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Una carta para Aurora
Benítez
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Rodrigo Jara
«Porque te miro y muero
y peor que muero
si no te miro amor».
M. Benedetti
Hablar de Aurora no me hace bien,
escribir sobre ella me ayuda a quitarme el dolor que muerde desde adentro. No
puedo negarlo, el año que estuvimos cerca el uno del otro, fue como un motor que
impulsó mi existencia a límites insospechados, límites de tristeza y soledad
pero también de plenitud y gozo.
La historia comenzó con
una petición urgente de los dueños del departamento donde viví por más de seis
años, querían que les devolviera el lugar. En menos de una semana hablé con más
de veinte personas, visité sitios diversos y finalmente me mudé a calle Santa
Rosa, en el barrio Edén. La casita me gustó a primera vista, destacaba por su
color rojo ladrillo y un hermoso antejardín. Creo que fue una buena decisión
quedarme allí, no sólo por lo bello y acogedor del lugar, sino por los hechos
que fueron sucediéndose y otorgándole sentido y esperanzas a mi vida.
Los primeros días me entretuve
ordenando los miles de objetos que aparecen en cualquier mudanza y, entre esos
objetos, encontré una caja de cartón muy bien sellada. En un primer momento
pensé en cachureos que yo mismo había olvidado desembalar, pero al abrirla supe
que no era mía sino de los antiguos arrendatarios de la vivienda. Contenía
decenas de revistas, fotografías y algunas prendas de ropa femenina. Lo que más
llamó mi atención fue la foto de una mujer bellísima y una carta cerrada
dirigida a una tal Aurora Benítez C. Días después, cuando había relegado la caja
a un rincón, recordé la llamativa imagen de la dama y la existencia del sobre.
Fui por este último y leí la carta con un fuerte sentimiento de culpa. A
continuación reproduzco su contenido, excepto el saludo inicial y alguna otra
cosa que poco o nada tiene que ver con esta historia, el resto es textual:
«Te escribo estas
notas como una forma de desprenderme de recuerdos que me torturan […] A
propósito, el otro día te vi cerca del terminal de buses. Caminabas con
impaciencia a uno y otro lado de la acera, de seguro esperabas a alguien. Tenías
el rostro como si hubieras llorado el día entero y no lo podías disimular con
esos gestos de falsa alegría. Ya no eres esa mujer altiva y perfecta, una
“verdadera condesa”, decía Jorge que parecías, ahora estás demacrada y ojerosa.
No te queda ese trabajo ni esa facha de dueña de la noche. Fingiste no verme
pero de tu mirada se desprendía la turbación. Algo habré aprendido a conocerte
durante el tiempo que vivimos juntos, ¿no te parece?
Todavía vuelvo a vivir,
como en una pesadilla, tus palabras y la escena de la última noche, con esa
carga de violencia que tenías reprimida desde el principio, o quizá de antes,
cuando vivías esa vida pulcra, casi religiosa en casa de tus padres. Rompiste
gran parte de la vajilla que nos regalaron. “Estoy cansada de ser tu sirvienta”,
me gritaste, lo recuerdo como si hubiera ocurrido ayer. “¿Qué va a pasar con el
niño?”, te pregunté con esa voz temblorosa que nunca he podido evitar en los
momentos difíciles. “No pensarás que me lo voy a llevar”, contestaste seca y
definitivamente. Después vino el silencio, el silencio más hondo que me ha
tocado vivir. No hubo lágrimas, no hubo despedida. Una gran mueca de desprecio
te llenaba la cara cuando abriste la puerta y la cerraste para siempre.
Los primeros meses
fueron terribles. Buscaba y rebuscaba entre mis recuerdos sin sospechar cual
había sido mi error. Reconstruí paso a paso los momentos que me parecieron más
importantes, cuando nos conocimos, por ejemplo, en el café Pirandello, ¿lo
recuerdas? Fueron hechos azarosos, nos encontramos varias veces en mesas
contiguas y en el pasillo que daba a los baños. Pensé que era el destino o el
mismo Dios quien nos reunía. Yo fui quien dio el primer paso y después las cosas
sucedieron tan rápido que creí que caíamos por la pendiente de una montaña rusa.
