
El pilar de la sociedad
Juan
F. Planas
El
ministro puso una pildorita sobre su lengua, bebió un sorbo de agua y
tragó el medicamento. Tras apoyarse en el respaldo de cuero de su butaca, movió
la cabeza como hacía siempre que lo atormentaban las cervicales. La noche
anterior había estado reunido con el presidente hasta la una de la mañana —una
reunión muy espinosa—, y luego no había podido dormir bien; ahora lo atormentaba
la artrosis del cuello... Todo eran sinsabores últimamente.
Echó una mirada a su alrededor: paredes revestidas de caoba,
óleos y xilografías firmados por artistas renombrados y caros, alfombra de
espesísima lana, un voluminoso escritorio de caoba con herrajes de plata; sobre
éste, un pequeño mástil de oro, plata y ónice con su banderita y el escudo
nacional en el pedestal; a sus espaldas, un mástil con una bandera nacional
artísticamente plegada, junto a un busto de la República labrado en mármol
blanco. Todo el despacho de Santoro ostentaba la magnificencia del poder.
Y, sin embargo, Santoro no se sentía feliz; ya no. Cuatro
meses atrás, cuando juró como ministro del Interior y ocupó aquel espléndido
despacho se había sentido dichoso; ¡había llegado! Se mostraba siempre
circunspecto —cosa de imagen, como los gruesos bigotes y el ceño fruncido—, pero
exultaba. Estaba por encima de los mortales, con su automóvil escoltado, con el
tratamiento respetuoso, obsecuente algunas veces, temeroso otras, que recibía de
todos. Su esposa era la esposa del ministro del Interior, sus hijos eran los
hijos del ministro del Interior, su apartamento en la capital era el del
ministro del Interior, su casa en el
«country club»
era la del ministro del
Interior... era como ser un dios en pequeña escala.
Aquella dicha acabó bruscamente precisamente el día de su
cumpleaños; cuando estaba desenvolviendo el regalo de su esposa —una magnífica
raqueta de tenis—, le avisaron del primer atentado; cinco muertos y numerosos
heridos. Desde entonces, no había tenido un minuto de sosiego. La raqueta, aún
virgen, quedó olvidada en el
«country club»
de su cuñado.
El ordenanza le avisó que había llegado el jefe de Policía.
Santoro le ordenó que lo hiciera pasar y retirara la bandejita con el vaso. La
píldora no había tenido tiempo de hacer efecto, y las cervicales seguían
atormentándolo; íntimamente, deseó que Villegas, el jefe de Policía, se hubiera
retrasado media hora, pero no había remedio.
«Empezó
el día de trabajo»,
pensó el ministro, mientras movía la cabeza para aliviar el dolor de las
vértebras.
La conversación con el jefe de Policía duró algo más de una
hora; sería bastante tedioso oírla en su totalidad, pero podemos resumirla en
pocas palabras: que el día anterior había ocurrido otro atentado con explosivos
contra un banco extranjero; era el mismo grupo terrorista de los casos
anteriores; por fortuna, esta vez no había ninguna víctima fatal que lamentar;
la prensa, los bancos, la embajada, el presidente, todos estaban presionando a
Santoro, porque hacía tres meses que habían comenzado los atentados y no se
había podido identificar y detener a los criminales; el jefe de Policía debía
entender que, si no podía obtener resultados positivos a la brevedad... En fin,
el ministro endosó al jefe de Policía las presiones que él había recibido.
* * *
Un hombre cuya edad frisaría entre los veinticinco y los treinta
años, de mediana estatura, tez trigueña y pelo castaño oscuro, que llevaba una
caja de herramientas, caminaba a paso vivo por una calle empedrada. Su campera,
bastante usada, lo protegía relativamente del frío viento invernal que azotaba
las calles de Buenos Aires. Parecía de buen humor, y no le faltaban razones:
había concluido un trabajo de electricidad vasto y complejo, y le habían dicho
que estaban muy contentos con la labor realizada y que le iban a pagar a la
brevedad. Tratándose de un hombre que llevaba una caja de herramientas y una
vieja campera, eran buenas razones para estar contento.
Gervasio (tal era el nombre del ufano caminante) se detuvo en
un quiosco, compró una revista de crucigramas y continuó su marcha. Pronto llegó
a su destino, la pensión de doña Ignacia; el exterior del establecimiento no se
distinguía mayormente del que tienen por lo común los de su género: construcción
del año 1910 más o menos, tres escalones de mármol blanco, placa blanca con
letras azules:
«Hotel – Pasajeros – Familias – Habitaciones con y sin baño
privado», zaguán.
