar que se aposente en su lado de
la trinchera. Y oír, lejana, su respiración.
Llevo tiempo meditando la decisión de la partida.
Creo que es lo correcto. Necesito zanjar esta cruenta guerra de desgaste. Mi
retaguardia va haciéndose cada vez más hacia atrás. Hemos cambiado la llanura
del colchón por la breve colina del sofá. Poco a poco desapareceremos del mapa.
Sé lo que vas a pensar. Que soy y siempre he sido
un cobarde. Que los valientes son los que pueblan los cementerios. Que los
héroes son los que quedan marcados en la memoria. Pero bien sabes que no soy un
gran patriota. Que no entiendo ni de himnos ni de banderas. Tan sólo necesito
sentir mi libertad.
Te lo dejo todo. A los muertos, a los vivos. El
armamento y los víveres. Me voy solo. No quiero cargas que puedan retrasar mi
marcha. Tan sólo parto con mi uniforme, las dos maletas que traje aquella noche
de San Juan y algunas furtivas fotos que me hagan recordar qué guerras no debo
volver a combatir.
Se despide cordialmente con esta carta sin
respuesta tu amado Fausto.
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EDUARDO BOIX, escritor
ilicitano, es miembro del Grupo poético «Abril 2005»


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