|

¿Cómo no me llamaste?
___________________
Susana Duro
Como
no me llamaste, no vine —dijiste después de mirarme fijamente, clavando tus
ojos azules, que se vuelven helados cuando estás enojada, en los míos que
permanecieron abiertos durante segundos que parecieron siglos. ¿Cómo no me
llamaste? —insististe con uno de esos jueguitos de palabras que te gustan tanto
y que yo detesto. No tenía ganas de contestarte, para qué. Igual no ibas a
entender nada, como siempre. No te llamé porque no tuve ganas, así de simple.
Cuando me pasan cosas como ésa, no me dan ganas, como a vos, de publicarlo en
todas partes, de llamar a todo el mundo por teléfono, mandar mensajes de correo
electrónico, cartas simples, certificadas y, como si esto fuera poco, salir a la
calle y contárselo a todos los vecinos.
No me gusta estar en la vidriera, enterar a todos de
las vicisitudes de mi vida, sean buenas o malas. Si son buenas, me alegro solo,
para mí, lo comparto con quien quiero y nada más. Si son malas, las guardo más
celosamente todavía. No me gusta dar lástima, ni hacer el papel de víctima para
que todos se apiaden de mí porque, seguramente, se consigue todo lo contrario.
La gente no tiene ganas de escuchar las penurias de los demás, ya tiene bastante
con las propias.
Entonces me quedé mirándote un rato más después del
primer parpadeo, cuando logré abrir los ojos otra vez, porque me había quedado
como paralizado por tu irrupción así, sin aviso, sin preámbulos, en lo que yo
consideraba algo que a nadie le debía interesar. Decía, que me quedé mirándote
un rato más y cuando finalmente pude articular una palabra, me salió la idiotez
más grande que podía haber dicho: sentate, ¿querés tomar algo, un café o un
mate?
Me dirigiste entonces una mirada mezcla de compasión y
algo más que no pude definir, pero que era algo así como: éste ya no tiene
arreglo.
Y vos, ¿cómo andás? —dije mientras llenaba la pava,
encendía el fuego y preparaba el mate, todo junto, sin perder un solo segundo de
tiempo, porque eso de no perder tiempo es fundamental para mí. Si puedo hacer
tres cosas a la vez, ¿por qué voy a hacer una sola?
La respuesta tuya hubiera sido: ¿por qué no? ¿Qué ganás
con hacer tres cosas a la vez y no disfrutar de ninguna de las tres por
completo? Otro punto más para nuestra larga lista de desacuerdos y van...
Me entretuve mientras tomaba el primer mate mirando
hacia fuera por la ventana y espiándote al mismo tiempo por el vidrio, tratando
de encontrar algún tema para esquivar la conversación que se me venía encima. Te
miraste las uñas como distraída, volviste a acomodar el broche que sujetaba tu
pelo lacio, quitaste una pelusa invisible de tu pantalón y volviste a la carga.
—¿Y cómo fue? ¿Te robaron mucho? ¿No tenías un lugar
seguro para guardar la plata?
Claro —seguiste sin esperar la respuesta—, no hay lugar
seguro cuando los chorros se meten en tu casa. Pero que macana, che... Es un
bajón, un verdadero y absoluto bajón. No se puede vivir así en este país de m...
Ya habías empezado otra vez con el negativismo y con
esa maldita costumbre de echarle la culpa al país. ¿Qué es el país? —te
pregunté. Me miraste sin entender porque mi pregunta parecía no tener nada que
ver con lo que estabas diciendo y en realidad era el verdadero meollo de la
cuestión—. Sí, entendiste bien, ¿qué es el país? —insistí.
Y sin esperar que contestaras: —El país sos vos, soy
yo, somos todos. No es un ente desconocido que nos es ajeno. Es exactamente al
revés, lo hacemos, lo constituimos, lo formamos y lo deformamos todos juntos,
cada día, todos los días, con cada uno de nuestros actos.
¡Ufa, che! —protestaste—, otra vez con los sermones. Y
a vos, ¿cómo te va con esa teoría? ¿Acaso conseguís algo con ser tan recto, tan
disciplinado, tan irreprochable?
Sí, consigo dormir tranquilo —dije, mientras pensaba en
las largas noches, cada vez más largas porque el sueño se ha convertido en una
meta inalcanzable para mí. Pero, por supuesto, no iba a admitir esto justo con
vos, ya que lo ibas a usar seguramente para arremeter con tu larga lista de
argumentos para defender tu posición.
