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DE
LA DESIGUAL Y SANGRIENTA BATALLA ENTRE LA VIDA Y LA MUERTE
Daniel Cacciamani
La vida perdió la batalla muriendo.
Era ilógico pelear y ella lo sabía, era ponerse al servicio de la
muerte; aceptar la guerra era declararse vencida de antemano, pero la vida
estaba cansada... es que le había tocado en suerte, o quizás había elegido, el
trabajo más difícil: mantener una vida cuesta muchísimo más que terminarla. Se
requiere de una atención constante y un trabajo permanente; la vida no puede
descansar. La muerte sí descansa, descansa y acecha; un segundo le basta para
terminar con años de esfuerzo y sacrificio, por eso con los años la muerte cada
vez está más fuerte y la vida más débil, por eso la muerte tiene cada día más
adeptos.
Es como un edificio. Para construirlo se requiere el trabajo de
cientos, pesadas maquinarias deben transportar miles de toneladas de material,
se requiere una perfecta planificación y ejecución. El material para destruirlo
puede ser transportado por un sólo hombre y no se requiere más trabajo que
apretar un botón.
Para que un ser humano se desarrolle y pueda sentirse medianamente
realizado se requieren años de cuidados y de trabajo de los padres, se requiere
de la atención de los médicos, de la dedicación de los maestros, de la
colaboración de los amigos, se requiere del amor. Para terminar con todo esto
basta con apretar un gatillo, con hundir un puñal o simplemente con asestar un
golpe certero.
La mejor forma de combatir a la muerte es viviendo pero el mundo se
inclinó hacia el lado de la muerte; la venganza desplazó a la justicia, el odio
a la compasión y la fuerza a las palabras. La vida perdió las esperanzas y por
eso los ejércitos pisaban el campo de batalla.
Las fuerzas de la muerte eran superiores no sólo en número sino
también en capacidad para la lucha, eran soldados profesionales, mercenarios,
asesinos, policías, verdugos, sádicos, sátiros; gente llena de odio, gente
deseosa de sangre.
Los ejércitos de la vida estaban compuestos por madres, poetas,
enfermeras, maestros, doctores... con tanto miedo de morir como de matar. Cuando
uno caía herido en la batalla acudían dos o tres a socorrerlo, lloraban las
bajas propias y las ajenas. En el terrible ejército de la muerte cuando alguien
caía herido era inmediatamente decapitado por sus propios compañeros que
continuaban rápidamente con su implacable marcha. A medida que los soldados de
la vida iban muriendo desaparecía del mundo toda la belleza, porque las cosas no
son si no hay quien las contemple. En sólo media hora la vida fue derrotada y en
el mundo sólo quedaron armas, muertos y soldados.
En dos horas las fuerzas vencedoras decapitaron todos los cuerpos
que yacían en la tierra, luego se formaron para iniciar la espantosa ceremonia
que tornaría definitivo su triunfo.
Los soldados se ubicaron en filas de diez hombre por frente uno al
lado del otro con el pecho inflado y las cabezas hacia atrás. Una orden de la
muerte y los cabos extendieron sus puñales hasta el cuello del primero de cada
fila y caminaron lentamente hasta llegar al último, los degollaban
implacablemente pero ninguno se movía ni trataba de huir.
Cuando no quedó ya ningún soldado los cabos se formaron de la misma
forma y los sargentos procedieron a cortar sus cuellos; después los tenientes a
los sargentos, los capitanes a los tenientes, los coroneles a los capitanes y
los generales a los coroneles. Finalmente la propia muerte dibujó un polígono en
el piso, se ubicó en el centro y sus cinco generales se pararon en los vértices.
Hicieron el saludo militar, la muerte respondió, las manos volvieron lentamente
a la posición de «firmes» y el sable de la muerte describió un círculo en el
aire, las cinco cabezas cayeron sin ruido y la muerte quedó sola en una tierra
desierta rodeada de cadáveres, sólo faltaba un paso para acabar con todo
vestigio de vida en el universo, un paso más para la destrucción total, para
regresar a la nada absoluta. Un paso más y la muerte se dispuso a ejecutarlo.
Sacó su pistola de la funda, se puso de rodillas en el piso, hizo
retroceder el percutor y se puso el caño en la boca a 45 grados, apuntando al
centro del cerebro y mordiendo con fuerza el caño para que no resbale, como
indicaban los manuales. Se dispuso a disparar pero no pudo hacerlo.
No podía comprender, siglos y siglos luchando para esto y ahora no
podía, volvió a ponerse en la misma posición, la mano le temblaba, y el brazo,
temblaba toda pero no podía apretar el gatillo; estaba furiosa, tiró lejos la
pistola y sacó la espada dispuesta a tirarse sobre ella pero tampoco pudo
hacerlo. «Traidora» se decía, traidora de todos los que habían muerto por ella,
traidora de los que querían terminar con todo, «Cobarde» se decía, cobarde
porque ni el último de sus soldados había dudado y ella sí; no sólo dudaba sino
que cada vez estaba más segura de que no podría hacerlo.
Pero no era cobardía ni traición, la muerte no lo sabía pero la vida
se aferra desesperadamente a la vida y ella estaba en este momento llena de
todas las cosas, y todas las cosas pugnaban por salir, desde su interior todas
las cosas la motivaban para seguir existiendo porque ellas mismas querían volver
a ser y, sin lugar a dudas, tarde o temprano lo harían. Curiosamente la muerte
pasó a ser portadora de la vida en la más absurda de las contradicciones.
Así, la Vida perdió la batalla muriendo, pero la Muerte...
La muerte perdió la Guerra viviendo...
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