En tres semanas estábamos de novios y cuatro meses después nos casamos...
Algo pasó luego de nacido
el niño, algo que aún no me explico. Nuestra convivencia comenzó a deteriorarse,
ya no hablábamos ni hacíamos el amor. Yo me culpé e hice lo imposible por no
seguir cometiendo los errores que supuestamente cometía: trabajar mucho, llegar
tarde, el trago con los amigos y sabrá Dios qué más. Sólo después de pensar y
repensar el asunto y al calor de nuevos hechos que fui incorporando a mi
experiencia, comprendí que no había sido yo sino tú quien se había equivocado…
Supongo que supiste que
Carlitos estuvo muy enfermo, pasó largo tiempo en el hospital. Hubo días en que
pensamos que se moría pero, gracias a Dios, logró recuperarse. Ahora está feliz.
Ni siquiera te recuerda. Lucia lo quiere como a su propio hijo. Es una buena
mujer, nos ama y creo que nosotros también hemos aprendido a amarla.
...A pesar de lo que nos
hiciste, la otra noche hubiese aceptado lo que ofrecías. No porque te haya
deseado o te recuerde con el cariño de antes, sino por lástima. ¿Crees que no te
he visto rondando mi casa o acercándote al niño en la puerta de la guardería?
Así supe que estabas derrotada, pero extrañamente no me encuentro feliz por el
hallazgo, es más bien desasosiego y tristeza lo que me revuelve el pecho. Es lo
que se siente cuando alguien muy querido, lentamente, se va muriendo».
Leí una y otra vez la
carta. Me conmovió el tono doloroso y de reproche con el que estaba escrita.
Deduje que aquel hombre seguía amando a la mujer que lo abandonó. Intuí también
algo del sufrimiento de ella, había dejado todo para escapar de la jaula de lo
cotidiano y cayó en una esclavitud mayor. Pensé durante días en el destino de
aquellos seres, luego como pasa con todos los hechos de la realidad y más
dolorosamente con los hechos del alma, fui olvidándome del asunto. Sin embargo,
la vida me tenía preparada una sorpresa mayúscula, una sorpresa que cambió para
siempre mi tranquilidad de soltero empedernido.
Una tarde soleada de
marzo, mientras me entretenía regando las matas del antejardín, la vi parada en
la acera de enfrente. Era ella, la mujer de la foto. Su figura de modelo
envuelta en una elegante bata azul, se contraponía a los caserones altos como
fortalezas y a las viejas fachadas del barrio. Dejé el agua corriendo en el
césped y crucé la calle. Ella me siguió con la vista sin mostrar gesto alguno,
como si hubiese sabido lo que iba a ocurrir.
—¿Le gusta la casa?
—pregunté, escudriñando en sus ojos oscuros y en aquel rostro delicado, rostro
que más allá de su belleza explícita, dejaba entrever una mirada firme,
sapiente. Tiempo después, llegué a convencerme de que aquella mirada era la
expresión de un alma que se instaló en un cuerpo equivocado, un cuerpo bello
pero que la comprimía y molestaba.
—Sí, es bonita
—respondió, acomodándose la mata de pelo trigueño que rompía por sus hombros.
Debajo de aquella ropa ligera yo adivinaba una piel bruñida por el mejor
artesano del mundo, un artista que sólo trabajaba con los mejores materiales.
No, no podía ser una prostituta como insinuaba la carta, y si lo era, su precio
sería impagable.
—A mí también
me gustan las casas con antejardín —le dije y pregunté con osadía—. Usted se
llama Aurora, ¿verdad?
—Sí, claro, pero
¿cómo lo sabe? —murmuró, ahora sí, visiblemente extrañada.
