|

SOBRE FEALDAD Y BELLEZA
(en sentido extramoral)
Carlos Manzano
Dicen que cuanto más se carece de algo, con más fuerza se desea. Y tal
afirmación debe de tener su parte de verdad, porque si algo me ha fascinado
hasta la locura ha sido siempre la belleza; y si hay algo que me caracteriza y
me define como ser humano es la fealdad.
Ese es mi sino, esa ha sido mi suerte desde que adquirí
conciencia del mundo y comencé a relacionarme con los demás: mi insobornable
deformidad facial, un estigma que he llevado con mayor o menor resignación hasta
hoy y que durante los años de colegio motivó que casi todos los compañeros me
conocieran con el mismo apodo: monstruito.
No me parece oportuno aburrir al lector con una detallada
descripción de las características físicas que hacen de mí un ser asimétrico y
deforme; sólo diré, para quien quiera hacerse una somera idea de mi rostro, que
de mi barbilla estrecha y puntiaguda va emergiendo poco a poco una cabeza cada
vez más amplia y extensa que desemboca en dos enormes orejas elefantinas, y cuyo
frontal aparece toscamente punteado por unos ojos rasgados que se apostan como
enemigos irreconciliables a ambos extremos de la cara. La frente, abombada y
sobresaliente, surge también desproporcionadamente ancha, confiriendo a mi faz
una estructura triangular que, para redondear el conjunto, tiene el dudoso gusto
de dejarse dominar por una nariz desigual, desusadamente abierta y profusamente
punteada por granos y verrugas varias.
Esa es la primera imagen que la gente obtiene de mí. Y aunque
el deseo natural de no causar daño en los marcados por la desgracia les impulse
a disimular su asco y su repugnancia, enseguida noto cómo sus ojos nerviosos
tratan de esquivar mi rostro y percibo su esfuerzo en finalizar la conversación
lo antes posible sin parecer demasiado bruscos ni groseros.
No podría asegurar con certeza en qué momento de mi vida
adquirí la conciencia de poseer un grado tan elevado de fealdad, pero lo cierto
es que desde muy pequeño un agudo complejo me ha acompañado adonde quiera que
fuera, limitando mi capacidad de comunicación con los demás.
Feo y tímido, esas han sido mis características más
distintivas. Y en consecuencia, la soledad se ha convertido en mi estado social
casi permanente. Nunca me he revelado contra las risas o el asombro de los que
me veían por primera vez, ni tampoco he tratado de modificar esa primera y
repugnante impresión haciendo uso de un ejemplar sentido del humor o de una
educación exquisita. Es una verdad tan evidente, que el menor esfuerzo por
dulcificarla hubiera resultado completamente vano, además de ridículo. Siempre
me he avergonzado de ser tan feo, hasta el punto de sentirme culpable por ello.
Tengo ya unos cuantos años a cuestas, y he de decir que
durante todo este tiempo he aprendido a convivir con el estigma de la fealdad.
Supe sobrellevar el escaso aprecio que mis padres siempre mostraron conmigo —y
no se lo reprocho, tener un vástago tan horroroso como yo merma la ilusión del
más dispuesto—, y aprendí también a moverme por mi cuenta en todos los ámbitos
de la vida, sin esperar la ayuda o la consideración de nadie. La falta de
contacto social me indujo a recluirme en la lectura, una actividad que me ha
proporcionado algunos de los escasos instantes de placer de mi vida. Porque,
efectivamente, los libros me permitían huir de mi realidad más miserable y
lanzarme por caminos desconocidos y abiertos que, al tiempo que hacía míos, me
permitían soñar con otros mundos, con otros personajes, con otras circunstancias
menos adversas que las que me tocaba vivir en primera persona.