Es inútil —me dije, y me concentré en bajar el fuego de
la hornalla, fingir que probaba el mate, sacarle un poco de yerba y acomodar la
bombilla, mientras hurgaba desesperadamente en mi cabeza buscando algún tema que
te pudiera distraer para cambiar de conversación.
—Esta yerba viene cada vez peor —comenté, intentando
tomar otro rumbo con una pavada atómica, mientras pensaba que en lugar de
mejorar acababa de enterrarme hasta las rodillas porque ya sabía lo que venía a
continuación.
—Así te quería agarrar —exclamaste sonriendo
irónicamente y mirándome con fingido disimulo. Es lo que pasa, todo es decadente
acá, todo va para peor y vos seguís empeñado en lograr la excelencia, en
optimizar la calidad de lo que hacés y no te das cuenta que a la gente no le
importa. La yerba, por ejemplo: antes había una sola clase y podías tomar mate y
no se tapaba la bombilla. Te podía gustar el sabor o no, pero más o menos todas
se podían comprar. Después empezaron a ponerle más polvo y para tomar un mate
como la gente tenías que comprar una que decía «bajo contenido de polvo». Más
tarde te pusieron tantos palos adentro del paquete que el mate no tenía gusto a
nada, entonces inventaron la yerba «despalada». Todas estas variantes por
supuesto te cuestan más caras que la otra, la común, que no sirve ni para hacer
«mate cocido», y así todo. No te aumentan el precio, eso dicen, y es una mentira
porque lo que hacen es bajar la calidad y sacar un producto «mejor» y más caro,
por supuesto. Es una estafa y todos somos cómplices de esa estafa porque
seguimos comprando y les hacemos fácil el juego.
—Acá vamos otra vez —mascullé, tratando de dominar el
mal humor que más que mal humor se estaba convirtiendo en furia y la furia en
ganas de agarrarte de una oreja y sacarte a patadas. Aunque tengo que admitir
que en eso de la yerba tenías razón y no hay con qué darte, pero de ahí a hacer
un debate con el tema...
En fin, la culpa es mía porque todo se hubiera evitado
si te hubiera llamado por teléfono para contarte que me habían robado, entonces
hubieras contestado —ah, ¿sí?, pero ¡qué barbaridad che! acá no se puede vivir
más. Después me hubieras contado pormenorizadamente el asalto que había sufrido
tu vecina del cuarto A para después cortar la comunicación repentinamente con
una excusa pueril. En cambio, como no fuiste la primera en enterarte, tu ego no
lo pudo soportar y acá te tengo enfrente de mí, contemplándome con actitud
compasiva como quien mira a un desahuciado y disfrutando de la excitación que le
produce a tu personalidad morbosa y egoísta la desgracia ajena, sobre todo
cuando se te niega como primicia.
Ya sé lo que se viene ahora, la pregunta de rigor —vos,
¿a quién vas a votar ahora?
Entonces, me acordé repentinamente de que tenía que
hacer un trámite impostergable, casi te arranqué el mate de la mano, apagué el
fuego, cerré la puerta de la cocina y me puse la campera. Te quedaste atónita,
como no pudiendo creer que te estuviera llevando del brazo hacia la puerta de
calle hablando sin parar: —me tenés que perdonar, me había olvidado por completo
pero tengo que irme volando, no llego, se me hace tarde, tengo que ir a hacer un
trámite por el seguro, después te llamo, nos vemos otro día y seguimos
charlando. Terminé de cerrar, y paré al primer taxi que pasaba mientras te
decía: —no te alcanzo porque voy para otro lado. No te pierdas ¿eh? Y mientras
cerraba la puerta del taxi, pensaba en lo que me iba a contestar el tachero
cuando le dijera que lo único que quería era dar una vuelta a la manzana. Me
empecé a reír, despacio primero, y después a carcajadas, de tu cara entre
espantada e incrédula. No esperabas algo así. Nunca hubieras sospechado que
sería capaz de dejarte plantada con una excusa inexistente, así que seguramente
ya estarías imaginando o queriendo adivinar qué trámite misterioso me había
hecho salir de casa a las 12 de la noche. Bueno, ahora por lo menos tenía tiempo
de pensar en algo para evitar tu próximo cuestionario, pero mientras tanto ya
estaba de vuelta en casa. Le pagué al chofer del taxi que se quedó murmurando no
sé que cúmulo de insultos ininteligibles, miré bien para todos lados y después
de comprobar que habías desaparecido, entré rápidamente. Me puse las pantuflas,
el pijama, mi bata preferida y me preparé para disfrutar de la película que
había elegido.
_____________________
Susana Duro Rodríguez,
argentina, es escritora y correctora de estilo.
Web de la autora:
Palabra por palabra

|