—Es largo de
contar, pero si toma un café conmigo sería más fácil —argumenté. Dudó unos
segundos, levantó la cara hacia el cielo manchado de pequeñas nubes blancas.
Luego movió la cabeza en señal de aceptación.
Ya en la casa,
Aurora observaba todo con minuciosidad, las hortensias blancas y rosadas del
antejardín, las matas de rosas ya sin flores, el corte geométrico del pasto y el
avance avasallador de las enredaderas por la reja y las murallas de la casa
vecina. Después los muros vacíos del pasadizo, los rincones casi en penumbras de
la sala y la biblioteca. En una actitud poco usual en alguien que visita por
primera vez una casa, se quedó largos segundos observando una grieta que cortaba
el muro del pasillo desde el mismo cielo raso hasta el piso, incluso pasó la
mano delicadamente por sus bordes, como si la acariciara, como si aquella
quebradura tuviera algo que ver con su vida y más aún, como si esa grieta
trazara el mapa de su destino. En ese momento no comprendí su actitud
escrutadora, pero después, adiviné que era una forma de apropiarse de algo de
aquellos seres carnales y espirituales que abandonó y, que alguna vez vivieron
entre esas paredes. Le dije que se sentara mientras yo iba a preparar el café.
Al regresar noté sus ojos llorosos:
—Ha estado usted
llorando, perdóneme si he sido atrevido.
—No es por usted,
es por…
—Entiendo, entiendo —me
apresuré a interrumpir— no tiene por qué dar explicaciones.
—Habíamos quedado
que me diría ¿cómo es que sabe mi nombre…?
—Sí, sí, por supuesto.
Espéreme unos segundos —le contesté y dejando la bandeja sobre la mesita, fui
por la carta y las fotografías.
—Y eso ¿qué es?
—preguntó, al verme estirar la mano con los papeles.
—Un sobre y unas
fotos que encontré. Me tomé la libertad de leer la carta, ahí aparece su nombre.
—No se preocupe
—respondió, fijando su atención en las fotografías. Aproveché ese momento para
observarla. En verdad parecía de sangre azul, esa manera de sentarse con la
espalda recta, como si nunca descansara. El modo de pasar su mano por el cabello
y de cambiar de fotografía, con movimientos equilibradamente lentos. Todo
coincidía con la frase de la carta: «Una verdadera condesa».
A medida que avanzaba en
la lectura, el rostro le fue cambiando de color y de expresión. Terminó pálida y
completamente inmóvil. Se veía venir un sollozo y no me atreví a interrumpir.
Torció la boca en una mueca terrible, testimonio de esa lucha que se da entre el
llanto que quiere escapar y la voluntad que no lo deja. Salió por fin el primer
sonido, los demás lo siguieron rítmicamente.
—No llore por favor
—le dije tartamudeando—, no debí mostrarle… Ella no me dejó terminar, puso la
carta y las fotografías a un lado del sillón y salió de la casa cubriéndose el
rostro con las manos.
Así fue mi primer
encuentro con Aurora, digo el primero porque una semana más tarde la encontré
parada en el antejardín. Debajo de su frente amplia, unos ojos rasgados y
tristes buscaban algo en mi cara, tal vez un poco de compasión. Por cuántos
pantanos inmundos habrá pasado su espíritu en esos siete u ocho días, me
pregunté, cuántas mesetas salvajes atravesó, qué alimañas habrán intentado beber
su sangre. Su rostro dejaba entrever cansancio y sufrimiento, sin embargo,
curiosamente me pareció más hermosa que la vez anterior. El maquillaje jugaba
con las sombras, dándole a su palidez natural algo más: el toque mágico del
misterio o la evidencia material de aquel espíritu poderoso que vislumbré en su
primera visita. Hasta su modo de vestir era otro, llevaba un pantalón de
mezclilla, una camisa de corte casi masculino y unos zapatos groseramente
sencillos.