Pero los libros entrañaban un peligro que al principio no
supe ver: me mostraban un mundo lleno de pasiones profundas, emociones
arrebatadas y efusiones intensas de las que hasta entonces yo apenas si tenía
constancia: amores, romanticismo, locuras varias que, como un recién llegado a
tierras lejanas, iría descubriendo poco a poco con declarado asombro e inusitado
interés. Y, como no podía ser de otra manera, a partir de entonces comencé a
añorar como si hubieran sido míos todos esos sentimientos desaforados y pasiones
inauditas que parecían condensar en sí mismas el sentido último de la existencia
pero que hasta ese momento yo no había sido capaz siquiera de imaginar.
También por aquel entonces, a mis estrógenos les dio por
comenzar a hacer su trabajo, y pronto comprendí que el mecanismo que desataba
aquellas pulsiones profundas y arrebatadoras habitaba igualmente dentro de mí.
Recuerdo perfectamente la primera chica de la que me enamoré. Se llamaba Lucía,
e iba a la misma clase que yo. Supe que estaba enamorado de ella porque apenas
podía apartar mis ojos de su rostro: era guapa, o mejor dicho inmensamente
bella, y con sólo pensar en ella sentía un extraño cosquilleo en el estómago.
Aquella fue la primera vez que me vi presa de aquel extraño vértigo que nacía de
la sola contemplación de la belleza, de las formas sublimes, o lo que es lo
mismo, de la grandiosidad y perfección encarnadas en los rostros resueltos de
las chicas.
Pero yo era feo, seguía siendo Monstruito para casi
todos, y el único sentimiento positivo que hubiera logrado de despertar en ella
era la lástima. Así que ¿para qué amargarse la vida con anhelos imposibles, con
sueños engañosos que sólo me llevarían a torturarme aún más, a deplorarme sin
remedio a causa de mi execrable deformidad facial? Debía aceptar mi destino, no
había cualidad humana que pudiera compensar la extrema fealdad de mi rostro. Por
mucho que me lo propusiera, jamás llegaría a gustar a una chica tan hermosa como
Lucía. Aquél era un camino que me estaba irremisiblemente vedado.
Fue mi primera frustración grave, la primera piedra con que
me tropecé del enorme pedregal sobre el que iba a caminar hasta mi muerte. Pero
me enseñó a adormecer los sentimientos y a domesticar el ansia, y, cómo no, a
desfogar mi pasión de la única manera en que me era permitido hacerlo: en la
húmeda soledad del cuarto de baño.
Lo terrible es que cada nuevo día iba descubriendo a mi
alrededor multitud de rostros hermosos y seráficos, exquisitos diría yo,
cándidos todos, que nunca se giraban hacia mí, sino que me evitaban como se
esquiva un saco de basura en medio del camino. Yo me esforzaba en aprehender
cada uno de ellos, escrutaba todos sus rasgos, me deleitaba en las líneas
cadenciosas de sus pómulos, en la profundidad infinita de sus pupilas, en la
lenta modulación de sus contornos, y después los hacía míos, los robaba en
secreto, los atesoraba en la memoria, porque sabía que aquél era el contacto más
íntimo con su belleza que jamás podría permitirme.
¡Y Dios mío, cómo amaba todas y cada una de aquellas caras
tan livianas y gráciles! ¡Cómo las extrañaba y cuánto las deseaba! Pero eso era
lo único que podía obtener de ellas, y por ese motivo su contemplación aspiraba
a llenar la carencia de todo lo demás. ¡Ah, la belleza! En buena lógica,
aquellas miradas ávidas pero estériles deberían haberme llevado a la
frustración, al odio, al rencor y a la desesperación, porque constantemente me
señalaban lo que yo no era, lo que nunca lograría conseguir. Sin embargo,
constituían mi mayor consuelo.
Las amaba a todas ellas sin distinción, quizá porque
representaban un imposible. Yo, cada día más feo y más fuera del mundo, admiraba
su perfección, la pureza que destilaban. Con constancia e infinita paciencia, me
había ido convirtiendo en un devoto adorador de la belleza femenina, amaba por
igual a todas las ninfas que cruzaban junto a mi ventana cada día o se sentaban
indiferentes en el banco que había frente a mi casa; las amaba a todas ellas sin
distinción de complexiones ni apariencias: amaba el concepto, no el envoltorio.