Gervasio entró en la pensión, saludó a la dueña, que estaba
con dos de sus huéspedes en el recibidor y pasó a su habitación; ésta era de la
categoría
«sin baño privado»; como Gervasio no nadaba en la abundancia ni mucho
menos, en vano uno hubiera buscado lujos superfluos en aquel cuarto: una cama,
una silla, una mesa pequeña, un minúsculo armario; todo ello desvencijado y
barato. Sobre la mesa había un cenicero de aluminio junto a un portarretratos en
el que se veía al electricista con un niño de tres o cuatro años en brazos.
Tras quitarse la campera y los zapatos, se acostó boca abajo
en la cama y comenzó a luchar con el primero de los crucigramas de la revista
que había comprado minutos antes. Se titulaba Hombres célebres del siglo XX;
pese a ser un crucigrama grande, en un cuarto de hora había resuelto la mayor
parte. Quedó perplejo ante
«Gobernante de la Unión Soviética que sucedió a Lenin»,
vertical, seis letras. No tenía idea de quién podía ser, y si lo descubría
quedarían resueltas algunas letras de varias entradas horizontales. Por fin, se
le ocurrió una idea:
«Le
pediré a la señora Ignacia que me deje ver el Sopena»,
pensó.
* * *
La señora Ignacia, la dueña de la pensión,
había invitado a doña Susana y la señorita Francisca a tomar el té con ella,
honor que la patrona sólo concedía a huéspedes del sexo femenino que reunían las
condiciones de respetabilidad (según los criterios de la señora Ignacia) y
puntualidad en los pagos. Aunque el té era exactamente eso, una infusión sin
tostadas ni bizcochos ni nada, no dejaba de ser un honor para las invitadas,
máxime que las hizo sentar en la salita de recepción, el aposento más lujoso de
la pensión. Aunque, por economía, el calefactor se encontraba apagado, el
recibidor parecía confortable en aquella tarde fría y ventosa.
La salita era una habitación pequeña con dos puertas; una al
zaguán y la otra a un pasillo sobre el cual daban las habitaciones alquiladas.
Las paredes, pintadas de verde claro hacía dos o tres décadas, estaban decoradas
con un par de cuadros: San Cayetano, con unas espigas de trigo adheridas al
marco, y un paisaje con montañas y un lago. El mobiliario consistía en una
mesita, con un jarrón en el que las flores se encontraban siempre ausentes, dos
sillones algo raídos y algunas sillas, éstas bastante sólidas.
Lo que, a juicio de la señora Ignacia, enaltecía la salita y
confería a toda la casa una reputación especial, por encima de las demás
pensiones, era una pequeña biblioteca, con puerta de vidrio, que en sus tres
estantes contenía unos cuantos ejemplares de Selecciones del Reader’s Digest,
un álbum con amarillentas fotos de la infancia y la juventud de la dueña, un
libro de recetas de cocina, ocho o nueve novelas de Corín Tellado y la gloria de
la biblioteca: el Diccionario Enciclopédico Sopena en cuatro tomos.
Durante el té, la conversación de las tres damas abarcó el
tercer asalto que había sufrido la farmacia; según la señorita Francisca, casi
seguro que los atracos eran obra de los inmigrantes que vivían en la casa
usurpada de la otra cuadra, y no hacían más que vender droga y robar. Doña
Ignacia sostuvo que aquéllos no eran los únicos que vendían droga; se lo había
asegurado el cabo Pereira, que frecuentemente platicaba con ella. La
conversación tomó otro rumbo cuando se abrió la puerta del pasillo y salió la
señorita Ester, otra inquilina, que saludó y salió.
—Seguro que va a ver a Lucio, el de la ferretería. Cuando
cierra, a veces van juntos a un hotel —comentó la señora Ignacia.
La señora Ignacia agregó que cualquier día la pondría de
patitas en la calle; con sus escotes, sus minifaldas y sus familiaridades con
los hombres de la pensión comprometía el buen nombre de la casa.
La puerta del pasillo se abrió nuevamente. Esta vez era
Gervasio, que pidió permiso a la señora Ignacia para consultar el diccionario
Sopena. La patrona se levantó con aire solemne, tomó entre las llaves que
colgaban de su cintura la correspondiente a la biblioteca y, mientras abría el
mueble, preguntó cuál de los tomos quería el electricista.
—El de Lenin... No, mejor el de Revolución Rusa.
La señora Ignacia le entregó el volumen correspondiente a la
letra R, y Gervasio se puso allí mismo a hojearlo —no estaba permitido llevarse
el Sopena para consultarlo—, mientras las damas lo observaban atentamente. Tras
buscar en vano en
»Revolución Rusa", fue a la entrada de
«Rusia»
y se
puso a leer hasta que exclamó:
—¡Claro! Era Stalin...
Devolvió el tomo a la patrona, le dio las gracias y volvió
presuroso a su habitación. Cuando las mujeres quedaron solas, doña Susana
preguntó:
—¿Por qué quería buscar a Lenin? Una vez vi una película...
