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PIECES OF...
Ángel Carrión
Menos mal
que he visto esta oreja, si no, el viaje en tren sería bastante aburrido.
Hacer cada día el mismo trayecto sería insoportable de no descubrir, como hoy,
que una oreja excepcional viaja en mi mismo vagón.
Una oreja femenina, sin duda. Y eso que no todas
las de mujer lo son necesariamente, hay orejas que son sexualmente
independientes de sus propietarios, las hay incluso que son asexuadas. Pero esta
es una oreja femenina y de mujer, lo sé porque aunque el asiento de delante no
me deja ver nada, intuyo una coleta por encima del tapete de RENFE.
Es también una oreja de clase media, un poco
encorsetada en su entorno. Podría equivocarme, pero creo que la perla que la
hiere y afea es propia de la burguesía. Con todo, me alegra intuir que parece
resistirse a las imposiciones porque, aunque aguanta estoicamente el aguijón que
la atraviesa, leves tonos rosáceos alrededor del agujero parecen revelar que de
vez en cuando la oreja protesta contra la pesada carga de los pendientes.
También es una oreja bella. No hay lunares que la
ensombrezcan, ni caprichos en la curvatura del cartílago. Tampoco hay, porque de
haberlo no estaría observándola, rastro alguno de cerumen o vello. No quiere
decir esto que no haya orejas cuyo carácter lo determinen precisamente esas
imperfecciones. Ni que dejen de ser del todo atractivas por eso. Pero esta
oreja, comparándola con las del resto del vagón, la verdad, es simplemente
perfecta.
Es desde luego la clásica oreja de la que
cualquier hombre se enamoraría. De hecho, me ha parecido que el revisor se ha
quedado mirándola con avidez mientras le picaba el billete a su dueña. Y no es
que el trayecto en tren me vaya a permitir coger confianza con ella, pero me he
sentido celoso, no sé, creo que nadie la querría tanto como yo.
Aunque no sé con certeza si oye o no, es la oreja
ideal para susurrar palabras bonitas, incluso, para llegado el momento, susurrar
ideas picantes. Lo es también para poder observar, en plena apoteosis del amor,
cómo se colorea y adquiere tonos malvas. Es una oreja femenina, coqueta, pero
salvaje.
Qué pena que dure tan poco el trayecto, si no, me
sentaba al lado de ella. Me colocaría enfrente con cualquier excusa y, con aire
desinteresado, entablaría conversación. Aunque una oreja no habla, utilizaría a
su dueña como catalizadora de sus emociones. No sé si es posible, pero me
gustaría pensar que, al rato de escucharme, tomaría el control de su anfitriona
y hablaría por sí misma.
Y es que estoy convencido que su dueña no me
interesa. Aunque sólo veo de ella la coleta que se intuye por encima del tapete
de RENFE, una persona que es capaz de llevar un pendiente en una oreja tan
excepcional, la verdad, no merece mi respeto. Aunque no es la única. La mayor
parte de la gente se deprimiría si no tuviese oreja, pero por contra no es capaz
de sentirse dichosa de tener una que roce la perfección, qué mundo éste.
Una lástima que la oreja ideal lleve pareja a una
persona que seguramente no es la ideal. Así es mi vida, me enamoro siempre de
partes de personas, y luego no soy capaz de asumir el conjunto. Si es guapa,
porque no es inteligente, si es ambas cosas, porque tiene miopía. Si ve como un
águila, porque tiene el pelo demasiado seco, si tiene una melena de valquiria,
porque no le gusta la literatura. Sé que soy un poco raro, pero no me puedo
enamorar del todo si detecto que existe una parte mejor por ahí suelta.
Helena con sus ojos, el pelo de Lidia, la nariz de
Susana, el sarcasmo de Vanesa, la inteligencia de Silvia, la fogosidad de María
y las orejas de esta desconocida, serían mi amor verdadero, aunque puede que,
por más que busque, nunca encuentre a nadie que reúna una proporción aceptable
de partes perfectas.
Pero por soñar, que no quede. Hago cada día el
mismo trayecto, observando el mismo paisaje, camino del mismo trabajo... No
estoy seguro, pero creo que en el fondo, si me gusta tanto esa oreja es porque,
después de todo, ella significa que todavía quedan en mi vida grandes pequeños
tesoros por descubrir.
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