Sin embargo, pocas veces me dejaba ver. Sabía que si por una
casualidad nuestras dos miradas coincidían siquiera por un segundo, ellas
retirarían la suya al instante, asombradas al descubrir la existencia de un
engendro tan horripilante como yo, y me negarían de esa forma el único pequeño
placer que me era permitido obtener en aquel entonces. No necesitaba su
respuesta ni su colaboración; era su belleza lo único que me interesaba, la
belleza sin más, aquel atributo que yo nunca tuve ni tendría.
Conseguir un empleo de bedel en el instituto fue el logro más
importante de mi vida. A partir de ese momento, cientos de jovencitas de
esbeltos cuerpos y bellos rostros cruzarían frente a mí todos los días con
absoluta despreocupación, ignorándome por completo y concediéndome de esa forma
la ocasión de espiarlas sin levantar sospechas. No me hacía falta buscar más
lejos, las tenía allí a todas, a mi alcance, a unos metros del cuarto donde
solía pasar yo las horas enclaustrado. Fue sin duda mi mejor época, mi momento
de gloria, unos años en los que conseguí definir con precisión el canon de
belleza que tanto me fascinaba.
Entre otras cosas, descubrí que la belleza adolescente no
admite comparación. Hay algo de genuino, de cristalino en sus rostros, que no es
posible captar en ninguna otra hembra. Su sonrojo veloz, su risa fácil, la
ignorancia del futuro que les espera… Recuerdo a varias de ellas como si las
tuviera aquí mismo, todavía las veo reír distraídamente mientras bajan por las
escaleras en dirección al patio. Muchas van en grupos, hablando de asuntos
intrascendentes, aferradas a sus carpetas como escudos en la batalla; otras, más
precoces, consienten en ser custodiadas por compañeros masculinos y se comportan
de manera distinta a las demás: se mueven con frivolidad, les gusta exhibirse,
que las miren —¿qué pensarían si supieran que el bedel deforme se pasa horas
contemplando sus cuerpos prometedores amparado en la oscuridad del almacén?—, se
adivina en ellas un regusto por la provocación, por el coqueteo, por mostrar
ciertos apuntes de procacidad. Esas son las que más me gustan, porque por lo
general suelen ser también las más hermosas. A alguna la he visto besarse a
escondidas con otros muchachos, las más osadas incluso se dejan sobar los senos,
pero cuando alguna intuye mi presencia su rostro se enfría de repente y calla,
como si mi aparición les helara la sangre y las bañara en un intenso escalofrío
de espanto.
Conforme me hago más viejo, más me fascinan estas jovencitas
sicalípticas —porque, huelga decirlo, sigo igual de encandilado con su belleza
como en mi adolescencia—. Continúo solo, ausente del mundo, apagado en mi
fealdad inhóspita, vencido por un estigma contra el que no he sabido ni he
querido rebelarme. Así que sólo me quedan ellas, mis impolutas y frágiles
bellezas. Aunque hace tiempo que me expulsaron del instituto por espiarlas.
Fue un momento terrible, un incidente atroz, una auténtica
ignominia. Los padres vinieron y me llamaron sátiro y depravado, me insultaron
cuanto les vino en gana y me denigraron como a un delincuente. Todos sin
excepción —padres y alumnas, profesores y empleados— hicieron círculo a mi
alrededor acusándome de acechar a las muchachas y de comportarme como un
pervertido. Creo que mi fealdad les ayudó a ser crueles conmigo, nadie se apiada
de un deforme, nadie siente cariño por un monstruo. Y aunque es cierto que yo
las espiaba desde hace años, que las vigilaba expectante cuando desnudaban sus
cuerpos en el gimnasio o cuando compartían secretos e intimidades en los oscuros
váteres del centro, jamás osé causar a ninguna el menor daño ni nunca me hubiera
atrevido a ir más allá de mirarlas en silencio. Fue extremadamente cruel la
manera en que todos ellos se comportaron conmigo, una conducta mezquina que no
podré olvidar jamás.