Lenin era un anarquista que puso muchas bombas.
—¿Un anarquista? —preguntó la señora Ignacia. Doña Susana
prosiguió, con autoridad:
—Sí. Creo que mató a un zar de Rusia con una bomba.
—¿Y ese Stalin que nombró Gervasio?
—Me parece que era un general comunista o anarquista, no me
acuerdo bien.
—¿Andará en alguna cosa rara Gervasio?
—la voz de la señorita
Francisca denotaba cierta inquietud; su habitación era contigua a la del
electricista, y temía tener por vecino a un amenazador faccioso.
La señora Ignacia tranquilizó a sus huéspedes y desvió la
conversación hacia los chismes del barrio; pero decidió que la próxima vez que
el cabo Pereira se arrimara por la pensión, donde el policía acostumbraba tomar
unos mates, le comentaría el caso.
* * *
«Hoy
tendré un mal día»,
pensó el cabo Pereira cuando, al salir de la pensión de la señora Ignacia,
encontró el patrullero de la ronda detenido a la puerta del hospedaje. Al mando
de la ronda estaba el subinspector Lusardi: un tornillo que apretaba
hacia abajo (sus subalternos) y aflojaba hacia arriba (sus superiores); y el
cabo Pereira estaba claramente en falta... a no ser que pudiera justificar su
presencia en la pensión. Rápidamente, decidió que le iba a informar a Lusardi un
tonto chisme que le habían contado la señora Ignacia y dos estúpidas viejas.
El oficial lo interrogó, con tono formal, acerca de su
presencia en la pensión; también con tono formal, Pereira explicó que la señora
Ignacia lo había llamado para hablarle de los extraños libros —de terroristas,
comunistas, anarquistas— que leía uno de sus huéspedes; que la señora se
encontraba muy preocupada.
Lusardi lo escuchó con interés; todos en la policía habían
recibido instrucciones de observar cualquier pista que permitiera descubrir a
los terroristas que estaban cometiendo atentados, y lo que contaba Pereira era
algo que valía la pena de transmitir al comisario; justamente, Lusardi quería
pedir un cambio de franco —su mujer cumplía años el próximo viernes—; tal vez
proporcionarle a su jefe una información sobre el asunto sería un aliciente para
ganar el permiso. Desechó, pues, la idea de dar un mal informe sobre Pereira y
le encargó que recabara de la dueña de la pensión la filiación y todo lo que
pudiera averiguar sobre el sospechoso huésped.
* * *
El comisario Olmos releyó el informe del
subinspector Lusardi: algo muy oportuno, justamente lo que necesitaba hacer
llegar al jefe de Policía. Un electricista (los responsables de los atentados
eran, evidentemente, muy profesionales, y sus bombas estaban preparadas por
técnicos competentes) que tenía en su cuarto de la pensión una biblioteca de
autores subversivos (un indicio vehemente). Olmos estaba gestionando un ascenso
y, si encontraba una buena pista sobre los atentados, era casi seguro que vería
coronadas sus aspiraciones...
«¡Ah!
Tengo que cambiarle el franco a Lusardi»,
pensó, mientras comenzaba el borrador del informe para el jefe de Policía.
* * *
Tras la copiosa cena en el chalet californiano
de Adalberto Ferrer, cuñado de Santoro, el dueño de casa invitó a los hombres a
tomar el café en la sala de armas, como él llamaba a la habitación donde exhibía
sus trofeos de caza. El ministro y su hermano, el padre Eugenio, tomaron
asiento, mientras Ferrer les ofrecía habanos, que los hermanos declinaron.
Santoro se aplicó una almohadilla eléctrica para las cervicales. Su cuñado lo
ayudó a conectarla.
—A ver, por aquí está el enchufe... Ya está. ¿Te molestan las
cervicales, no? Claro, tuviste unas semanas muy tensas...
Ferrer exhaló una espesa bocanada de humo y continuó:
—Hoy subió otra vez la bolsa. Después de la rueda, fui a tomar una
copa con unos empresarios amigos, y estaban muy contentos por la detención del
grupo terrorista y la muerte del jefe; yo les dije «¿Se dan cuenta? Si existe un
pilar de la sociedad y de la economía de un país, ese pilar es una policía
eficaz y fuerte; servicios de inteligencia que aseguren la tranquilidad a los
ciudadanos. No será un pensamiento que guste a todo el mundo, pero es la
verdad».
Santoro no contestó. Las cervicales debían molestarlo
bastante, porque movió la cabeza para aliviar la irritación del cuello. Ferrer
abrió un armario que estaba junto a una panoplia que desplegaba varios fusiles y
escopetas y extrajo una botella y tres copas.
