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En caso de emergencia,
no romper

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Javier
Ferrer

 

          Quiero contar una historia de amor. Pero primero debo advertir que no me apetece nada una pastosa amalgama de rosas y «te quieros». Ella abrió la puerta y él entró. «Dios, qué cansado estoy», dijo. Se pusieron unas copas. Pasó un rato y después se sentaron delante del televisor. No daban gran cosa. Ella era morena, aunque ahora iba de rubia, de rostro pálido y personalidad tímida y callada. Él era igual, a su manera. «La vida se parece más de la cuenta a uno de esos documentales», apreció él, pero ella no dijo nada, sólo bebió un trago. Un perro apareció en la sala y se arremolinó a sus pies. Ella lo cogió como si quisiera darle la teta y se puso a darle besos en el hocico. Lo saludó y le llamó encanto dos veces. Y bueno, así son las cosas, él aprovechó su oportunidad como un caimán y se arrojó al intento. «Bonito perro», le dijo. Se enamoraron súbitamente y los días siguientes follaron como locos gracias a varias de esas sucias borracheras en las que el mundo cívico echa toda su leña. Tomaron chocolate caliente y empezaron a decirse cuánto se gustaban a todas horas. Se veían todos los días, hasta que a él la compañía constructora en que trabajaba lo mandó a revitalizar un país en ruinas. «Dios es cruel», le dijo él, antes de embarcar en el avión, pero ella no dijo nada, sólo lloraba. Más tarde durante el vuelo él volvió a repetir aquellas palabras a un tipo mayor con el que compartía fila. «Dios es cruel, sabe, nos da lo mejor y de repente nos lo pone lejos». «Sí, mi hijo, aseguró el hombre. Pero no temas que sus divinas manos te devolverán la hermosura algún día».

          Después de aquel vuelo los enamorados jamás volvieron a verse. Se dice sin embargo que él ganó mucho dinero con la reconstrucción de aquel país en ruinas, y que se casó con una guapa modelo asiática en una boda de amor malintencionado que estaba al descubierto. Ella, por el contrario, continuó viviendo en una ciudad hipertrofiada y cada mañana limpiaba minuciosamente el polvo gris que iba acumulándose sobre los objetos que adornaban los muebles de la casa. De hecho, lo hacía con todo el cuidado del mundo, dado que no quería estrellar ninguno contra el piso.

 


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