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Adiós
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Patricio Moraga Vallejos
Acabas de colgar y de decir adiós.
Y se me abalanza el silencio. Uno profundo, uno hiriente y castigador. Me
envuelve, me atrapa, me invade. Entra por mi boca, me aprieta el pecho y no
encuentra salida. Ensordezco, enmudezco y clavo la mirada en un muro, donde veo
aparecer tu nombre para luego ser testigo de su desvanecimiento como si tratara
de un malicioso truco de magia.
Y me quedo esperando un
instante, quieto, muy quieto, mudo, como muerto. No quiero alertar a nadie, no
deseo compasión lastimera, no quiero delatarme como un animal herido y
abandonado. Y espero que sólo sea un engaño, una pesadilla, un delirio más en mi
atormentada forma de vivir.
Y espero que vuelvas a llamar
y en ello se me pasan las horas, el día y la noche. Y no sucede. Y te busco por
toda la casa. Reviso cada lugar como si jugaras a esconderte y no te encuentro.
Sin embargo, huelo tu perfume y me arrastro sigilosamente para intentar
sorprenderte. Y por más que te respiro en cada espacio, no estás. Y mis brazos
se vuelven inútiles pues al querer alcanzarte se enredan de forma estúpida.
Y me invade la frustración y
la angustia.
Y la realidad me golpea el
rostro. Y me doy cuenta que te has despedido para siempre, sin retorno, sin
misericordia. Y tu rostro se me adhiere en la frente. Y tus manos escapan de las
mías. Y me quedo recordando el sabor de tu último beso cuando juraste que me
amarías para siempre. Y entiendo que nada es para siempre, menos el amor donde
siempre acecha el error, la traición y el dolor.
Y tu adiós se apodera de mi
cuerpo. Tiemblo, sudo y pierdo la orientación. La tristeza se agiganta y me
aplasta, me devora sin sutilezas ni miramientos de ningún tipo y me deja botado
en un rincón, sin fuerzas ni voluntad, disponible para el festín de las aves
carroñeras o para ser arrojado a un cajón.
Y reina la desolación, una
grande, una que termina abatiéndome.
Y me quedo solo, perdido en mi
propio destino, sin poder despegar mi boca del suelo, imaginando ilusamente
poder amarte en sueños.
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