—¡Coñac de diez años!
Entró una mucama y sirvió el café. Ferrer vació la mitad de
su copa y continuó:
—Estuviste genial en llamar para avisarme que habían liquidado al
jefe de la banda; compré cuando las acciones estaban por el piso, y en dos días
hice una diferencia suculenta.
Se arrellanó en su sillón y vació el resto de su copa. El
padre Eugenio bebía su café en silencio.
—¿Vieron mi nueva Sarrasqueta?... Todavía no la pude probar
—dijo Ferrer, que se levantó para tomar una escopeta de la panoplia. Abrió el
arma y, tras mirarla un momento, la devolvió a su lugar; luego tomó la botella
para servirse más coñac, pero se detuvo.
—Hoy ya bebí demasiado. Mejor, me voy a la cama. Buenas
noches.
Se fue con paso inseguro. Santoro lo miró de reojo mientras
salía, luego tomó el pocillo y bebió lentamente su café. El padre Eugenio, que
había permanecido en silencio todo el tiempo mientras observaba atentamente a su
hermano, dijo:
—Conviene que vayas a dormir... Estos días no tuviste reposo.
Por suerte, la pesadilla de los atentados ha terminado.
Santoro se quitó la almohadilla del cuello y fue a abrir la
ventana. Un aire frío y seco invadió la habitación, disipando el espeso humo de
tabaco. El ministro se quedó algunos minutos mirando las estrellas, que se
reflejaban en el lago artificial del barrio privado. Por fin, cerró la ventana y
se sentó nuevamente.
—¡Excelente frase! El pilar de la sociedad...
Bebió de un trago la copa de coñac y prosiguió:
—¿Quieres
saber la verdad? El martes, Villegas, el jefe de Policía, se reunió con el señor
de la embajada; éste le comunicó que, según la información que le dan los
servicios de su país, el grupo terrorista era extranjero, ha dado por terminada
su misión en nuestro país y sus miembros, cuatro en total, ya se encuentran en
el Medio Oriente.
Santoro volvió a colocarse la almohadilla para los
cervicales, mientras su hermano lo miraba en silencio. El ministro conectó la
almohadilla y prosiguió.
—Villegas
se dio cuenta de que se las veía negras; los terroristas habían ingresado en el
país, cometieron todos los atentados que les dio la gana y se fueron
tranquilamente. Comprendió que, para conservar su puesto, necesitaba efectuar
algunas detenciones. Así pues, se fijó en todos los tontos informes que le
habían dado sobre sospechosos y eligió unos cuantos nombres al azar.
—Pero uno de ellos, el que dicen que era el jefe, se resistió
cuando lo fueron a detener, y tenía un depósito de armas...
—¿El electricista de la pensión? Ése era un pobre diablo;
irrumpieron de golpe en su cuarto de la pensión y un tonto confundió el soldador
que tenía en la mano —era una de sus herramientas, naturalmente— con una
pistola; lo acribillaron a tiros. Luego colocaron en su habitación unas cuantas
armas y algunos explosivos, para mostrar en la televisión.
El padre Eugenio se santiguó en silencio. El ministro agregó:
—Los demás tampoco tienen nada que ver con los atentados... A
medida que pasen los días y la gente se vaya olvidando del asunto, los irán
liberando; al electricista, claro, ya no pueden liberarlo. Tenía una madre
anciana y un hijo extramatrimonial.
El padre Eugenio se levantó y puso una mano sobre el brazo de
su hermano.
—El ejercicio del poder, a veces, tiene aspectos terribles; pero el
poder es necesario para que exista la sociedad
—dijo el sacerdote.
—Eso piensa nuestro cuñado; según él, el pilar de la sociedad es
una policía fuerte y eficaz, que asegure la tranquilidad de los ciudadanos.
Santoro se arrancó la almohadilla, se puso de pie y, mirando
a los ojos de su hermano, agregó:
—¿Sabes cómo se asegura la tranquilidad de los ciudadanos? La
dueña de una pensión le cuenta un chisme idiota al policía que vigila la
esquina; éste le transmite el chisme, deformado y exagerado, al oficial de la
ronda; éste último se lo comunica, todavía más desfigurado, al comisario, quien
por último escribe un informe novelesco para el jefe de Policía. ¡En eso
consiste el pilar de la sociedad!
El ministro quedó en silencio un momento; luego extrajo de
una suntuosa funda de cuero una raqueta de tenis y dijo jovialmente:
—¡Qué buen balance que tiene! Vas a ver que mañana, aunque
hace meses que no juego, le voy a dar una paliza a Adalberto.
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JUAN
PLANAS
es un escritor argentino
/ Página del autor
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(También de este autor, puedes leer -en Margen
Cero- el relato El
platero de Éfeso.)
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