No creo necesario resaltar que nunca hasta la fecha he yacido
con mujer alguna. Hubiera podido hacerlo varias veces con tal de pagar lo que me
pedían, pero eso es algo que siempre me ha parecido sucio e infame, totalmente
ajeno al canon de belleza que tanto anhelo. Una vez me armé de valor y entré en
un peep-show sin saber lo que me encontraría allí, pero ninguna de esas
hembras poderosas que bailaban desnudas ante mis ojos simulando un torpe
ejercicio de seducción podía compararse ni por asomo con la sonrisa más vulgar
de mis amadas adolescentes. Salí tan decepcionado que no he vuelto a entrar más.
Prefiero rebuscar en las abarrotadas estancias de mi recuerdo que consolarme con
una imitación tan hosca, tan burda y tan vulgar como ésa.
Pero tampoco deseo aburrir al lector ocasional con una
retahíla de sucesos intrascendentes ni de desdichas más bien ridículas que ni
siquiera el vacío absoluto sobre el que se asienta mi vida conseguiría elevar a
la categoría de anécdota —sucesos todos ellos, por otra parte, que apenas darían
para llenar un par de cuartillas—. Además, ya me queda poco camino que recorrer,
apenas me restan ocasiones en que poder regodearme en mi desgracia: el otro día
me diagnosticaron un tumor cerebral y me dieron de dos a cinco meses de vida.
Espero que nadie me malinterprete: no busco piedad ni
consuelo, ni tampoco despertar la lástima de los más benévolos. Es cierto que mi
vida ha estado marcada por la frustración y la renuncia, y que la fealdad me ha
definido desde mi nacimiento hasta determinar el apagado curso de mi existencia.
Pero no culpo a nadie por ello; en todo caso, la única responsabilidad me
tocaría asumirla a mí en exclusiva: soy feo, mi rostro es desagradable y
desprecia las más elementales normas de coherencia estética y armonía visual. Y
de eso no hay responsables. Los sentimientos aquí están de más: nadie en su sano
juicio se enamoraría de mí. De nada sirve condenar el horror que provoca mi
cara. He tenido que vivir la mayor parte del tiempo alejado del mundo, recluido
en mi propia insignificancia, oteando con envidia la belleza de los que tenía a
mi lado, de los que podían vanagloriarse de su aspecto, de los que lograban ser
amados y correspondidos, de quienes se sentían capaces de llegar hasta la
belleza opuesta, la del sexo contrario, y palparla y poseerla y disfrutarla
hasta alcanzar el éxtasis, personas todas ellas ante las que la vida se abría
como un mosaico de promesas y oportunidades al alcance de la mano.
Este ha sido, a grosso modo, el resumen de mi vida, una
historia de fealdad asumida en la que no me ha sido permitido superar ni la
incomprensión ajena ni la incomunicación con el mundo. Y digo que no se me ha
permitido porque —y esto salta a la vista sin necesidad de estudiar
detenidamente los hechos— cualquier cosa que yo hubiera podido hacer estaba
anulada de antemano por la desproporción de mi aspecto físico. Dondequiera que
fuese, el estigma caía sobre mí sin que fuera necesario siquiera abrir la boca:
eran sus miradas estremecidas, sus gestos de horror los que me lo decían todo,
los que me golpeaban con la saña con que se golpea a una fiera enfebrecida: con
la rabia que produce el espanto. ¿Que apenas si he hecho nada por evitarlo?
¡Pero por favor, no me toquen las pelotas! ¿Quién puede sentir por un feo más
que lástima y conmiseración, sin hablar de la repulsión que siempre acompaña a
la primera impresión? Las puertas se me han cerrado aún antes de que pidiera
permiso para entrar. ¿Y saben qué les digo de su lástima? ¡Que se la pueden
meter por el culo! No quiero compasiones ni condolencias. Ya no. Es demasiado
tarde, ahora que me he podrido de asco, solo, vacío e inmensamente hastiado.