En efecto, era otra
Aurora la que encontré ese día en el antejardín. Con una sonrisa me pidió perdón
por el mal rato de la semana previa y su voz sonó más grave de lo que yo
esperaba, como si en esos días hubiera fumado cientos de cigarrillos o el llanto
le hubiese gastado el timbre de voz de la semana previa. Yo me disculpé por
aquella curiosidad enfermiza que arrastro desde la niñez y que se ha
multiplicado con los años y la soledad. Sin embargo, no pude dejar de fijarme en
la mano derecha de Aurora, tenía un libro pequeño y ajado, tan ajado que apenas
pude leer el título: El principito. Por un instante puse mi atención en él, pero
era tan insignificante que minutos después me olvidé por completo, por lo menos
hasta que las circunstancias le otorgaron la preponderancia que realmente tenía.
Más adelante hablaremos sobre eso, por ahora volvamos a los hechos de aquella
tarde.
Aurora y yo nos
sentamos en el sofá y conversamos detenidamente. Los últimos rayos de sol se
perdían tras las cortinas de los ventanales. El color amarillo de los muros se
tornó más opaco y las fotografías de cuadros famosos que adornaban la sala,
adoptaron una rara invisibilidad, como si los fantasmas que suelen habitar las
casas de los solitarios impusieran una atmósfera cómplice, una atmósfera que
invitaba a la cercanía, al diálogo íntimo. Me contó de los mil malabares
inventados para saber de su hijo y que hacía meses no lo veía. Se lo han llevado
lejos y no sé donde, murmuró entre dientes. También dijo algo de su trabajo, una
especie de dama de compañía o prostituta cara. Estoy harta, dijo mirándome
directo a los ojos, no quiero continuar en eso. No se bien lo que haré, porque
de algo tengo que vivir. Habló de su experiencia de casada, fue la única vez que
lo hizo, dijo que el encierro y la rutina habían destruido su autoestima y llegó
un momento en que no pudo soportar. Por mi parte, le conté de mi vida en
soledad, de los dos amagos de matrimonio que habían fracasado antes de firmar
cualquier papel y de la convicción que después de los cuarenta se hacía
complicado encontrar compañía. Las confesiones mutuas distendieron la
conversación, que comenzó tensa como una esgrima, derivándola hacia temas más
gratos. Creo que no nos dimos cuenta del momento justo en que nos abrazamos.
Esa
jornada fue maravillosa, todavía tengo reminiscencias del aroma de Aurora: un
perfume tenue y al mismo tiempo poderoso, algo que yo jamás había olido y que
podía despertar a los jubilados del cuerpo y del alma. Además, el roce de su
cabello, de su piel y esas maneras de moverse en la cama no son detalles fáciles
de olvidar para nadie, menos para el despojo que era yo por aquella época. Hacía
años que no dormía con una mujer, si es que alguna vez dormí con una, porque de
mujeres anteriores prácticamente no tengo memoria, excepto unos rostros difusos
y alguna habitación carcomida de motel barato o prostíbulo. Ustedes dirán que la
experiencia previa sesga mi apreciación, pero así lo sentí y no voy a
testimoniar otra cosa.
A partir de
ese momento regresó de manera irregular. En ocasiones se quedaba una semana y en
otras, una sola noche. Nunca supe el día exacto en que iba a venir y me daba la
impresión que ella tampoco, se dejaba llevar. Sin embargo, últimamente he
llegado a creer que Aurora, alevosamente, manejaba los tiempos con la intención
de conservar el misterio, fuente de todo enamoramiento y de toda magia. A
Guillermo, colega con el que hemos trabajado durante años en la misma escuela,
le oí decir que el amor es una especie de sortilegio, una suma de máscaras y
engaños. En el momento en que lo dijo, lo tomé como una de tantas frases
lanzadas al azar en cualquier conversación, ahora creo que podría ser aplicable
a mi caso, no obstante, se trata de una conjetura y sería muy difícil encontrar
la más mínima prueba que avale dicha hipótesis. Además, he ido aprendiendo que
este tipo de interpretaciones pos-mortem no pasan de ser mitos creados a partir
del dolor, mitos que, en los principios de la humanidad, narraron historias
fantásticas que pretendían explicar lo que no tenía explicación.
