|

Un favor para los dos
_____________________
Carlos Almonte
Esa mañana
desperté con la obsesiva idea de matar. Ya había escalado algunas
posiciones en la última, y más cruel, etapa de mi existencia. Solo, o junto a
más personas, había forzado situaciones y golpeado a diestra y a siniestra.
Había violado la secreta esperanza de castidad de mi maestra de violín, había
cortado pieles, flagelado extremidades y recorrido campos y llanuras en busca de
alcanzar la tan ansiada paz.
Sin embargo, y a pesar de todo aquello, esa mañana
me sentía diferente. Tal vez fue el insoportable calor de la calefacción
central, o tal vez fueron los exagerados gestos de mi compañera de juegos de esa
noche. Lo cierto es que busqué entre mis ropas y extraje más de diez cuchillos
de tamaños diferentes. Estaba decidido: uno de ellos, o dos tal vez, servirían
de soporte a mi más negro y ruin propósito.
Superando los resabios de una larga noche, me
vestí y dejé a Pamela entre las sábanas aún adoloridas. Después de todo, no era
un misterio para mí el que ella nada tuviera que ver con mi actitud.
Conteniendo la violencia que sentía, toqué su
piel, suave y blanca como la leche matinal de Cleopatra. La acaricié entre las
nalgas y busqué su artificio más soñado. Sin embargo, y antes de comenzar a
sentir mayor deseo, retiré mi extremidad de aquella zona. Tenía un plan para ese
día y estaba dispuesto a llevarlo a cabo con la mayor exactitud.
Camino a la cocina destruí algunos papeles, más
bien relacionados con encuentros, y acciones anteriores, entre hermanos de
diferentes grupos. El tiempo había pasado y el ansia y el rencor habían dado
paso a formales vestimentas, labores ordenadas y restringidas, facilidades de
pago y previsión anticipada.
Con muchos de ellos me había encontrado
casualmente, con muchos otros había perdido totalmente el contacto. Tal vez
hubieran viajado hacia tierras más lejanas, quizás hubieran muerto, quizás
ocuparan agujeros más siniestros aún que el mío. Ratas de alcantarilla que
acunaban peores desencantos y dolores en el lastre, codeándose con el peor aroma
de cuantos eran posibles, el más infame decorado y la apariencia más sucia y
destrozada. Aún así pertenecían al selecto grupo, como yo, de los sujetos que
detentan un alma de índole salvaje.
En cualquier caso, no fue una idea que surgiera de
un día para otro. Lo venía pensando desde hace años. Había observado los
documentales de la cárcel y me habían parecido repugnantes. La suciedad, el
asco, el hacinamiento, la violencia, el riesgo de ser sodomizado, la mala comida
y la soledad. Todo aquello había sido, hasta entonces, la piedra de tope entre
mis planes y la realización de los mismos.
Pero ya había pensado en cómo sortear aquella
artera medida. Había motivos que la justicia no entendería: la violencia
innecesaria, el golpe rastrero y perfecto dado en total oscuridad, sin destellos
ni sonidos más que los estrictamente necesarios, la obviedad de lo acontecido y
la explicación nerviosa e inmediata. Todo eso y un filo suave, desesperadamente
suave, una fría hoja de acero que haría su trabajo con la paciencia de un
asiático en meditación eterna.
Levanté el periódico y me senté a la mesa. Para
ese instante Pamela ya había recobrado el vuelo y me miraba, incierta, desde un
ángulo del living. Aún con los ojos a medio abrir, arregló una pintura que había
perdido su simetría respecto de las líneas de la casa. Se estiró la camisa y
dejó ver sus senos por los bordes, se alisó el cabello y me preguntó algo que no
le respondí. Se acercó a la mesa, le alcancé mi zumo de naranja y lo rechazó,
diciendo que prefería algún elemento lácteo.
En aquel momento (en ocasiones la sintaxis
funciona de las maneras más obvias), recordé el bar, la noche anterior y todas
las noches anteriores. La casa llena de gatos y esculturas, la lluvia y el
anciano aún postrado en su silla metálica de color azul. No había forma de
escapar. Algo en aquellos ojos suplicantes, algo en esos gritos de rabia o de
miedo, algo en esa sangre que vertía desde las imágenes, algo en esos cuerpos
débiles, tambaleantes y agonizantes, hacían prever lo que vendría. Una última
secuela que serviría como el más serio intento por abandonar aquella feliz
mazmorra. Tal vez me elevaría como Cristo y entre las nubes acordaría mi regreso
dirigiendo mis plegarias hacia Oriente.
Algo así como una armonía no finalizada me
empujaba a caminar, a cerrar aquella puerta, a besar a Pamela en su jaspeado
cuello, a beber de aquel vaso blanco y superar aquella nieve inversa, incluso
más fría que la muerte. Sin embargo me sentía feliz y agradecí al Ser Supremo
por aquel regalo. Una sonrisa involuntaria se dibujó en el medio de mi rostro,
como un rápido presagio del final.
Apuré mi desayuno y abandoné la casa antes de que
Pamela saliera de la ducha. No dejé ninguna nota ni avisé que no vendría. Muchas
veces es preferible el silencio a cualquier otro sonido forzado u obligado, que
no hace más que confundir las cosas.
Una vez fuera, lo primero que hice fue recorrer la
ribera con la vista. El río estaba congelado y mi sueño de cruzarlo a las