Porque uno se va pudriendo por dentro cuando ve la vida pasar por delante como
una estúpida película que, al final, terminará dejándote al margen, fuera de su
bendito happy end.
Cierto que, aún sin su consentimiento, pude haber tenido bajo
mi cuerpo muchas de aquellas muchachas hermosas a las que he amado en silencio,
y que únicamente por miedo o cobardía no lo hice. Ahora me arrepiento. Y el que
tenga huevos, que me acuse de lo que quiera. ¿Acaso se apiadaban ellas de mi
monstruosidad facial, de mi facha espeluznante? ¿Tal vez pensaron alguna vez:
«pobre hombre, no es justo que siga solo, démosle una pequeña ayuda, hagámoslo
con él una vez al menos, todo el mundo se lo merece»? ¿Por qué entonces iba yo a
respetarlas como si fuesen diosas sagradas o esposas de un harén al alcance sólo
de unos privilegiados? ¿Por qué no violentar de una vez por todas el falso pudor
con que disfrazan su siempre fingida dignidad, su orgullo, sus mentiras de
mierda? ¿Qué me impide llegar hasta lo más profundo de cada una y llevármelo
para siempre adonde nadie pueda arrebatármelo ya? Pero es demasiado tarde
incluso para eso, y además ya todo me da igual. Si soy sincero conmigo mismo,
nunca me habría atrevido a tanto. Soy demasiado tímido para actuar; bastante
tengo con no arrojarme por un puente cuando siento sus miradas de horror y de
asco cruzarse conmigo por la calle, cuando veo sus ojos vacíos agitándose de
espanto ante la manifiesta deformidad de mi semblante.
Sí, lo reconozco, en estos últimos minutos me ha podido la
amargura, el asco y la decepción. Pero creo que merezco ser disculpado por ello.
He sido inmensamente feo, pero un feo enamorado de la belleza. ¿Puede alguien
imaginar una contradicción más flagrante y dañina a la vez?
Ya no escribo más, no tiene sentido seguir con esta tortura
que me estoy infligiendo casi sin darme cuenta. Nada de lo que no ha sido podrá
volver a ser alguna vez. Si mi muerte satisface a alguien, bienvenida sea. Pero
me temo que ni enemigos dejaré en esta vida. Sólo un amor profundo por todo
aquello que ha pasado de largo ante mis ojos, el único órgano que me ha sido
fiel hasta el final y que me ha procurado unos mínimos instantes de placer.
Sólo me queda esperar a que lleguen mis últimos días, que
serán los más terribles y dolorosos, y que la enfermera que me atienda compense
cuando menos la carencia de cariño que ha caracterizado mi vida. Ojalá sea
hermosa y joven, una de ésas que acaban de terminar sus estudios y afrontan sus
primeras etapas en el mundo laboral: por lo menos me llevaré un último recuerdo
amable de esta puta vida.
_____________________
CARLOS
MANZANO, Nació en Zaragoza en 1965. Es Licenciado en

Ciencias
Políticas y Sociología.
Es autor de la novela Fósforos en manos de
unos niños publicada por
Septem Ediciones (2005).
Ha sido finalista del I Premio Letras de Novela
Corta con la obra Las fuentes del Nilo (2003); ganador del I Concurso
Literario Villa de Benasque para autores aragoneses (2004) con este
relato que hoy publicamos en Almiar/Margen Cero; finalista del X Concurso de
relatos cortos Juan Martín Sauras con la obra No declararé en tu
contra (2005) y colaborador ocasional en la revista digital de viajes
Foráneos (www.foraneos.net). Ha realizado diversas exposiciones de
fotografía desde el año 1992 y dirige la revista literaria «Narrativas».
Web
del autor
Lee otro relato de este
autor:
El
desierto.

|