Aurora y yo nos
ayudamos mutuamente sin más compromiso que el deseo de estar juntos de vez en
cuando. Sin que me lo pidiera, le di dinero suficiente para solventar sus gastos
y por momentos sentí que veía en mí alguien importante, alguien en quien podía
confiar. Por otro lado, su presencia alivió mi depresión que por aquellos días
tomaba ribetes casi catastróficos. Para mi vida, Aurora fue como una ventolera
que lo revolvió todo. Mi trabajo de profesor de Historia en una escuela de las
afueras de la ciudad se resintió. Hubo días en que simplemente no quise
trabajar. Mis hábitos de lectura, mis paseos al atardecer, las reuniones del
jueves con los amigos y mi costumbre de comer a la hora, desaparecieron. Comencé
a esperarla y me frustraba al darme cuenta de que no vendría. A pesar de ello,
no me atreví a pedirle compromisos ni a confesarle nada. Me fui acostumbrando a
la incertidumbre, a la idea de que mi propio mundo tenía aspectos
incontrolables, zonas oscuras que de pronto irrumpían trastocando la vida que
ordenadamente transcurría en la luz.
Pero eso no
fue todo, hubo algo que tuve que morderme desde adentro: mi orgullo de macho
dominante, mi crianza para ser jefe de hogar. Acepté sin discutir sus decisiones
y más terrible aún, ni siquiera se me pasó por la mente la posibilidad de
contradecirla. Un hecho que arroja claridad sobre lo que digo, ocurrió dos meses
antes de su partida. Estábamos en pleno verano y, como es natural, en
vacaciones, una mañana de sábado le propuse ir a la ribera del río después del
almuerzo, de frentón respondió que no, argumentando malestar y dolor de cabeza.
No obstante, una vez que terminamos de comer, tomó mi mano y me llevó al mismo
lugar de la ribera donde yo la invité, lo hizo como quien cede ante los
requerimientos de un amante caprichoso o de un niño mal criado. Me sentí
extrañamente complacido ante esas concesiones, aunque pensándolo bien, pudo ser
manipulación, una forma de probar su dominio sobre mí o lo que yo prefiero
creer: el frustrado instinto materno de Aurora. Todas estas teorías, como ya lo
señalé, vienen con el tiempo, después de horas, días y meses sufriendo la
ausencia del ser querido. En el momento mismo, era sólo vivir y dejarse llevar
por lo que nos deparaba el día.
Las pocas ocasiones
en que logramos ponernos de acuerdo, viajamos a la costa cercana, sobre todo a
Constitución. En pleno invierno recorrimos sus calles estrechas, a medio camino
entre pueblo chico y ciudad. Estuvimos en restaurantes caros o comiendo a la
rápida en las pequeñas cocinerías del mercado. También leímos libros juntos,
para Aurora los libros eran otra forma de viajar. Alguna vez me dijo convencida:
—La
vida es un hermoso y terrible viaje —el mar bramaba detrás de nosotros.
—Sí —le
contesté—, terrible porque es un viaje que nos lleva a la muerte.
—No sólo por eso,
cada cierto tiempo pasamos por un callejón oscuro en el que nos apalean.
—Aún así creo
que vale la pena.
—También tiene
momentos bonitos, pero a veces creo que se nos dan para que después soportemos
los palos —dijo, y sus ojos me miraban tan fijos que parecían no buscar la
superficie del rostro, sino algo más allá, en mi cerebro, en el relieve sin
forma del carácter.
—Por ejemplo,
este viaje —dije con una sonrisa, tratando de obviar aquella mirada que
persistía en su búsqueda.
