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La muerte imita al arte
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Darío Vilas Couselo
El sudor que me inunda el rostro y empaña los ojos
no hace más que otorgar al escenario que me rodea una atmósfera aún más irreal
de lo que ya es de por sí. Siento en las sienes el latido de mi corazón, que
parece machacar mi cerebro como un mazo devastador. Observo alrededor y sólo veo
la sangre y los miembros seccionados. Sé que las fuerzas ya me han abandonado,
pero tengo que hacer un último esfuerzo para completar mi obra.
Dos semanas atrás había descubierto, curioseando en Internet, al escultor que
cambiaría mi forma de ver el arte. Su nombre es Gunther von Hagens, y para el
que no esté familiarizado con la obra de este virtuoso explicaré que ha dedicado
gran parte de su vida a idear un modo de mantener cadáveres humanos en perfectas
condiciones para, posteriormente, manipularlos hasta alcanzar un efecto visual
que sólo he acertado a describir como sobrecogedor. Esto lo consigue, según leí
en un artículo, utilizando un método que han denominado «plastinado», y consiste
principalmente en someter el cuerpo del difunto a un proceso que consta de
cuatro pasos básicos: fijación, deshidratación, impregnación forzada y curado.
No puedo explicar en qué radican más allá de lo que de por sí evidencian estas
palabras.
Tendrían que admirar el gran impacto visual de las que son mis obras favoritas
de entre todas las que ha expuesto: en una de ellas un hombre desollado sostiene
en su mano derecha su propia piel. ¡Es sencillamente magnífica! El poder de esta
imagen me atrapó por completo de forma instantánea. En la otra, una mujer
embarazada de ocho meses muestra al descubierto el feto que porta. Puedo
garantizar que sublime es un adjetivo que no le hace justicia.
Nunca me he considerado un experto en ninguna clase de arte, pero la belleza de
mi descubrimiento me llevó a indagar durante la siguiente semana hasta descubrir
métodos para realizar creaciones similares de forma más «rudimentaria», si se me
permite la expresión. No se equivoquen, no me considero un loco ni un
visionario. No soy la clase de persona que lucubra actividades sórdidas o
morbosas para llenar las propias carencias de su alma. Puedo ser algo apático y
soñador, no lo negaré, pero si me conociesen admitirían que están ante una
persona perfectamente cuerda. Tampoco creo ser un vulgar imitador. Digamos que
los logros de von Hagens me inspiraron, me guiaron en mi propio camino hacia una
idea innovadora, de maestría propia, que superaría al maestro. O eso creí en
aquel momento. Quizás ahora he descubierto de golpe mis propias limitaciones,
pero ya no hay marcha atrás. Supongo que todo artista visualiza en la
imaginación su obra de forma totalmente idealizada, y cuando por fin la ha
completado descubre que dista enormemente de aquella grandiosa imagen que su
cerebro forjó.
Gracias a Internet, no fue difícil descubrir métodos de embalsamamiento que
podía llevar a cabo en la intimidad de mi propio sótano. Tengo la suerte de no
haber formado nunca una familia, lo cual me ha librado de dar insulsas
explicaciones acerca del uso que le iba a conceder a todos los productos que fui
acumulando durante los tres días posteriores. Lo más complicado fue hacerme con
cantidad suficiente de una sustancia denominada complucad aeternum, un preparado
químico infalible para conservar cadáveres en perfecto estado, e
indefinidamente. Pero lo conseguí, ya que todo se vuelve mucho más simple cuando
dispones de una cantidad de dinero generosa para invertir. Infinitamente más
sencillo fue agenciarme las anestesias, que adquirí con el fin de que mi
cometido se llevase a cabo con el menor daño posible. Ya he dicho que no estoy
loco, y el dolor no es algo que me entusiasme o satisfaga en modo alguno. Esto
es algo que tuve claro desde que la idea comenzó a tomar su forma definitiva.
Ahora me doy cuenta de cuan descuidado fui, cuantos cabos he dejado sueltos,
mostrando con claridad que soy un burdo novicio en estas tareas, y que mi
ingenio es altamente limitado. Pero no pienso desistir. A lo largo de mi vida
jamás he dejado nada a medias. Por muy difícil o absurda que fuese la meta que
me hubiese auto impuesto, con mayor o menor fortuna siempre he logrado mis
objetivos. Cuando esta mañana decidí que sería el día perfecto debí pensarlo
todo con más detenimiento, pero me traicionó mi propio entusiasmo y me dejé
llevar por el momento, sin reparar en los detalles.
Tras mi habitual aseo me brindé un copioso y nutritivo desayuno. Iba a necesitar
toda la energía posible. A media mañana saqué a Morella, mi pastor alemán, a dar
su paseo matinal. Tras mi regreso me dispuse a llamar, según lo planeado, a la
prostituta que habitualmente contrataba para satisfacer mis necesidades
masculinas. Ya he aclarado anteriormente que no tengo familia, aunque he de
reconocer que, como hombre de costumbres que soy, me gusta estar siempre con la
misma mujer, aunque implique que tenga que pagar por ello.
