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El Murallón de Sindalerza
Santiago Javier Ambao
Los soldados en el extremo sur de la
planicie, refugiados en
altas torres de ventanas diminutas, cubren día y
noche la única
salida de la ciudad. Están dispuestos de modo tal que impedirían
cualquier intento de fuga. Las Montañas Nevadas al este y el Océano Infinito al
oeste son barreras naturales a las que nadie desafiaría: son todavía más
aterradoras que los soldados. En el
lado norte, detrás del mercado, del hospital
y del barrio pobre, se levanta
—descomunal, severo— el
murallón de Sindalerza.
El
Murallón tiene una altura de doce metros; se extiende desde las Montañas Nevadas
hasta el Océano Infinito. Es de color gris plomizo, de textura áspera. Varios
remiendos interrumpen la uniformidad de su aspecto.
Fue
levantado hace más de trescientos años por quienes impusieron el orden aún hoy
vigente. Entonces, los primeros habitantes de nuestras tierras lucharon por sus
derechos; pero las fuerzas imperiales eran superiores, feroces.
El
Consejo Imperial no sólo implantó las leyes básicas, también estableció un
canon: a diario arrojamos por el desfiladero de Tankrua el oro que extraemos de
las Montañas Nevadas. Ése es el precio por no ser saqueados.
Muchos insisten en que deberíamos pelear por la libertad. Otros aseguran que la
libertad es la paz que respiramos, es vivir sin las incursiones sanguinarias tan
comunes décadas atrás. En un punto coincidimos todos: en una nostalgia por los
lugares inaccesibles; es una nostalgia hija de la imaginación y no de la
memoria. Aquí residen nuestros amigos, nuestras familias; aquí contamos con lo
necesario para vivir tranquilos. Aun así, cuando vemos el horizonte inalcanzable
sobre el océano, cuando sentimos en la piel los vientos que bajan arremolinados
de la montaña, cuando soñamos con el mundo que existe más allá de las torres de
vigía, añoramos lo desconocido.
El
Murallón es el único límite que no se piensa. Los remiendos demuestran que hay
quienes se ocupan de la manutención del muro siniestro. De allí la certeza
popular de que los soldados imperiales (o quizá otros hombres al servicio de los
mismos mandos) patrullan el lado exterior reparando los daños.
A
veces, en las noches cálidas de verano, el viento del norte arrastra el bullicio
de una muchedumbre lejana. No hay manera de tomar contacto con esa gente. Años
atrás, mediante un complicado sistema de espejos y lentes de aumento, vimos el
inmenso valle prohibido: ríos caudalosos lo atraviesan, el verde de los
pastizales es quebrado con armonía por árboles frondosos. Pronto decidimos
abandonar el uso de aquel sistema: suponíamos un peligro en él. Tal vez, de la
misma manera en que recorrer esas tierras nos estaba vedado, al mirarlas
podríamos despertar la ira del Consejo.
Hace
veinte años que no sufrimos ninguna incursión, que los soldados permanecen
escondidos en las torres. Eso se debe a que hemos adquirido la capacidad de
anticiparnos a sus designios.
Esta
paz que ganamos con esfuerzo depende de todos nosotros. Ayer, por ejemplo, yo
mismo encontré un hueco en el Murallón. Implicaba un peligro aterrador: a través
de él no sólo se accedía a la vista prohibida de los campos distantes, sino que
cualquier persona de contextura menuda, como yo, hubiera podido atravesarlo y
largarse a las praderas verdes seducido por la fantasía de la libertad.
Hoy al amanecer volví al lugar
con algunas piedras y cemento. Cerré el orificio lo mejor que pude; intenté
asemejar el remiendo a los demás. Después de todo, quizá los hombres al servicio
del Consejo hubieran tardado en detectar la falla y podría haber sucedido una
desgracia.
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SANTIAGO
JAVIER AMBAO, escritor argentino residente en España, participa en el
Taller Literario de El Comercial.
En el año 2005, ha sido distinguido con el Accésit de Narrativa y Ensayo Caja
Madrid, por su novela La peste peor. 

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