andadas estaba a sólo un paso. Recordé los regaños de mi padre y su febril
carrera rumbo al hielo en un lugar recientemente triturado por mis botines de
pequeño. Lo que vino fue una reprimenda, además de los tosidos y la fiebre y mi
primer encuentro con la enfermedad y el vicio.
Durante el periodo de mi postración fabriqué mi
plan maestro, el que fue seguido casi sin atisbos de demencia. Desde aquella
vez, seguramente debido a ese imprevisto baño helado, mi cabeza funcionó en
completa lucidez. Fue como si una llamarada de conciencia me poblara por
completo, como si una inteligencia extra hubiera nacido a partir del frío y
posterior enfermedad. Es sabido que para conseguir un estado superior, es
necesario cruzar la zona de pantanos, o de fangos, que en mi caso fue de
enfermedad, desobediencia y frío.
Sentía en mi cabeza ese llamado, pero jamás había
creído en ningún rito, por lo que la repetición me pareció inadecuada: el cruce
de caminos ya había sido realizado. Me encaminé hacia el puente y desde arriba
lancé una piedra al río. El hielo no se quebró y la piedra permaneció en la
superficie como mudo testigo de lo que jamás volvería a repetirse. La vida es
como un río que huye o fluye, sin llegar jamás a concretarse en uno mismo, o
algo así.
Reabrí las paredes frontales de mi abrigo y
extraje aquella cinta de hace mucho, pero no quise oírla. Me detuve frente a las
primeras vidrieras y observé la tienda de sombreros. Había de ala ancha,
jockeys, escoceses y un montón de variedades, formas y colores. Me sentí tentado
a comprar uno de estilo aristocrático, pero al saber su precio los deseos se
apagaron. Miré con desprecio al funcionario, entendiendo que aquel pobre ser
ninguna culpa tenía. Ni tampoco yo, por lo que no sentí rencor ni cargo de
conciencia al tomarlo en el primer descuido del sujeto-dependiente que no se
molestó en mirar ni en salir corriendo detrás mío. Fue un acuerdo tácito entre
ambos. Sucedió como si lo hubiéramos conversado y en algún momento hubiéramos
llegado a aquel acuerdo de «hoy por ti, mañana por mí», o al revés. Un acuerdo
silencioso que me permitió disfrutar de mi propia elegancia, además de recuperar
parte importante de mi individualidad, como hubiera dicho Sailor Ripley envuelto
en su chaqueta de serpiente, segundos antes de golpear contra el mármol la
cabeza de aquel nigger que intentó toquetear los pezones de su chica, o
su culo, no recuerdo bien.
Apuré el paso hasta que por fin me encontré frente
a una reja negra hecha de fierros delgados. Alcancé el botón más alto y lo
pulsé. Lo había hecho innumerables veces, pero aquella ocasión, en más de algún
sentido, tuvo un sabor especial. La vibración de la respuesta quedó retumbando
en mis oídos... «Pasa», fue la breve sentencia que, a través del
intercomunicador, me permitió flanquear la entrada. Moví de arriba a abajo mi
mentón, intentando caerle simpático al guardia que miraba desde su garita —y
desde su aburrimiento enorme y encerrado— a quien pasara con rencor. Como si
todos los demás fuéramos los responsables de su destino miserable. En otra
ocasión me hubiera detenido y lo hubiera golpeado con mi bastón o con mis puños
acostumbrados a ese tipo de ejercicio, pero esa mañana en mi cabeza había un
objetivo aún más noble.
Recorrí los veintisiete metros y doblé a la
izquierda. Entré por la puerta que daba al patio —cosa extraña puesto que jamás
estaba abierta— y esquivé a un gato blanquinegro, gritándole un par de insultos.
Nadie más salió a mi encuentro.
Entré al comedor, cuya mesa aún lucía restos de la
primera comida, y recién entonces escuché su grito... «Estoy arriba», dijo con
su voz insoportable de hiena henchida por mil orgasmos. Subí apurado la escalera
y palpé el cuchillo dentro de mi abrigo... «Vienes todo mojado», dijo al verme.
Me ofreció secar el abrigo en la estufa, me besó
en los párpados, me ofreció cuidar de mí mientras estuviera junto a ella y me
contó que estaba leyendo uno de esos libros escritos por mujeres que hablan de
mujeres y cuyos compradores son mujeres. Recordé mi antipatía por el feminismo
militante —y por cualquier aspecto militante— y realicé el obvio paralelo. Vi
una flor seca dentro de un vaso sin agua y observé con cierta curiosidad nuestra
foto pegada en la pared. En aquel tiempo éramos felices, pero todo, con el
tiempo y otras cosas, fue cambiando, dejándonos sumidos en otros rumbos que a
ninguno convenció. En el fondo, mi acto era un favor para los dos. No cabía
duda. Se trataba de un acto de justicia, de libertad, de amor, de arte.
Ya no había nada que pensar, ni mucho menos quería
oír las mismas inferencias de hace años. Sin más espera, extraje el cuchillo y
lo acerqué hasta su garganta. Ella no tuvo tiempo de pensar, más que un grito
ahogado por el tiempo y el asombro. No sentí remordimiento ni tristeza.
Después de verla en total quietud, corté mis
manos, cerré mis ojos y me senté en el ático a esperar.
_____________________
CONTACTO CON EL AUTOR

Imagen: Fotograma de la película La naranja
mecánica (A Clockwork Orange), de Stanley Kubrick (1971)

OPINA SOBRE ESTE
RELATO
|