
El simulacro
Mamen Moruno Nadal
Ansiosa por
llegar a sus brazos, corría por toda la casa buscando los zapatos apropiados, el
bolso a juego, las gafas nuevas. Mis manos parecían haberse vuelto ciegas y, a
tientas, no conseguía encontrar ni las llaves, ni la bufanda ni el anillo que
años atrás me había regalado. ¡No podía ser! ¿Dónde estaban todas esas cosas?
Parecía cómo si todo se hubiese esfumado. ¡Todos aquellos objetos parecían
confabularse contra mí! ¡Se estaban convirtiendo en obstáculos ante la
posibilidad de reunirme por fin con mi destino...! ¿Por qué?
Corría al baño, abría armarios, registraba cajones, en un intento desesperado
tiré la estantería de frascos y demás ungüentos al suelo, ¿para qué los quería
ahora? Pasé a la cocina... ¡Los armarios! ¿Y si hubiese guardado allí el bolso?
¿Y si las gafas hubieran ido a parar a la nevera por equivocación? Abría y
cerraba puertas y cajones sin cesar, sin tomar aliento. ¡No podía llegar
tarde...! ¡No, otra vez, no! Había estado esperando aquel momento toda mi vida.
Miraba el reloj... ¡Las seis y diez...! ¡No voy a llegar! El bolso, no lo
necesitaba, ¿para qué?, ¿quién necesitaba ahora documentos y dinero? Seguro que
me invitaba a cenar, siempre había sido muy galante, pero…, ¿quién quiere
comer? Las gafas…, ¡fuera!, no me importaba no ver el número de autobús, total,
voy a coger un taxi. Caí en la cuenta de que todas mis amigas tenían un juego de
llaves de mi piso. Me calcé los primeros zapatos que pillé en el armario y salí
corriendo a la calle.
Veinte minutos me separaban de mi destino... ¡Veinte...!
¡Veinte para encontrar un taxi...! ¡Veinte para que estuviera libre...! ¡Veinte
para sobrevivir al tráfico...! ¡Dios, el móvil! ¿Cómo se me había podido olvidar el móvil? ¿Y si me
llamaba? ¿Y si se impacientaba? ¿Y si le hubiese pasado algo y nadie me llamara,
aunque sólo fuera para reconocer el cadáver...? ¡No quería ni pensarlo! Los ojos
se me salían buscando una luz verde, no paraba de mover los brazos, el corazón
me latía a mil y al borde del infarto, de pronto, recordé...
Recordé que todo había sido un estúpido simulacro más por si algún día él
decidía volver a buscarme. Tomé aire, respiré hondo y me tiré al suelo ante al
asombro de todos mis vecinos. Seguro que el día que vuelva a buscarme, de
verdad, tendré más tiempo para prepararme... ¡Qué alivio!
FOTOGRAFÍA:
Pedro M. Martínez
© 2004 Todos los
derechos reservados