
Deseo
cumplido
Andrés Olijnyk
¡Hay Dios! ¿Cómo
puede ser un tipo tan boludo? Pero claro, seguir en el pesquero no era para mí.
Diez años mojándome las patas en esa cáscara de nuez. Diez años rogando en cada
zarpada, al menos, volver pronto y con los cajones llenos de langostino. ¡Ja!
¡Langostinos! Si el día que traíamos corvinas nos agarrábamos tal curda que
terminaba durmiendo en la mugrosa mesa del bar de la Anita... ¡No! Eso no era
para mí.
Y el tano se daba cuenta. El viejo era bruto y nunca aprendió a hablar bien,
pero no era gil, él te miraba a los ojos y chau: te junaba el alma, y si veía
algo que no le gustaba, ¡agárrate, Catalina! El sermón era peor que el del padre
Dominico; para colmo eran de la misma aldea y eso lo habilitaba para darle letra
tupido.
Desde chico, cuando me llevó por primera vez, una mirada le bastó para avivarse
que no quería subirme a esa palangana amarillo plomo. ¡Sí! Se dio cuenta y me
largó el sermón cocoliche:
—Ecco!
——me dijo más serio que frente a San Pedro—. Tu sei fortunato. In questo
momento vas a pisare la cubierta de una prima donna: La Siciliana. Ella le va a
dar un futuro. Questa barca è il migliore peschereccio de la rada. La Siciliana
è come la mamma: la tiene que querer y respetar, y te va acompañar siempre...
Tenía razón, el tano; pero de sólo mirarla bambolearse, vomitaba. El viejo
seguía con su perorata, pero para mí era un sonido lejano que se mezclaba con el
grito histérico de las gaviotas. Miraba al orgullo de mi papá y no veía lo
mismo. A esa edad, era ver llegar a mi tía Anunciada. Gorda, vieja, toda
pintarrajeada y moviendo el culo de aquí para allá.
De chico pensaba que si mi destino estaba unido al de mi abuelo y al de mi
viejo, al menos sería algo mejor, me subiría a un buque mercante a navegar los
siete mares; ahora le daría bola al tano, pero me juré que en seis meses, o a lo
sumo en un año, estaría abrazando minitas exóticas en los puertos del mundo. No
podía terminar con las manos y la cara corrugadas por la sal; lo miraba al viejo
en el puente, orgulloso, gritando órdenes que la costumbre no dejaba oír,
mirando al frente, adivinando dónde las nereidas le señalaban el momento de
tirar la red o rezándole a San Pedro, antes de zarpar, para que no nos
abandonase y la pesca nos acompañara, y me veía con el gorro raído, agarrando el
mismo timón gastado, gritando las mismas órdenes, rezando las mismas plegarias:
eso era lo máximo a que podía aspirar. ¡No! No sería mi destino, renegaba a cada
momento y me juraba torcerle la mano. Si de cabeza dura se trata, ¡yo!, Vicente Mascarpone, era digno hijo del patrón.
Ese día, el otro y los subsiguientes diez años fueron una meta. Con cada partida
el horizonte era mi propio destino inalcanzable; cada tormenta, un recurso a
superar; con cada recogida, la oportunidad del porvenir. Hasta que un día
Poseidón, cansado de tanto escucharme, me llena la red de esperanza. Ese día,
como tantos, partía solo con mi vieja tripulación. El viejo hacía rato que,
mordido por el reuma de años, se quedaba con la tana meta mate y tortas fritas.
Llegué a la rada tapado por mi saco de lana azul y el gorro de fieltro heredado.
Ahora pienso en las pocas ganas que tenía de salir: las botas me pesaban por
demás; recuerdo que me quedé mirando la hilera de barcazas, una pegada a la
otra, cruzadas por tablones por donde los negros iban y venían estibando
cajones, acomodando las sogas, mimando las redes, mientras se gritaban y reían
en esa mezcla de castellano y dialecto tan común en mí. ¡Puta que son felices
estos guachos! Mis muchachos ya estaban listos para la partida y la botella de
caña casi liquidada. El frío marino los obligaba a abrigarse bien, tradición de
buen marinero salir con las tripas bien calientes. Un salto, un saludo y una
palmada en el traste, risotada de por medio, me ayudaron a llegar y comenzar las
maniobras. La Siciliana estaba primera y la ansiedad de sus compañeras la
empujaban. La bocanada de humo y el griterío de las gaviotas daban la señal de
partida del nuevo día.
Después de varias horas de navegación y un par de redes vacías, decidí cambiar,
definitivamente, el rumbo; de haber estado el tano, ni en joda me lo hubiese
permitido, pero él no contaba con el afecto de Poseidón. Él escuchaba tus ruegos
y tenía esa forma tan particular de cumplirlos.
Timón a la derecha y a toda maquina... ¡Ja! ¡Si hubiesen visto las caras de mis
maringotes...! Estaba rompiendo la tradición de años: me salía de la ruta a
cabalgar olas que no eran mías, cinco dedos unidos que subían y bajaban
interrogándome. Una señal de la cruz encomendándose y un chorro de la mejor caña
tirada al mar para beneplácito de los dioses acompañó la maniobra. Me reía, para
mis adentros, y les mostraba la palma de la mano tratando de tranquilizarlos,
pero tenían razón. Cuando menos lo esperábamos, sin una nube en el cielo,
parados en medio de esa paz viscosa, en el momento que antecede a la locura, el
eco regular del gastado diesel nos puso sobre alerta. El sonido era silencio y
la magia emergió del fondo de los tiempos; desde la memoria de mis antepasados
la vi: Caribdis. Surgió, sobre su roca, como en el estrecho de Mesina, que
separa Sicilia de Italia: Caribdis y Escila, cada una sobre su costa, la leyenda
de los monstruos femeninos. Caribdis, que tres veces al día emergía absorbiendo
enormes cantidades de agua y cuanto objeto flotase sobre ella, vomitándolo todo
después. Los cuentos de mi infancia estaban allí: la hija de Gea y Poseidón, la
joven diosa a la que Zeus castigó por su voracidad, fulminándola con un rayo y
arrojándola al mar siguiendo los consejos de Circe, se hacían presente.
El más viejo gritaba de rodillas, ¡Escila, Escila!, implorando perdón por algún
pecado o promesa incumplida; los demás volaban hacia el agua tratando de alertar
a las ninfas en un intento vano de ayuda. El caos, la sal que nos empapa, la
oscuridad, el silencio... Nuevamente la luz que se aleja. Esa luz sobre la
superficie que me sonríe en un adiós que me serena..., que me da paz...
Y aquí me tienen, tragado, escupido y de la mano de Escila, la de la otra
orilla, la que devoraba a los que habían escapado de la voracidad del otro
monstruo, cumpliéndose, por fin, mi deseo.
¡Créanme! Mientras me despido del sol, desde las profundidades, pienso: ¿cómo
puede ser un tipo tan boludo?
FOTOGRAFÍA: Pedro
M. Martínez Corada
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