La muchacha llegó casi a mediodía. Para entonces ya tenía todo dispuesto en el
sótano y me había sobrado tiempo para tomar un almuerzo ligero. En esto no he
sido descuidado, sabía lo importante que iba a ser mantener las fuerzas. Ella
estuvo especialmente aplicada cuando la llevé al dormitorio para que justificase
su sueldo. Mucho mejor, ya que ésta sería la última vez.
Ahora me limpio el sudor de la cara y vuelvo a echar un vistazo. Las piernas
están metidas en el cubo que había dispuesto con antelación. A mi lado veo el
brazo, todavía chorreando sangre, pero no me siento capaz de realizar el
torniquete que he aplicado en los otros miembros. El cadáver de Morella está en
medio de la estancia, y compruebo que mi puta predilecta se ha desmayado,
seguramente al poco rato de amordazarla y empezar. Siento unas náuseas que jamás
creí que se podrían experimentar, y cuando el vómito llega no puedo más que
liberarlo en una arcada salvaje que me deja el esófago ardiendo. Los vértigos no
me permiten pensar con claridad. Creo que no voy a poder conseguirlo. Tanto
trabajo, tanta investigación y minuciosidad, para acabar vencido por mis propias
limitaciones físicas. El llanto se ha hecho presa de mí y no puedo detenerlo.
Descubro que tengo miedo, y la visión de mi perra muerta, sin las patas,
aguardando en medio del sótano a que la una en macabro colage con las otras
extremidades cortadas, me provoca un dolor indescriptible. Las emociones y
sentimientos humanos afloran en el momento más inoportuno. Intento sosegarme,
recuperar el equilibrio, pero ya es demasiado tarde. He consumido toda la
anestesia y no ha sido suficiente. Creo que he calculado mal las cantidades.
La chica no se despierta, a pesar de que he empezado a proferir alaridos. Al fin
y al cabo, no ha sido la testigo ejemplar que necesitaba para dar fe de mi
grandiosa e inconclusa obra. Ahora también siento lástima por ella, y por mí
mismo, que jamás podré volver a gozar de aquella mujer que tantas noches de
placer me ofreció a cambio, tan solo, de mi miserable dinero. Consigo, con
esfuerzo sobrehumano, alcanzar un estado cercano a la tranquilidad. Lo necesito.
Ahora me doy cuenta de que tal vez no esté totalmente en mis cabales. Desde
luego, toda la cordura de la que me he jactado desaparecerá desde hoy y para
siempre.
Finalmente, tomo una decisión drástica en un último alarde de juicio. Compruebo
que el ácido de batería continúa encima de la mesa. No creí que llegase a
necesitarlo más que para deshacer aquello que no me sirviese, y por eso cometí
otra imprudencia al dejarlo en ese lugar tan alejado de mi improvisado
escenario. No importa, creo que todavía puedo remediarlo, ahora que los vértigos
han remitido y no tengo nada en el estómago que pueda provocarme más náuseas.
Por última vez observo a Morella y a la chica; los dos seres a los que más he
apreciado en mi vida y a los que más daño he causado. Empapado nuevamente en
lágrimas y despojado de todo mi afán de gloria, comienzo a arrastrarme con el
único miembro que no me he amputado.
Mi obra maestra ya no verá la luz, pero me juro a mí mismo que conseguiré llegar
hasta el ácido para no acabar convertido en el material de la nueva escultura de Gunther von Hagens.
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DARÍO VILAS COUSELO:
«Nací en Vigo, el 10 de junio de 1979. Me considero escritor desde que imaginé
mi primera historia, aunque ni siquiera la plasmase sobre el papel. Escribo
poco, pero creo muchísimo, lo que pasa es que, como a Picasso, la inspiración
siempre me pilla trabajando, y el problema es que deambulo por multitud de
empleos que en nada tienen que ver con el oficio de escritor. He publicado
relatos en diversas webs literarias, así como revistas digitales e impresas,
siendo Transparencias la publicación a la que he sido más fiel. Curiosamente,
fue algo recíproco y ya he publicado en varios números. También he colaborado en
un par de libros recopilatorios de textos de varios escritores, pero ninguno se
llegó a comercializar. El último fue 11, un proyecto ideado e impulsado
por mí que no llegó a buen puerto, a pesar de que se imprimiese la primera
edición. Finalmente, por desacuerdos con la editorial, el grupo de escritores
que le dimos vida decidimos cancelar su venta. Recientemente, he publicado el
libro de relatos Corrompiendo la rutina, a la venta a través de Bubok.
También me he embarcado en la aventura de crear una web de literatura de terror
en español (www.h-horror.com),
junto con dos de mis compañeros de 11».
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