—Sí, un viaje para
olvidarse del otro, del que realmente importa —concluyó y se dio vuelta como
quien termina de instruir a un lacayo ignorante y se marcha.
Excepto las cosas que
logré deducir de las muchas conversaciones que tuvimos y de la carta de su
marido, yo desconocía el pasado de Aurora y la vida que llevaba cuando no estaba
conmigo. En ningún momento me dijo donde vivía, no me habló de amistades, de
parientes ni de los lugares donde transcurrió su niñez y su primera juventud.
Sin embargo, la manera firme y dulce de defender la zona secreta de su vida, no
sólo alivió en buena parte mi deseo de saber, sino que le dio un toque de
autenticidad a nuestra relación.
No sé cuántas veces, en
el tiempo en que estuvimos juntos, me sentí orgulloso de descubrir uno o dos
detalles del pasado remoto o del carácter de Aurora, pero más tarde me
avergonzaba al vislumbrar que yo sólo descubría lo que ella, indirectamente,
quería mostrarme. Cierta vez, después de divagar por varios temas sin
importancia, me regaló una de esas miradas que se hundían a fondo en mis ojos,
luego pasó su mano por mi pelo como quien acaricia a un hijo a la hora de dormir
y, sin mediar más preámbulo que aquellas caricias, comenzó a relatar la historia
de una niña de quince años, conocida suya, quien habría huido a otra ciudad
después de ser violada por su padrastro a vista y paciencia de la madre ebria.
Esa niña era ella misma, pude ver en sus ojos el miedo y la rabia mezclados,
frescos aún. En otra ocasión, esta vez con menos dramatismo pero con igual
convicción, me confesó uno de sus anhelos: el de pasar días, semanas enteras,
meses leyendo en algún café de Madrid o Barcelona, estaba segura de que un día
no muy lejano lo cumpliría.
Un viernes de fines
de marzo de 1997, llegó con un pequeño regalo.
—Te traje
esto —dijo, mirándome.
—¿Qué es?
—pregunté extrañado.
—Ábrelo.
—¡El
Principito! —exclamé conmovido.
—Sí, estuvo conmigo
los últimos diez años. Está viejo, sucio y rayado en las orillas; le agregué
comentarios y otros dibujos. Ojala te guste.
—No, no puedo
aceptarlo —dije, intuyendo el motivo del regalo.
—Por favor, me
gustaría que lo tuvieras —dijo suplicante y sus palabras, su rostro, sus gestos
fueron (ahora lo sé) su manera de decir adiós.
Esa noche no pegué
los ojos, me dormí a la amanecida. Al despertar cerca del medio día, Aurora se
había ido. Nunca más supe de ella. Con el tiempo y de acuerdo a los pocos hechos
que averigüé de su vida, he llegado a pensar que se ha suicidado. Suelo tener
pesadillas al respecto, la he visto flotando en las aguas de un río inmenso y
desconocido. Todos los días compro los diarios para leer la página roja,
creyendo que allí la voy a encontrar. También he pensado que logró averiguar
dónde se llevaron a su hijo y se fue tras él o que encontró la manera de cumplir
su sueño en los cafés de Barcelona y Madrid. Sin embargo, lo cierto hasta ahora
es que no he dado con ninguna pista clara de la única mujer que he amado en mi
vida, no obstante, tengo la certeza de que alguna vez sabré con exactitud lo que
ocurrió con ella, ese día retomaré este escrito para agregar las líneas que
faltan.
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RODRIGO ALEJANDRO
JARA REYES.
Escritor
chileno (Talca, 1966). Ha publicado, bajo el seudónimo
Thanatos, los libros de
poesía En los caudales de la memoria (1997),
De la memoria al
fénix (2000) y Dos sur y otros poemas escogidos (2002).
Además publica breves
ensayos de crítica literaria en los diarios El
Centro y El Trueno,
ambos de Talca.


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